Alma de Oscuridad, 1ª Parte


por
Shawn Carman


Ayuda en el Relato & Edición por Fred Wan

 

Traducción de Mori Saiseki



Hace algún tiempo…


            Despertó súbitamente, sin recordar donde había estado o lo que le había pasado. Su cuerpo estaba dolorido por la batalla, aunque no tenía noción alguna de que batalla había sido. Todo lo que recordaba era el dolor. ¿Cuánto tiempo llevaba aquí? ¿Dónde estaba? No lo sabía.

Solo había una tenue luz, como de una lámpara cubierta por una tela gruesa. La sala donde estaba detenido estaba envuelta en sombras. Podía ver formas moviéndose más allá de la poca luz que había, pero no podía verlas bien, y no tenía fuerzas como para ir corriendo hacia ellas.

“Está consciente,” dijo una profunda y monótona voz.

“Si,” otra estuvo de acuerdo. “Su resistencia es considerable. Incluso impresionante.”

“Quizás.”

Se puso en pie a duras penas. “¿Dónde estoy?” Preguntó.

“En nuestros dominios,” contestó una de las voces. No podía diferenciarlas. “Te hemos cogido de los que te retenían. A cambio, nos servirás.”

“¡No sirvo a ningún hombre!” Gruñó. “¡No soy un peón!”

“Un peón es todo lo que has sido, durante toda tu existencia,” replicó una voz. “Has servido a un señor tras otro, blandiendo tu acero al servicio del insignificante déspota que se hiciese con el poder en tus tierras.”

“¡No!” Siseó. “¡Nunca! ¡El poder siempre ha sido mío!”

“Quizás en esto, finalmente digas la verdad.” Ahora había una engreída satisfacción en la voz. “Podías haber cambiado el rumbo de un mundo, pero en vez de eso permitiste que la oscuridad entrase en tu alma. Y te debilitó.”

“¡Yo no soy débil!” Gritó.

“¿Si? Entonces, ¿dónde estás? ¿Quién eres? ¿Qué te trajo a este lugar?”

Abrió la boca, pero no surgió ninguna respuesta. No podía recordarlo. No podía recordar nada anterior a esta habitación, a estas voces. No había nada en su corazón excepto ira y vergüenza.

“Debilidad,” dijo la otra voz. “Te la podemos quitar. Te podemos purgar la mancha de la debilidad y de falta de firmeza. Te volverá a hacer fuerte, poderoso. Pero habrá dolor.”

“¿Eres digno de este sagrado regalo? ¿De nuestra bendición?” Preguntó la primera voz.

El guerrero se puso en pie. Respiraba con jadeos entrecortados, y todo su cuerpo estaba lleno de un dolor insoportable. “Soy digno,” gruñó.

“Ya lo veremos.”

El dolor volvió, mucho peor que antes.

 

    

Las Provincias Moto


            Moto Akikazu se despertó de repente, medio saltando del camastro donde dormía incluso antes de estar totalmente despierto. Estaba empapado de sudor, y miró frenéticamente la habitación, sin saber donde estaba o que estaba pasando. Respiró hondo, para calmarse, y exhaló lentamente. Tras un momento, volvió a ser él mismo.

El sacerdote llenó una palangana de agua y se limpió el sudor que le había ensuciado durante su descanso. Ofreció sus rezos matutinos y se vistió con la túnica ritual que mostraba que era el sacerdote principal del templo al que llamaba hogar. Cuando estaba preparado, salió de sus pasillos y caminó por las salas del templo para ver que todo estaba bien.

Las pesadillas habían empezado unos meses atrás, y se estaban incrementando tanto en frecuencia como en intensidad. Cada vez le era más difícil a Akikazu descansar en paz, y había empezado a mostrar signos de cansancio incluso durante las tareas más mundanas. Hasta ahora creía haber escondido su enfermedad ante los demás sacerdotes, pero solo era cuestión de tiempo antes de que sus rarezas saliesen a la luz. Akikazu temía ese día, ya que su orden no era una que perdonase nada, y su Khan aborrecía la debilidad. Es pensamiento le pesaba mucho mientras entraba en la sala principal del templo para liderar a los sacerdotes en sus devociones de la mañana. Pero el pensamiento desapareció igual de rápido, al entrar en la sala.

