Alma de Oscuridad, 2ª Parte


por
Shawn Carman


Ayuda y Edición por Fred Wan

 

Traducido por Mori Saiseki

 

 

            Nacido en el seno de una orgullosa familia de guerreros, Moto Akikazu había estado algo desplazado de niño. Aunque más fiero que la mayoría de los jóvenes de otras familias, en cualquier caso en su infancia Akikazu era algo menos marcial que sus hermanos, y mucho más estudioso. Ellos vivían para cazar y para entrenar con improvisados bokken. Akikazu amaba también esas cosas, pero no tanto como amaba estudiar los archivos de su familia. Otros padres se hubiesen sentido decepcionados con un hijo así, y quizás su padre se había sentido también así, pero sabía que el don de Akikazu residía en otro lugar, y le dejó con sus búsquedas. De joven, nada le dejaba tan absorto y tanto enfadaba a Akikazu que leer la caída de los Moto y el surgimiento de la Guardia Negra. A pesar de que habían sido destruidos antes de que él naciese, el joven sentía un odio hacia esos caídos Moto que mancharon su honor y su nombre, y aprendió todo lo que pudo sobre ellos. Había leído muchos textos sobre las Tierras Sombrías, e incluso llegó a corresponder con jóvenes mucho más mayores que él en tierras Cangrejo, esperando recibir más información. Algunos entre los Moto cuestionaban sus motivos, pero aquellos que le conocían bien sabían que no era fascinación lo que Akikazu sentía, sino indignación. Buscaba comprender a su enemigo, aunque ese enemigo ya no existiese. Pero a pesar de todo lo que leyó, a pesar de todas sus investigaciones, Moto Akikazu descubrió que no sabía nada de las Tierras Sombrías.

Como sacerdote, Akikazu sabía que las palabras podían ser muy poderosas. Las palabras formaban oraciones, que un alma justa podía usar para rogar a los dioses para que intercediesen por él. Pero, a pesar de las muchas descripciones intensas y los detalles exactos que había en los informes que había leído que describían las Tierras Sombrías, rápidamente descubrió que la aplastante enormidad del lugar era casi demasiado que poder soportar. El paisaje era tan retorcido y horrendo como se había imaginado, pero lo que no se esperaba era la opresión que le hacía sentir. Era como si fuese escudriñado por alguna inmensa y lejana entidad que no podía ver ni identificar, y constantemente tenía la sospecha de que esta entidad no solo ansiaba su muerte, sino primero su humillación y además destrozar su voluntad. En cualquier otra circunstancia, podría haberse reído ante esa sensación. Pero aquí, instintivamente sentía que hacer caso omiso de su intuición era más peligroso que cualquier espada envenenada.

El guerrero Dragón que estaba junto a él le miró. “Esta mañana estás callado,” dijo en voz baja. “¿Estás bien?”

“Bastante bien,” contestó Akikazu. Los dos hombres llevaban los últimos dos días viajando hacia el sur, y el ver la mañana anterior como la Muralla Kaiu se desvanecía en la distancia tras ellos ahora asolaba la mente del sacerdote Unicornio. “Me sentaría más cómodo si supiese el destino me espera aquí.”

Mirumoto Taishuu sonrió irónicamente. “Dijiste que mi búsqueda era estúpida, pero deambulas sin propósito definido las Tierras Sombrías. Afortunadamente para mí, disfruto con la ironía. Es una deliciosa forma de pasar el tiempo.”

Akikazu frunció el ceño. “Tu búsqueda es estúpida,” insistió. “La corte de Daigotsu nunca aceptará a un forastero, si es que existe esa organización, algo que dudo. Caminas hacia tu muerte.”

“Quizás,” dijo Taishuu. “Pero lo hago por orden de mi señor, igual que tu.”

“Mis señores son divinidades.”

“Igual que el mío.”

Los dos hombres continuaron en silencio durante un rato, moviéndose con cautela y siempre vigilantes por si había algún movimiento. La vida salvaje más común en las Tierras Sombrías era igual de peligrosa que los más mortíferos depredadores que se encontraban en cualquier lugar del Imperio, y ninguno de los dos tenía intención alguna de caer presa de cualquier depredador babeante y estúpido antes de poder completar sus propósitos. El silencio parecía lo mejor para evitar depredadores, y por eso hablaban muy pocas veces. Pasaron horas antes de que Taishuu rompiese la monotonía, algo que agradeció Akikazu. Parecía que incluso el silencio pesaba en este lugar. “¿Cómo está tu jade?” Preguntó el Dragón.

