La Bendición de Benten
por Daidoji Gisei
Traducción de Mori
Saiseki
El
templo había sido construido por un lejano ancestro de Doji Yamagata para
honrar a Benten, Fortuna del Amor Romántico, dándola las gracias por ayudarle a
conseguir en matrimonio a la mujer que amaba. Intentando que fuese un templo
privado, se había construido algo dentro del bosque que rodeaba la mansión del
señor, por lo que había evitado ser destruido cuando los ejércitos del Falso
Hoturi había llegado durante la Guerra de los Clanes.
Lo
que lo hacía aún más irónico, pensó Daidoji Noboru, que hubiese caído debido a
la tacañería de Yamagata. Subió por las dilapidadas escaleras y se detuvo ante
la puerta, admirando el gran estanque que rodeaba el templo, y las flores de
loto que allí crecían. Solo la vista que se divisaba desde allí hacía que
mereciese la pena ir hasta el templo, pero aún así, el Daidoji esperaba que su
presa estuviese aquí – se estaba quedando sin sitios donde buscarle. Además, se
estaba quedando también sin rezones para buscarle: nada de lo que hiciese el
hijo de Yamagata agradaba a su padre, con lo que no es que las discusiones
entre los dos fuesen infrecuentes. Pero por lo que había conseguido saber de la
confrontación de esta mañana, no había seguido el desarrollo habitual de frases
cortantes y había acabado con el joven saliendo del estudio de su padre con la
cara pálida, y tembloroso. Nada de lo que Noboru había escuchado parecía una
abierta amenaza del que estaba a su cargo... pero se había sentido preocupado,
lleno de sospechas de que algo importante estaba pasando justo fuera de su
vista. Finalmente se había dado por vencido y se había ido a cazar.
La
puerta se deslizó suavemente bajo su mano. Noboru se quedó al lado de la
puerta, escuchando con el corazón y oídos mientras sus ojos se ajustaban al
tenue interior. Encontrando que la habitación no contenía amenaza alguna, pero
que no estaba deshabitada, entró.
Luz
del sol entraba por las rendijas en el techo y en las paredes del templo,
cayendo como dorados hilos sobre el suelo y convirtiendo en plateados las motas
de polvo suspendidas en el aire. No mostraban señales del paso del tiempo los
pilares lacados de rojo, pero tras el altar principal del templo, al otro lado
de la puerta, el pan de oro se desprendía de lentamente de la imagen de Benten,
mostrando la madera que había debajo de la tranquila sonrisa y de las manos
levantadas como dando la bendición. Sentado contra la pared que estaba a la
izquierda de Noboru había un joven, su exquisito kimono mostrando los efectos
de estar sentado sobre el polvoriento suelo, con un saco lleno de grandes
objetos a su lado. Al entrar Noboru levantó la cabeza y saludo al recién
llegado educadamente, pero pronunciando un poco mal las palabras.
“¡Noboru-san! ¿Has comido hoy arroz?”
Noboru
no contestó inmediatamente. Incluso después de llevar varios meses en la casa
de Yamagata, aún no se había acostumbrado a la belleza de Yamadori. Era algo
más que sus ojos de color zafiro, el corte clásico de sus rasgos, o la
brillante gloria blanca que era su pelo. Era el conjunto de todo ello, al que
se añadía un brillo sobrenatural. Había quién creía que tenía el favor especial
de Benten, y Noboru estaba de acuerdo. También estaban los que creían que
Yamadori era más vanidoso que un puñado de pavos reales, y Noboru también
estaba de acuerdo con ellos. “Si lo he hecho, mi señor,” dijo finalmente. “¿Y
vos?”
“Si,
claro,” dijo Yamadori, levantando una botella cerámica y girándola. “¡Montones
de arroz!” Se la llevó a los labios y la acabó. Luego la lanzó al otro lado de la habitación, donde aterrizó en
un montón de botellas similares.
Noboru contó las botellas y vio que
Yamadori acababa de terminar su quinta botella de sake. Tenía una puntería
increíble para alguien tan borracho, pero claro, había sido entrenado en la
Academia Kakita de Duelistas– no podía ni imaginarse lo que se había añadido al
currículum durante la época en que estuvo Kakita Toshimoko como director.
“¿Qué te trae hasta aquí?” Preguntó
Yamadori. Sacó una nueva botella del saco que había junto a él.
Noboru no sabía que contestar. “Curiosidad, Yamadori-sama. Había oído hablar de este templo, pero no
había tenido tiempo para venir a visitarlo hasta hoy.”
“Está bien que vengas ahora a verlo,
antes de que se derrumbe,” dijo Yamadori.