No había sacerdotes. El gran salón de audiencias estaba vacío. A esta hora de la mañana debería haber presentes al menos una docena de shugenjas presentes, muchos ya cantando sus oraciones mientras esperaban la bendición de la mañana. En vez de eso, había un solo hombre de pie ante el altar. Aunque estaba de espaldas a él, una fría sensación de temor se asentó en el estómago de Akikazu. “¿Dónde están los sacerdotes?” Preguntó en voz baja.

El hombre que estaba ante el altar se volvió. Sus agudos y pronunciados rasgos no mostraban expresión alguna. “Les he dicho que se fueran,” dijo. Su voz no mostraba emoción alguna, ni reproche ni aprobación. “Deseaba hablar contigo a solas.”

“Por supuesto, mi señor,” dijo Akikazu, inclinándose profundamente ante el alto sacerdote de la Orden de la Muerte.

Moto Tsusung bajó del estrado y cruzó andando la habitación, sus ojos nunca apartándose de los de Akikazu. “¿Sabes por qué he venido?” Preguntó.

“No lo sé.”

La expresión de Tsusung no vaciló. “¿Cuál sería tu suposición, si te vieses forzado a pronunciarte?”

Akikazu se quedó en silencio durante un momento. Finalmente, asintió. “Supondría, mi señor, que de alguna manera os habéis enterado de… la enfermedad que me aflige, y que habéis venido a quitarme del puesto de sacerdote-en-jefe del templo.”

Al fin, un rasgo de emoción pasó por la cara de Tsusung. El hombre más mayor sonrió levemente. “Tu ‘enfermedad’ no es lo que te imaginas,” dijo, “y fácilmente podrías haberla seguido escondiendo de mi durante algún tiempo. ¿Por qué me la revelas con tanta facilidad?”

“Las mentiras son para los débiles,” insistió Akikazu. “No aumentaré tan fácilmente mi debilidad.”

La sonrisa de Tsusung se hizo más amplia y más genuina. “Siempre has sido mi mejor alumno. Nadie puede compararse a ti en devoción, en determinación. Verdaderamente llevas las bendiciones de los Señores de la Muerte.”

Akikazu inclinó su cabeza, algo avergonzado por estas grandes alabanzas provenientes de su habitualmente severo sensei. Tsusung era quizás el señor más severo al que había servido, excepto el propio Khan. Pero incluso el Khan palidecía en comparación a la inflexible y despiadada disciplina de los Shi-Tien Yen-Wang, los Señores de la Muerte. La noción que alguien como él pudiese acarrear su favor… era difícil de imaginar. “Gracias, mi señor.”

“Los Señores de la Muerte me han otorgado una visión,” dijo Tsusung, volviéndose hacia el altar. “Me llegó hace dos días mientras meditaba. Vine inmediatamente aquí para hablar contigo. Desde entonces, me ha llegado dos veces más, cada día a la misma hora. Cada vez más fuerte que la anterior.” Se volvió hacia Akikazu. “Has experimentado algo parecido, ¿verdad?”

“Así es,” dijo Akikazu. “Sueños.”

“¿Sobre qué?” Inquirió Tsusung.

“No lo puedo recordar,” admitió Akikazu. “Se me escapan al despertar. A los pocos instantes, no recuerdo nada excepto vagar en la oscuridad. Y dolor. En la oscuridad, busco algo.”

“Si,” asintió Tsusung. “También yo he visto eso. ¿Sabes qué es lo que buscas en el sueño?”

“No,” dijo Akikazu.

“Lo sabrás,” dijo Tsusung. Su voz solo mostraba la más absoluta certeza. “Cuando llegue el momento, lo sabrás.”

“¿Cuándo llegue el momento?” Preguntó Akikazu. “¿Qué queréis decir, mi señor?”

“Debes viajar al sur,” dijo Tsusung. “Los Señores lo exigen, y no podemos ignorar sus edictos. Ahí hay algo que te espera, a ti solo. Debes encontrarlo y traerlo de vuelta al templo.”

Akikazu agitó la cabeza. “No lo entiendo.”