“Bien,” contestó escuetamente Akikazu.

Taishuu frunció el ceño. “Ayer te pregunté eso más de una vez y siempre inspeccionabas tu bolsa de jade antes de contestar. Hoy no lo has mirado ni una vez. ¿Es que de repente te has vuelto un experto en estas cosas?”

“Los Cangrejo nos dijeron cuanto tiempo durarían nuestras provisiones.”

“Si,” estuvo de acuerdo, “y también nos dijeron que tuviésemos cuidado porque nada era seguro.” El Dragón se detuvo de repente, su mano acercándose a su espada. “¿Lo has perdido?” Preguntó en voz baja. “¿Has perdido tu jade?”

“No, está bien.” Akikazu golpeó la bolsa que tenía a la cadera. “¿Podemos continuar?”

“Si,” dijo Taishuu. “Tan pronto como me enseñes el contenido de tu bolsa.” Su mano no se había movido.

Haciendo una mueca, Akikazu abrió la bolsa y se la dio a Taishuu. El guerrero Dragón sacó varios pequeños trozos de piedra verde de la bolsa y las miró intensamente. Frunció el ceño, y luego sacó una piedra de su propia bolsa y comparó ambas. La piedra de la bolsa de Taishuu tenía pequeñas vetas negras en una punta. La de Akikazu seguía siendo pura y sin marca alguna. “¿Qué significa esto?” Preguntó.

“No lo sé,” dijo Akikazu.

“¿Está este jade encantado de alguna forma? ¿Lo has alterado de alguna manera?”

“No,” contestó el sacerdote.

“¿Entonces qué significado tiene esto?”

“No lo sé,” repitió. “Sospecho que los Señores de la Muerte me protegen de este lugar. No sé como, y ni siquiera porque.”

Taishuu agitó su cabeza. “Nunca había oído algo igual.”

“Ni yo,” admitió Akikazu, “pero así parece que es. Debemos continuar.”

“¿Tirarás el jade? ¿Para demostrar tu devoción a tus Señores?”

Akikazu sonrió sarcásticamente. “Soy un hombre de fé, no un estúpido. Si ellos me lo exigen, lo haré. Hasta entonces, el jade se queda conmigo.”

Taishuu asintió y le devolvió la bolsa, y luego los dos hombres volvieron a dirigirse hacia el inhóspito paisaje.

 

           

            Era el turno de Taishuu de tener la primera guardia cuando empezó la segunda noche. La oscuridad no descendió sobre las Tierras Sombrías, sino que invadió todo lo que allí había. Las sombras se hicieron más largas y más profundas hasta que la negritud se embalsó encima de la tierra y lo envolvió todo. Los hombres no se atrevieron a encender un fuego, por lo que simplemente encontraron un lugar donde pudiesen descansar sus espaldas contra rocas y esperaron la luz del sol. Gradualmente, Akikazu se fue durmiendo, su mente preocupada por las visiones que había visto durante todo ese día. Esperó no soñar.

La oscuridad se volvió más gris. Todo cayó, dejando solo llanuras vacías y lejanas colinas. Akikazu deambuló durante largo tiempo por el vacío, su mente llena de esa misma neblina que fluía. Para ser un sueño, no era desagradable.

Piedras surgieron del suelo, disipando la niebla con un fuerte viento y un discordante sonido chirriante. La neblina se levantó de la mente de Akikazu mientras que el gris se convertía en negras sombras. Figuras se movieron en la oscuridad, y Akikazu sintió el terror florecer en su pecho.

“Moto Akikazu,” dijo una voz atonal desde la oscuridad. “¿Es ese tu nombre actual?”

“Si,” dijo, luchando por no encogerse ante tal escrutinio.

“La tarea que se te encomendó se ha vuelto más urgente,” dijo otra voz. “Queda poco tiempo. Debes completar tu tarea.”