“Honra a Benten, no a Yamagata, por lo que mi padre no se gastará un
zeni en mantenerlo.”
Noboru se quedó algo sorprendido por las
palabras del duelista. A pesar de la tensión que existía entre ellos, nunca
Yamadori había hablado mal de su padre en público. “Eso es inusual,” dijo el
Daidoji. “Pensaba que Yamagata-sama querría cultivar el favor de la Dama.”
Yamadori se rió. “¿Su favor? No, no, el culto de mi padre fue golpeado
por un rayo. Excepto que ella no tiene rayos – eso pertenece a Osano-Wo.” Paró
para beber más sake. “Quizás podría coger prestado algún rayo de Osano-Wo.
Seguro que se lo agradecería bien.”
Noboru miró al icono del templo alarmado.
Le habían entrenado extensivamente para proteger a su señor del peligro. Sabía
como tratar las emboscadas en los caminos, de asaltantes que caían de las
vigas, de los sirvientes de entre cuyas manos repentinamente surgían cuchillos y
de las geishas con horquillas envenenadas. En ningún momento su sensei le había
preparado para tartar con Fortunas enfadadas.
La cara de madera de Benten le miraba
serenamente, tan indiferente a las palabras de Yamadori como al roído techo del
templo. Noboru se relajó un poco. Todo el mundo sabía que los borrachos hacían
cosas estúpidas – y aparentemente los dioses también lo sabían.
“Hoy,” anunció Yamadori, “mi padre me
dijo que iba a casarme. Y no con la mujer que amo.”
“Esto no os ha podido sorprender,” dijo
Noboru. Había oído varios informes contradictorios sobre la amante de Yamadori,
pero todos coincidían en que era una mujer de muy poca riqueza. Para Yamagata
lo esencial en una nuera era su habilidad para rellenar sus finanzas.
“En absoluto,” dijo Yamadori. “Sabía
perfectamente que iba a ser vendido al mejor postor. Pero eso no importaba,
porque aún la tendría--.” Yamadori se sentó de repente y tiró la botella al
otro lado de la habitación. Chocó contra un pilar y se rompió.
Noboru miró el sake sangrar pilar abajo.
“¿Qué ha pasado esta mañana, sama?”
Yamadori sacó otra botella del saco y
empezó a abrirla. “Mi padre tenía papel. Y un piedra de tinta. Y un pincel. Y
el borrador de una carta, diciéndola que ahora que me iba a casar con una mujer
de calidad, no necesitaba que ella me entretuviese,” su voz se convirtió e un
susurro, “que yo tenía que copiar y firmar.”
“¿Y accedisteis?”
“Es mi padre y mi señor,” dijo con
tristeza Yamadori. Lágrimas empezaron a correr por su cara. “¡Ella es la mujer
más maravillosa del mundo, Noboru! Me
ha dado tanto... soy un héroe para ella... y ahora....” Se calló e inclinó su
cabeza.
Noboru le miró durante un momento,
preguntándose como sería el amar tanto a alguien como para emborracharse y
apenarse por la pérdida. Apartó ese pensamiento encogiéndose de hombros.
Yamagata estaba siendo estúpido y cruel, pero eso no era una amenaza a la vida
de Yamadori, por lo que no era problema del Daidoji.
“Siento haber perturbado vuestro pesar,
Yamadori-sama. Me iré ahora.” Noboru se giró para irse y entonces se detuvo,
pensando en el serpenteante camino que llevaba de vuelta a la mansión. Un
borracho nunca podría ir por el una vez que cayese la noche, y Noboru se podía imaginar
a toda la guardia de la casa levantándose de la cama en medio de la noche para
ir a buscar al hijo errante de su señor.
“Sama, ¿quisierais que ordene que alguien os escolte de vuelta a la
casa? No estáis en condiciones –”
Yamadori se rió. “No seas tonto. No me
voy a caer en el estanque y ahogarme.”
Noboru sintió un escalofrío recorrerle la
espalda. El sake convertía a los hombres en estúpidos. Todo el mundo lo sabía,
y por ello los actos de un borracho nunca podrían manchar su honor. Un borracho
podía llorar, confesar su amor por una mujer inalcanzable, o ahogarse en un
estanque de lotos... y no avergonzar a su familia ni a si mismo. El Daidoji
enterró su recién nacido pánico bajo una falsa calma y se volvió a mirar a
Yamadori. El duelista tenía la confundida expresión de alguien que había dicho
demasiado, y se preguntaba como recuperarse.
“Por supuesto que no, mi señor,” dijo
Noboru. Dio un paso hacia Yamadori, poniéndose casi al alcance de su mano.