“No es necesario que lo comprendamos,” dijo Tsusung, “solo que obedezcamos. Debes partir ahora mismo.”

Akikazu inclinó su cabeza. “Como deseéis.”

 

    

Las tierras Cangrejo, tres semanas más tarde

 

Extrañamente, a pesar de que estaba a muchas millas de su hogar y que prácticamente no tenía idea de que tenía que hacer ahora que había llegado a las tierras Cangrejo, Akikazu se sentía mejor de lo que se había sentido en los últimos meses. Las privaciones de viajar no le importaban a un Unicornio, y el aire fresco y las frías temperaturas de las montañas Cangrejo le habían revigorizado estos últimos días que había pasado en Kyuden Hida. Pero lo más seguro era que las pesadillas habían cesado totalmente tan pronto abandonó las tierras Moto. A Akikazu esto le pareció muy preocupante. Por una parte, con su desaparición, tenía confianza en que estaba siguiendo la senda que debía seguir. Por otra parte, había llegado a las provincias Hida y no sabía como proseguir.

Las tierras Cangrejo, como los Cangrejo, eran bastante implacables. Pero lejos de encontrar esto desagradable, Akikazu lo encontraba reconfortante. Fácilmente podía ver porque el Khan valoraba a los Cangrejo como aliados, ya que verdaderamente había muchas similitudes entre los Cangrejo y los Moto. Había sido bienvenido, pero no mimado, y así era como tenía que ser. Un sacerdote de los Shi-Tien Yen-Wang no debería sufrir una vida de excesos e idolatría.

A pesar de todo, estaba claro que los Señores de la Muerte le habían otorgado sus bendiciones. Akikazu había llegado a Kyuden Hida solo tres días antes de que el gran Hida Kuon fuese a aparecer en la corte para escuchar las peticiones de varios invitados y embajadores, muchos de los cuales llevaban meses esperando hablar con el Campeón Cangrejo. Este era un evento especial, y la oportuna llegada de Akikazu debía ser un presagio. Akikazu no malgastaría su favor.

La mañana en la que Kuon celebraba su corte, Akikazu se levantó temprano y pasó la mañana en el templo del palacio. Los sacerdotes Kuni se habían acostumbrado bastante a su presencia allí en los últimos días, y no le molestaron. Cuando acabó sus oraciones, se levantó y fue a la sala que le habían asignado para esperar su oportunidad.

Akikazu se alegró inmediatamente de haber elegido su túnica tradicional. Había muchos invitados, aunque no tantos como se esperaba, y la mayoría estaban vestidos con la gala que uno podría esperar en la corte de un Campeón de Clan. Pero en las austeras salas de Kyuden Hida, resaltaban por ostentosas y algo repelentes. Akikazu no pudo reprimir una leve sonrisa ante las implacables miradas que dirigían a los demás invitados los Cangrejo reunidos. Solo la Dama Reiha, la esposa de Kuon, parecía compartir el sentido del humor de Akikazu ante el espectáculo. Varias veces la vio apartar la mirada con una sonrisa de perplejidad ante la petición de un invitado.

“Una entretenida pérdida de tiempo, ¿verdad?” El que le hablaba era un samurai Dragón, un soldado aparentemente, que estaba de pie a la izquierda de Akikazu. A pesar de las palabras del hombre, no parecía estar nada entretenido. Su expresión era amarga y resignada.

“Todas las cosas tienen su momento,” contestó Akikazu. “Incluso las frivolidades.”

El Dragón miró extrañado a Akikazu. “Es extraño escuchar a un Sacerdote de la Muerte hablar de frivolidad,” dijo. “No creía que los de tu orden apreciase el humor.”

“Que no lo apreciemos no quiere decir que no tenga su sitio,” dijo Akikazu. “¿Cómo es que conoces mi orden?”

“Estuve varios meses como yojimbo de un diplomático en Ryoko Owari,” dijo el Dragón. “Conozco el templo que tu orden mantiene allí. Reconocí las marcas de tu túnica.”

“Pocos son tan observadores. Soy Moto Akikazu, sirviente de los Shi-Tien Yen-Wang.”

El Dragón inclinó la cabeza con respeto. “Soy Mirumoto Taishuu, emisario de Togashi Satsu.”