“Yo… yo no sé que deseáis de mi,” contestó.

“La incertidumbre es una debilidad,” dijo una tercera voz. “Esto era para poner a prueba tu fé.”

“Pero escudarte del control de Jigoku es más difícil de lo que anticipábamos,” dijo otra voz. “La distancia que hay entre nosotros lo hace más cansado.”

“Jigoku ansía tu alma,” dijo uno. “Ansía tu regreso.”

“¿Regreso?” El temor de Akikazu se apaciguó algo. “¡Mis señores, nunca he sucumbido a la influencia de Jigoku! ¡Os soy leal!”

“En el presente,” dijo una voz. “Una vez perteneciste a Jigoku. Eso ahora ya ha pasado, y seguirá siendo así siempre que sigas siendo digno de nuestras bendiciones.”

“¡Nunca he pertenecido a Jigoku!”

“Tu convicción nos agrada,” dijo una voz, “pero estás equivocado. La creencia de tu gente sobre el ciclo de la vida y la muerte está bien fundamentada. Tu alma una vez anduvo en otro cuerpo. Eras un líder de hombres, traicionado por aquellos llamados los Kolat que temían el ascendiente de la familia Moto. Sus agentes te aconsejaron ir contra las Tierras Sombrías, y tú lo hiciste. Tu y tus hombres fuisteis destruidos y os corrompisteis, y los Shinjo, controlados por los Kolat, permanecieron en el poder. Este fue el principio de tu destino, aunque acabó mucho, mucho después.”

“No,” susurró Akikazu. “Eso no es verdad.”

“El desafío no te va,” dijo una voz. “Una vez fuiste Moto Tsume. Nosotros liberamos y purificamos tu alma, para que nos sirvieses.”

“¡Nací antes de que consiguierais el poder en Meido!” Insistió Akikazu. “¡Yo no puedo ser Tsume!”

“La arrogancia es una debilidad,” insistió una voz. “Eres arrogante al asumir que tu débil y mortal percepción del tiempo es exacta. Tu concepto del tiempo no es nada para nosotros.”

“Serás nuestro mejor sirviente,” dijo una voz, “pero necesitamos a otros. Se necesitan poderosos vasallos para incrementar nuestra presencia en tu imperio. Ve hacia delante. Descubre aquello que te está destinado.”

“¡Esperad!” Akikazu se levantó mientras las paredes de piedra caían y el gris regresaba. “¡No lo entiendo!”

Akikazu se despertó al instante, poniéndose de cuclillas antes siquiera de darse cuenta de que estaba despierto. Tenía los puños cerrados, la boca abierta en un gruñido animal. Miró a su alrededor, buscando un enemigo, pero consiguió retener algo de si mismo y no gritó.

“¿Qué pasa?” Dijo Taishuu, su voz poco más que un susurro. “¿Qué escuchas?”

Akikazu se limpió con su manga la cara, su mano temblando casi imperceptiblemente. “Nada,” susurró. “No hay nada. ¿Cuánto tiempo he estado durmiendo?”

“Solo unas pocas horas,” dijo Taishuu. “Tienes tiempo para dormir más, si quieres.”

Akikazu agitó la cabeza. “No. No quiero dormir más. No más sueños.” Miró al Dragón. “Me quedaré de guardia. Descansa lo que puedas. Tenemos que irnos con las primeras luces del alba, y debemos darnos prisa.”

 

           

Era mediodía del tercer día en las Tierras Sombrías cuando los penetrantes ojos de Taishuu observaron algo en el horizonte, hacia el sudoeste. Instantáneamente, Akikazu giro hacia allí sin pronunciar palabra, haciendo que el Dragón se callase y continuase mirando al sacerdote con recelo. Estaba claro que el guerrero temía que Akikazu hubiese sucumbido a algún tipo de locura, pero había dejado de pedirle ver la bolsa de jade tras el extraño descubrimiento del día anterior. A pesar de todo, Taishuu no le daba la espalda al sacerdote, y en todo momento mantenía su mano cerca de su espada.

A pesar de que parecía ser una corta distancia, les llevó casi tres horas alcanzar la misteriosa cosa que había en el lejano paisaje horizonte. Cuando finalmente llegaron, se quedaron observando durante varios minutos, intentando descifrar las ruinas que tenían ante ellos. “Esto era una especie de torre,” dijo finalmente Taishuu. “Parece que formada por piedra y obsidiana.”