“Pero sabéis que el camino no ha sido cuidado, y está lleno de ramas caídas y
raíces de árboles. Sería muy fácil tropezar y hacerse daño en la oscuridad.”
“Ah” dijo Yamadori, aliviado. “Si, por
supuesto. Manda a un sirviente con un farol después de la puesta de sol. Ya
habré acabado.”
“Como deseéis, mi señor,” dijo Noboru.
Levantó su brazo derecho como brindando. “¡Kampai!”
“¡Kampai!” Repitió Yamadori, levantando
el brazo que tenía la botella. Rápido como una serpiente, Noboru le cogió del
brazo y puso a Yamadori de pie, deslizándose tras él mientras lo hacía. Antes
de que el otro pudiese reaccionar, el Daidoji puso su brazo izquierdo alrededor
de su cuello, lo cogió con su brazo derecho, y empezó a apretar. Yamadori luchó
para soltarse, pero Noboru pesaba más, le tenía bien cogido, y lo más
importante, no estaba borracho.
Después de que finalmente Yamadori se
desmayase, Noboru contó hasta diez y le soltó, sujetándole mientras le tendía
en el suelo. Temblando un poco de miedo, comprobó el pulso y el aliento de
Yamadori. Normalmente se hacían estas cosas cuando se pretendía matar al
oponente, lo que significaba que si su corazón se paraba cuando perdían la
conciencia lo habías hecho bien... el pulso del duelista era rápido y fuerte, y
había vuelto a respirar sin ayuda. Noboru inclinó su cabeza y mandó una callada
oración de gracias a sus ancestros. Luego levantó la vista, pretendiendo coger
a Yamadori e irse – y se enfrentó a los fríos y poco amistosos ojos de Benten.
Noboru se quedó helado bajo el peso de la
mirada de la Fortuna. Un efecto óptico, decía parte de su mente. La estatua no
había cambiado verdaderamente de expresión. Noboru quería que fuese así,
pero... Yamadori era uno de los favoritos de Benten, y había venido hasta aquí
para compadecerse con ella de su perdido amor... ¿se habría ofendido ella por
el ataque de Noboru?
“Benten-sama, no quiero hacerle daño. Iba
a matarse por esto – comprenderéis que tenía que detenerle.” La expresión de
Benten no cambió, y el pelo de la nuca de Noboru se le erizó al darse cuenta de
que conocía muchas historias de amantes que habían cometido suicidio cuando se
vio amenazado su amor, y ninguna en la que Benten se hubiese opuesto a eso.
Miró a su alrededor, intentando pensar en algo para complacerla. “Señora, le
haré llegar a esta dama la verdad de la situación, y que Yamadori aún la ama.
Su amor seguirá vivo, aunque estén separados. ¿No será eso mejor que muera su
amor con él?”
Benten no contestó, pero Yamadori empezó
a moverse. Noboru apretó su cara contra el suelo. “Señora, no os fallaré,”
prometió. Luego cogió a Yamadori, se lo puso en los hombros y salió
tambaleándose del templo.
•
Las flores de loto habían desaparecido,
reemplazadas por bulbos marrones que contenían las promesas de nuevas flores
dentro de sus secos bultos son vida. Noboru admiró su rígida simplicidad
mientras iba hacia el templo, esperando que Yamadori estuviese allí. Había
estado buscando una oportunidad para hablar en privado con el duelista desde
hacía semanas, pero Yamadori parecía asegurarse de que siempre hubiese alguien
cerca cuando estaba Noboru presente. El Daidoji no se lo echaba en cara, pero
empezaba a ser frustrante.
Noboru se detuvo ante las escaleras y
suspiró silenciosamente. Odiaba hacer las cosas al estilo Matsu, pero cualquier
otra cosa le daría a Yamadori una oportunidad para escaparse. Ofreció una corta
oración a Benten y luego subió deprisa por los peldaños, abrió de golpe la
puerta y entró, intentando ver cuanto más podía de la habitación con una sola
mirada.
El polvo había desaparecido del suelo,
igual que las botellas de sake, pero aparte de eso, el interior no había
cambiado. Yamadori estaba sentado en el mismo lugar que la otra vez, su mano
sobre el puño de su katana.
“Siento molestaros, Yamadori-sama,” dijo Noboru, inclinándose ante
él.
“Entonces nos puedes hacer a los dos
felices,” dijo fríamente Yamadori, “marchándote.” Se había relajado un poco,
pero no había apartado su mano de la espada.