Los ojos de Akikazu se agrandaron un poco. “¿Sirves al Campeón Dragón y a pesar de ello esperas con el resto de nosotros? ¿Por qué no se resolvió tu asunto en cuanto llegaste?”

“Desafortunadamente, el asunto es complicado,” dijo Taishuu, con voz tensa. “Me imagino que muy pronto lo comprenderás.”

Akikazu frunció un poco el ceño y empezó a contestar, pero en ese momento el hatamoto de Kuon llamó a Taishuu para que presentase su caso. Con expresión resignada, el soldado Dragón se adelantó y arrodilló ante el Campeón Cangrejo. “Saludos, gran Hida Kuon. Os traigo saludos del Señor del Dragón, Togashi Satsu. Os ofrece sus buenos deseos a vos y a vuestra familia.”

“Gracias, Mirumoto Taishuu.” La voz del Campeón Cangrejo era sorprendentemente suave. Akikazu conocía la difícil historia del hombre, y sabía que se había vuelto mucho más capaz y astuto de lo que mostraba su inmenso cuerpo. La verdad era que el sacerdote podía ver un brillo casi depredador en los ojos de Kuon, que no estaba fuera de lugar allí. “¿Asumo que no has venido hasta aquí solo para traerme los saludos de tu señor, por muy bienvenidos que son?”

“No, mi señor,” dijo Taishuu, levantándose. “Por supuesto, habéis oído la proclama del Emperador, que anuncia que el embajador de las Tierras Sombrías, si es que se puede usar esa palabra, está siendo un huésped de los Escorpión hasta que el Emperador pueda decidir sobre su petición para que tengan estatus de Gran Clan.”

El rostro de Kuon se volvió visiblemente más oscuro. “Lo conozco.”

“Entonces conocéis, mi señor, que el Emperador está genuinamente considerando este asunto, y que la amenaza planteada por un embajador de las Tierras Sombrías dentro del Imperio cuando nosotros no tenemos la misma representación entre ellos, es inaceptable. Aunque el riesgo para los Dragón es grande, el señor Satsu ha ordenado que debe ser un Dragón el que viaje a la Ciudad de los Perdidos y determine la veracidad de las afirmaciones de Daigotsu Soetsu.”

Durante varios minutos, Kuon no dijo nada, todo el tiempo mirando intensamente a Taishuu. No hubo una sola palabra pronunciada por toda la inmensa sala mientras le miraba, creando un espeluznante silencio. Akikazu nunca había visto un escrutinio tan intenso, pero Taishuu no apartó la mirada. “Tengo un tremendo respeto por tu señor Satsu,” dijo finalmente Kuon. “Es sabio de una forma en que muy pocos hombres podrán comprender jamás, y mucho menos conseguir. Pero a pesar de ello debo preguntarme si sufre alguna extraña enfermedad, ya que claramente, la petición que me has planteado es producto de una mente febril y trastornada.”

“En nombre de mi señor, debo discrepar,” contestó Taishuu. “Si Soetsu está mintiendo, entonces nunca regresaré, y sabréis que su petición no es nada más que un ardid y una farsa. Pero si es genuina, entonces caminaré libremente entre los Perdidos, y podré ofrecer a mi señor no solo un completo informe de las intenciones de Daigotsu, sino que además los Cangrejo cosecharán los beneficios del tiempo que esté allí. De todo os será informado, sin excepciones.”

“Hay una opción que has pasado por alto,” dijo Kuon. “Sucumbirás a la influencia de las Tierras Sombrías, o morirás. En cualquier caso, volverás a levantarte entre los subordinados del Señor Oscuro, y con el tiempo te enfrentarás contra mis hombres en la Muralla. ¿Cuántos hombres matarás ese día? ¿Cuántos orgullosos hijos de Cangrejo crecerán sin padre porque yo permití que te dirigieses a tu perdición?”

“No puedo decirlo,” contestó Taishuu con sinceridad. “Es mi deseo que nadie sufra por mi pérdida, pero sé que los Cangrejo están más que dispuestos a morir al servicio de su Emperador y su imperio, y eso es lo que os pido que hagáis.”