“La obsidiana conduce más fácilmente la energía que se aprovecha para el maho,” dijo sencillamente Akikazu. “Esta torre pertenecía a los Perdidos.”

Taishuu se arrodilló y examinó el suelo. “Estas huellas parecen recientes. Es difícil asegurarlo, dado lo extraño que es el suelo en este lugar. Parece que esta destrucción es reciente. Parece como si un grupo de Perdidos luchó contra algo aquí. Veo huellas de al menos tres grandes oponentes.”

Akikazu señaló el derruido muro, su dedo siguiendo el rastro de tres gigantescos surcos en la piedra. “Este no fue un ataque aleatorio,” dijo en voz baja. Apenas recordaba que Taishuu estuviese allí. “Fue un asalto coordinado. Pretendían destruir este lugar y todo lo que había dentro.” Sus ojos se entrecerraron. “Los demonios se han vuelto arrogantes.”

“¿Arrogantes?” Dijo Taishuu. “Son criaturas estúpidas, ¿verdad?”

“Desde luego que no,” le aseguró Akikazu. “Traicioneros y ambiciosos, claro, pero muy poco estúpidos.”

Taishuu se levantó y desenvainó su espada. “Tu tono me disturba,” dijo con franqueza. “Me encuentro preguntándome si es suficiente la protección de tus dioses gaijin.”

Akikazu miró a los ojos al otro hombre. “Estoy lo suficientemente cuerdo,” dijo. “Esto s lo que yo debía encontrar. Es por esto por lo que he viajado tan lejos de mi hogar. Era este sitio al que me enviaron los Señores. Hay algo aquí que les llama, y como su sirviente yo debo contestar.”

“Tu juraste a Kuon que te asegurarías que yo no cayese a la oscuridad,” dijo Taishuu, claramente sin estar convencido. “Yo no hice un juramento así, pero igualmente siento una obligación similar. Sigo sin estar convencido de no tener que ejercitarlo ahora.”

La torva mirada de Akikazu fue suficiente respuesta. “Si he caído, entonces los Señores de la Muerte no responderían a mis oraciones, y entonces yo no sería una amenaza para ti. Si soy el de siempre, entonces me protegerán, y conferiré sus bendiciones sobre ti. Es tu decisión.”

Taishuu no se movió durante varios minutos, luego asintió lentamente y envainó su espada. “He confiado en ti hasta aquí. Supongo que un poco más no hará daño.”

“Entonces ayúdame,” dijo Akikazu, pasando junto a las afiladas lajas de obsidiana y dirigiéndose hacia el centro de la torre en ruinas. El Dragón le siguió, y los dos hombres pasaron gran parte de la tarde investigando las ruinas, buscando algo que no sabían identificar. Taishuu protestó solo de vez en cuando, pero Akikazu nunca le contestó. Su cuerpo se cansó, pero no cedió en su búsqueda. La devoción era fuerza. La duda era debilidad.

“Akikazu.” La mención de su nombre hizo que el sacerdote saliese de su trance. Levantó la vista, sin preocuparse por sus doloridos brazos y espalda, buscando a Taishuu. El Dragón estaba quizás a diez metros, algo agachado sobre un lugar relativamente limpio por haber quitado de allí un gran trozo de muro. “He encontrado algo.” Akikazu se acercó deprisa para ver que era lo que había descubierto Taishuu. Fue solo el cansancio lo que evitó que no retrocediese con horror.

Había una especie de cofre entre los escombros, pero totalmente distinto a todos los cofres que habían visto ambos. Parecía haber sido construido sobre un armazón de huesos negros, con oxidados paneles de acero que estaban casi totalmente recubiertos por lo que solo podía ser carne curtida. Sin saberlo, sin tener indicación alguna, Akikazu sabía que era carne humana. Un grueso y amenazador candado de obsidiana protegía la tapa, y no había apertura visible por donde poder meter una llave. “Esto es,” dijo en voz baja Akikazu.

“Entonces tu búsqueda ha acabado,” dijo Taishuu. “No puedes acarrear eso solo, aunque tocases algo tan asqueroso.”