“Como deseéis, mi señor,” dijo
educadamente Noboru. “Pero antes de irme, está el asunto del abanico.”
Yamadori parpadeó confundido. “¿Abanico?
¿De qué estás hablando?”
Noboru sacó el abanico de su obi,
abriéndolo parcialmente mientras hablaba. “El que os faltaba, sama. Os lo he
traído.”
Yamadori le miró, claramente irritado por
la conversación. “No me falta ningún...” Su voz se desvaneció cuando su mente
se dio cuenta de lo que estaban viendo sus ojos. “¿De donde has sacado ese
abanico?” Susurró, pálido por la sorpresa, pero aún, notó Noboru, bello y
radiante.
“¿Qué puedo decir?” Dijo Noboru,
encogiéndose un poco de hombros. “Está claro que es vuestro abanico.” Se lo
ofreció a Yamadori. El duelista fue a por el, pero algo le retuvo. Noboru sonrió con tristeza, luego cerró el
abanico y suavemente se lo tiró a Yamadori. Este lo cogió y lo abrió con
ternura para que mostrase todo su dibujo. Lo estuvo mirando durante un largo
tiempo, y luego lentamente le dio la vuelta y vio lo que había en el dorso.
Cuando Noboru mandó su explicación había
incluido una petición de respuesta, algo que pudiese decir al duelista para
evitar cualquier otro pensamiento suicida. No había esperado demasiado de una
mujer que consideraba que Doji Yamadori era un héroe, pero le había sorprendido
lo que le habían mandado. Un abanico pintado con patos mandarines y capullos de
loto en un lado, y en el otro, el poema de amor de una antigua dama Otomo
escrita con la caligrafía rápida de un soldado:
El naranjo
que plantamos en mi
jardín
como símbolo de nuestro
amor,
aunque nos arrepintamos
de el,
nuestro amor valió la
pena.
Yamadori cerró el abanico y se lo apretó
contra el corazón. “Yo no me arrepiento,” dijo con fiereza. “¡Nunca me
arrepentiré!”
Noboru miró educadamente hacia un lado
ante esta muestra de emociones y se encontró mirando hacia la imagen de Benten.
¿Ves? La preguntó en silencio. ¿No es esto mejor que el que estuviese muerto?
“Mi padre no está de acuerdo con esto,”
dijo Yamadori. Noboru le volvió a mirar y vio al duelista suavemente moviendo
el abanico en su dirección. “Me ha prohibido tener contacto alguno con ella, y
también se lo ha prohibido a todos sus ayudantes. Ya lo sabes.”
Noboru solo sentía pena por
cualquiera que estuviese atado por honor a obedecer a Doji Yamagata. “Mi señor
desea que sigáis vivo,” dijo con sinceridad. “El abanico no os impedirá casaros
con la chica que él ha elegido, ¿entonces en qué he desobedecido a vuestro
padre?”
“Lógica Daidoji,” dijo secamente
Yamadori.
“La simple verdad,” contestó Noboru.
Yamadori metió el abanico en su obi y se
puso en pie. “Te estoy muy agradecido por esto,” dijo.
“El deber, sama,” dijo Noboru. “Solo mi deber.
Pero aunque vos lo hagáis… creo que Benten no aprueba lo que he hecho. Si
pudieseis hablar con ella por mi…”
Yamadori sonrió un poco. “Lo haré. Pero
antes voy a convencer a mi padre para que restaure este santuario.”
“¿Creéis que se puede hacer?” Preguntó
Noboru con curiosidad. Dudaba que fuese posible, pero había una extraña mirada
depredadora en los ojos de Yamadori.
“Los papeles finales del contrato de
esponsales aún no han sido firmados,” dijo Yamadori. “Sería una pena que la familia
de la chica sacase la idea de que Doji Yamagata era un hombre impío que no
respetaba debidamente a las Fortunas.”
“¿Chantaje?” Noboru no sabía si estar
indignado porque Yamadori era capaz de amenazar a su padre o sentir admiración
por lo hábil que era.
“Piedad filial,” dijo con suavidad
Yamadori. “Protejo a mi padre de que no le caigan encima rayos prestados por
otra Fortuna.”
“Bien dicho, mi señor,” dijo Noboru.
Lógica Doji, pensó. Esperó hasta que Yamadori se había ido antes de volver a
mirar la imagen de Benten. “Mucho mejor,” dijo, y luego siguió a Yamadori por
el sendero.
Nota del
Autor: El poema que hay en este relato está escrito por una dama
Japonesa del siglo 8, Otomo no Sakonoe no Iratsume. Está en el libro “Women
Poets of Japan”, de Kenneth Rexroth e Iku.