“No,” dijo Kuon. “El riesgo es demasiado grande, y las posibilidades de éxito prácticamente inexistentes. No, no lo permitiré.”

“Mi daimyo, Mirumoto Rosanjin, anticipó vuestras reticencias,” dijo Taishuu. “Me ha autorizado a ofreceros la libertad de nuestro rehén, Kaiu Sumata. Además, él os alienta a que mantengáis la custodia del rehén que tenéis nuestro, para que os aseguréis que tendréis otro guerrero para defender la Muralla, y la garantía de que los Dragón no pueden iniciar hostilidades contra los Cangrejo sin arriesgarnos a dañar a nuestra propia sangre.”

“Una generosa oferta,” contestó Kuon. “Mi respuesta sigue siendo no.”

Taishuu asintió, e inclinó la cabeza. “Se ha dicho,” dijo en voz más baja, “que ha habido hostilidades entre el Cangrejo y el Escorpión, que han sido nuestros aliados durante más tiempo de lo que la mayoría recuerda. Rosanjin-sama también me ha autorizado a aseguraros que si permitís mi paso, sean cuales sean las circunstancias, ningún Dragón levantará arma alguna contra los Cangrejo en nombre de los Escorpión.”

“Algunos percibirán que esa oferta es beneficiosa,” dijo Kuon en voz baja. “Yo encuentro que está al borde de la amenaza.” Se inclinó hacia delante, una casi palpable aura de amenaza emanando ahora de su gigantesco cuerpo. “¿Estás sugiriendo que los Dragón se moverán contra los Cangrejo, junto a vuestros venenosos aliados, si yo no te permito pasar?”

“Mi señor, esa no es en absoluto mi intención,” dijo Taishuu, vacilando casi imperceptiblemente bajo la inmisericorde y torva mirada del Campeón Cangrejo. “Yo nunca haría una cosa así, ni creo que Rosanjin-sama desearía jamás enfrentarse al Cangrejo, sea cual sea la situación.”

Algo se movió en las profundidades del alma de Akikazu. Casi podía sentir el escrutinio de sus Señores, y supo en ese mismo instante que debía intervenir, por muy fuera de lugar que pudiese estar su interjección. “Mi señor Kuon,” dijo con voz solemne. “¿Puedo dirigirme a la corte sobre este asunto?

El escrutinio de Kuon se volvió hacia Akikazu, y el sacerdote casi pudo sentir la presencia del Campeón golpeándole como si fuese algo físico. “¿Quién eres?” Preguntó, desaparecida toda pretensión. “¿Con qué derecho interrumpes?”

“Soy Moto Akikazu, Sacerdote de los Shi-Tien Yen-Wang y emisario del gran Khan, Moto Chagatai.” Se inclinó muy profundamente. “Espero concluir este asunto, sirviendo en el proceso al Cangrejo y a mi Khan, si me lo permitís.”

“No tengo interés alguno en que intervengas,” dijo Kuon con frialdad.

“Kuon-sama,” dijo en voz baja la Dama Reiha. “Me gustaría escuchar la petición del Unicornio, si me quieres dar ese capricho. El Khan siempre ha sido nuestro aliado más incondicional.”

Kuon se volvió hacia su esposa, y su ira finalmente se aplacó. Asintió. “Como desees.”

Akikazu se volvió a inclinar, rápidamente, y se adelantó. “Era mi intención pedir permiso para viajar al sur de la Muralla, Kuon-sama,” admitió. “El testimonio de Taishuu-san me ha aclarado que tenéis todo el derecho a mostraros reacio y no permitir esas cosas.”

“Una descripción bastante insuficiente,” dijo Kuon, que claramente seguía enfadado.

“Pero, al permitírmelo hacer,” dijo Akikazu, “os podéis asegurar que no habrá ningún riesgo en el viaje de Taishuu-san.”

“¿Cómo?” Preguntó Kuon.