“No necesito tocarlo,” dijo el sacerdote. Levantó la mano y pronunció una vieja oración a los Shi-Tien Yen-Wang, una que sus antepasados habían usado más de mil años atrás y que ahora apareció súbitamente en su mente. Una sombra de oscuridad cruzó el cofre, y el candado crujió siniestramente. Se agitó y retorció, y luego cayó del cofre, con la forma de un cráneo. La tapa se abrió sin que nadie la tocase. Dentro, extrañamente fuera de lugar, había un montón de pañuelos de seda. Sobre los pañuelos descansaba un solitario y gigantesco rubí, más grande que el puño de un hombre. Con veneración, Akikazu lo sacó con la mano, maravillándose ante su calor.

“¿Qué es?” Preguntó Taishuu.

“Un sirviente de mis señores,” susurró Akikazu. “Un alma vieja, esperando volver a nacer a su servicio, como yo lo he hecho.”

“Eso no es para ti, sacerdote.”

La voz no era familiar, y ambos samurai se despertaron instantáneamente de su fascinación. Akikazu metió la gema en su bolsa, mientras él y Taishuu se giraban para buscar al que había hablado. El Dragón desenvainó su espada y asintió con su cabeza hacia el sur.

Dos hombres, o lo que una vez habían sido dos hombres, estaban sobre una pequeña elevación. Sus demoníacas cabalgaduras pisoteaban y resoplaban detrás. Akikazu no sabía como los dos se habían acercado y permanecido tan en silencio y sin ser vistos. Solo sabía que amenazaban lo que le había traído hasta aquí, y no podía permitirlo.

El más grande de los dos era inmenso, y su cuerpo destellaba con una profana llama naranja que crecía y menguaba, pero que nunca desaparecía por completo. Su cara era solo un esqueleto, y la locura se asomaba de sus vacías cuencas. “Koshiro,” dijo. “Recupera lo que es mío.”

“¡Si, señor!” El hombre más pequeño compartía los rasgos esqueléticos de su señor, pero estaba más proporcionado y le faltaba el inolvidable fuego que parecía irradiar el otro. Koshiro dio un salto y bajó de la elevación, su fuerza, obviamente fuera de lo normal, llevándole más allá de lo que se hubiese esperado Akikazu. Aterrizó a poca distancia de ellos y atacó, sus espadas desenvainadas. A esta distancia, a Akikazu le parecía que sus huesos y armadura eran la misma cosa, unidos con trozos de cuero y otras toscas ataduras. “¡Muere!” Gritó el samurai Perdido.

El wakizashi de Akikazu estuvo instantáneamente en su mano. Paró los dos primeros golpes, y luego rodó, alejándose del tercero. Hubo un desgarro y por un momento pensó que el loco le había alcanzado, pero el golpe parecía que solo había rasgado su ahora sucio y manchado kimono. “¡Asquerosa monstruosidad no-muerta!” Rugió Akikazu. “¡No eres nada más que una abominación que ha llegado a su final!”

“¡Soy Daigotsu Koshiro!” Gritó la cosa. “Probaré tu sangre antes de…”

Akikazu levantó sus manos hacia el cielo, las palmas hacia arriba, y llamó a los Shi-Tien Yen-Wang. Una negra aura bailó alrededor de su cuerpo, inquietantemente parecida a la que rodeaba al demonio que estaba sobre la colina. La tenebrosa imagen de diez cráneos flotó por la oscuridad, y Akikazu gritó mientras echaba las manos hacia delante. Las bendiciones de la muerte surgieron de él, envolviendo al samurai no-muerto. Este balbuceó, sorprendido, y cayó, formando un montón de podridos huesos y armadura, sin rastro de vida en ellos.

“Impresionante,” dijo la cosa que estaba sobre la colina. “Has destruido a mi lugarteniente, pero contra Moto Tsume no te irá tan bien.” La cosa que una vez había sido un hombre desenvainó su espada y se acercó.

“¿Moto Tsume?” Gruñó Akikazu. “¿Te atreves? ¿Te atreves a pretender ser él? ¡Solo eres un espectro habitando una concha vacía!”

La cosa se rió sombríamente. “Quizás lo sea. ¿Pero a ti que te importa? Al final, morirás de todos modos.”

“No me hables de muerte,” escupió Akikazu. “No sabes nada de la muerte.”

“Basta.” Akikazu se detuvo, más por sorpresa que alarmado. El frío tacto del acero tocaba su garganta, y se dio cuenta de que Tasihuu había puesto su espada contra su cuello mientras él estaba preocupado con la criatura que estaba a una cota distancia suya. “No lo permitiré.”

La cara de Akikazu se retorció de ira, pero la cosa que se hacía llamar Tsume solo rió con más fuerza. “¡Como si fuese tuya la elección!” Rugió.

“Lo es,” dijo Taishuu. “Soy Mirumoto Taishuu. Me ha ordenado mi señor buscar la Ciudad de los Perdidos y ofrecerme como embajador de Rokugan, igual que vosotros nos habéis enviado un embajador.”

“Magnífico,” dijo Tsume. “Entonces destruye a este cachorro y únete a mi.”

“Me ordenaron que me presentase ante Daigotsu, y solo ante él.” Taishuu agitó su cabeza. “No obedeceré tus órdenes.”

“¿Qué estás haciendo, estúpido?” Preguntó Akikazu.

“Coge la gema y vete,” ordenó Taishuu. “Necesito a este… hombre para que me lleve hasta la ciudad de su señor. No puedo permitirte que le destruyas.”

“¡Os destruiré a los dos!” Gritó Akikazu.

“Y morirás intentándolo,” dijo Taishuu. “Tus Señores habrán perdido su gema, y juzgarán tu alma. ¿Sus deseos te son tan poco importantes?”

“¿Y por qué debería respetar vuestras vidas?” Dijo Tsume. “¿Por qué debería permitir que tu te fueses, o que tu sobrevivieses?”

“Yo cubriré su huída,” dijo Taishuu. “Si me matas, entonces habrás traicionado a tu señor.”

“¿Y a mi qué me importan esas cosas?” Preguntó Tsume.

“Quizás no te importen,” observó Taishuu. “Pero me imagino que si le importarán mucho a Daigotsu. ¿Te vas a arriesgar  ganarte su desaprobación?”

Si Tsume hubiese tenido cara, Akikazu sabía que hubiese mostrado un momento de duda. “¿Y, en cualquier caso, por qué no debería matarle?” dijo, señalando al sacerdote. No podrías detenerme.”

“Probablemente no,” dijo el Dragón. “Pero me aseguraría que tu gema quedase destruida.”

“No,” dijo Tsume al instante. “La gema no debe romperse.”

“Entonces Akikazu nos abandona aquí,” dijo Taishuu. “Tiene cosas que hacer en el Imperio, y yo tengo un asunto con tu señor.”

Akikazu gruñó con ira. “Juré matarte antes de permitir que sucumbieses.”

Pasó un momento antes de que Taishuu contestase. “Muchos tanto del Cangrejo como del Unicornio querrán saber que Tsume aún… vive.”

Akikazu sabía que si intentaba quedarse arriesgaba perder su vida y, lo más importante, permitiría que la gema cayese en manos del enemigo. Su vida significaba poco, pero no podía permitir que el rubí se volviese a perder. No estaba seguro de que contenía, pero eso no importaba. Ni tampoco podía pasar por alto la necesidad de contar a los Clanes que Tsume había vuelto a ser resucitado. “Te volveré a ver, blasfemo,” maldijo al samurai no-muerto. “Y ese día, terminaré con tu maldita existencia.”

“Ya lo veremos,” dijo la cosa.

“Y tu,” dijo Akikazu, mirando a Taishuu mientras lentamente retrocedía. “Cuando nos volvamos a ver, te garantizo que los dos no sobreviviremos.”

“Claro que mi supervivencia es algo que me preocupa,” dijo Taishuu. “Si vivo lo suficiente como para volverte a ver, entonces aceptaré mi destino.”

Akikazu miró a los dos hombres con furioso odio, luego se giró y corrió hacia el norte, invocando a los Señores de la Muerte para que le ocultasen de sus ataques mientras lo hacía.

Habría un encuentro final. De eso estaba seguro, y en la seguridad había fuerza.