“Soy Moto,” dijo Akikazu. “Conocéis las tradiciones de mi familia. Sabéis que desde la caída de los Moto ante las Tierras Sombrías, hace unos siglos, juramos nunca volver a caer ante la oscuridad. Moriré por mi propia mano de tal manera que no podré volver a levantarme antes de arriesgarme a servir al Señor Oscuro. Y si eso fracasase por alguna razón, sirvo a los Señores de la Muerte, para los que los no-muertos son una abominación. Observando los juramentos que he hecho, no puedo permitir que otro soporte ese estado, ni los Señores permitirán que yo sucumba. Mientras esté con Taishuu, no se Perderá.”

“¿Cómo puedes estar seguro?” Preguntó Kuon.

“Mi señor,” dijo Akikazu, “porque le mataré antes de permitirle que caiga.”

Kuon asintió levemente ante esto. “¿Y tú?” Preguntó. “¿Qué pasará si tu sucumbes?”

“Entonces los Señores de la Muerte revocarán sus bendiciones,” dijo Akikazu, “y yo no tendré poder alguno con el que amenazaros a vos ni a los que os sirven.”

“¿Entonces planeas viajar a la Ciudad de los Perdidos?” Preguntó Kuon. “¿Te ha impregnado su locura?”

“No conozco el propósito de mi viaje,” admitió Akikazu. “Solo sé que los Señores de la Muerte exigen que yo viaje hacia el sur, y mientras lo haga, Taishuu-san estará por ello más a salvo.”

Kuon se sentó hacia atrás, frotándose pensativamente su mentón. “Quizás sea cierto lo que dices,” dijo, “y el Dragón estará más a salvo en tu compañía. Pero aún no hay una razón convincente por la que deba permitirte cruzar la Muralla, a pesar de tus garantías.”

Akikazu asintió. “Eso es correcto, gran Kuon-sama. Sobre ese asunto, solo puedo rogaros que lo hagáis por respeto a la alianza entre Unicornio y Cangrejo. Y mientras hablo de esas alianzas,” hizo un gesto a los sirvientes que le habían acompañado desde las habitaciones para invitados donde había dormido. “Mi señor Tsusung ha registrado las provincias Moto buscando cada trozo de jade que había, muchos quitados de artefactos de valor incalculable provenientes de las Arenas Ardientes. Me dijo que os los ofreciese en gratitud.” Los sirvientes depositaron dos pesados arcones y los abrieron. Cada uno estaba lleno de todo tipo de trinquetes de jade, desde pequeñas figuritas a joyas y otros objetos preciosos.

“¿Gratitud?” Dijo Kuon. “¿Por qué?”

“Por permitir a los Unicornio el increíble honor de entrenar a vuestro hijo,” dijo Akikazu. “Ha sido nuestro placer albergar a un tan buen guerrero, y aunque sabemos que le ha alegrado estar de vuelta con su familia, echamos de menos el no tener un guerrero tan ejemplar entre nosotros.”

Ante eso, finalmente, la expresión de la cara de Kuon se alegró algo. Era obvio que no le había convencido los pobres halagos de Akikazu, pero en cualquier caso el sacerdote había conseguido recordarle exactamente lo estrecho que en los últimos años se había vuelto el vínculo entre los dos clanes. Tras considerarlo un momento, el Campeón Cangrejo asintió casi imperceptiblemente e hizo un gesto para que se llevasen los arcones. “Muy bien,” dijo. “Con el apoyo de Moto Akikazu, y solo en su compañía, se permitirá a Mirumoto Taishuu viajar al sur de la Muralla. Una vez que hayáis desaparecido de nuestra vista, el asunto es entre vosotros dos sobre como debéis proceder. Pero mientras tanto, mi hatamoto proporcionará a Taishuu los papeles que autorizan que sea liberado nuestro rehén entre los Dragón.” Se volvió a inclinar hacia delante. “Y, por supuesto, escribiré muy pronto a Rosanjin para hablar de los detalles de nuestro… acuerdo… sobre los Escorpión.”

“Por supuesto, Kuon-sama,” dijo Taishuu, inclinándose. “Gracias.”

“Agradéceselo a tu amigo Akikazu,” dijo Kuon. “Ambos partís al amanecer.”

“Gracias,” volvieron a decir ambos. Akikazu miró al Dragón, asintiendo, y el Dragón se inclinó.

Se hará la voluntad de los Señores, pensó Akikazu. Incluso en las Tierras Sombrías.