Crece la Tormenta

 

por Rich Wulf

 

Traducción de Mori Saiseki

 

 

 

            “Emperador Toturi, os agradezco que pudieseis encontrar el tiempo para reuniros con tan humilde servidora,” dijo Yoritomo Kitao, inclinándose profundamente, y arrodillándose ante el Trono de Acero.

            El Emperador miró a Kitao pensativamente, una mirada astuta en su ojo. Las habitaciones del Emperador estaban en silencio, vacías excepto por Naseru, Kitao, y un puñado de guardias del Emperador. “La verdad es que el gusto es mío, ya que he oído muchas historias de tus increíbles aventuras,” contestó el Emperador. “Y llámame simplemente Emperador, o Naseru-sama si quieres. Toturi Tercero es un nombre para heraldos y para las historias, Naseru es el hombre que ahora soy.”

            “Naseru-sama,” Kitao se corrigió, levantando su cabeza con una sonrisa, pero educadamente no mirando a los ojos del Emperador.

            “¿Qué te trae a Toshi Ranbo, Kitao-san?” Preguntó Naseru, el tono divertido de su voz implicaba que ya conocía la respuesta.

            “Respeto, Vuestra Majestad,” contestó ella. “Como sabéis, mi clan ha pasado por un periodo de gran turbación desde la muerte de vuestro padre. Mi predecesor, el legendario Aramasu, fue asesinado, y yo he hecho lo mejor que he podido para devolver el orden a mi clan desde entonces. Solo vengo a mostraros la dedicación del Clan Mantis a vuestro nuevo gobierno.”

            “Que valiente,” contestó Naseru con una ligera sonrisa. “Pero por lo que he oído, el orden nunca ha sido la norma en las Islas Mantis. Desde la época de Yoritomo, han reinado el caos y la ambición. Habéis trepado desde el estatus de Clan Menor hasta uniros a los clanes fundados por los divinos Kami. El propio Yoritomo rehusó doblar la rodilla ante el Emperador, una práctica que mi padre miraba con paciente diversión, dadas la indispensables habilidades tácticas de Yoritomo. Samuráis que desafían la tradición de esa manera deben esperar una vida dura. No mires más allá que a tu desafortunado predecesor.”

            Kitao frunció el ceño. Últimamente, los rumores de que ella había sido la responsable del asesinato de Aramasu había destruido su estatus en la corte. Ya había tenido seis duelos para defender su honor, pero los susurros no se detendrían. En vez de seguir hablando de eso con el Emperador, solo cambió de tema. “La pasada historia de mi clan no hace al caso,” dijo ella. “Solo quiero ocuparme de una traicionera usurpadora.”

            “¿Hablas de Yoritomo Kumiko,” contestó Naseru, “la mujer que dice que es la hija de Yoritomo, la llamada Hija de las Tormentas?”

            Kitao se detuvo un momento, mostrando que le daba satisfacción en la duda con la que Naseru veía la herencia de Kumiko. “Si, Kumiko,” contestó ella. “Con la ayuda de la Guardia de Élite de Yoritomo y el apoyo del Shogun, tomó Kyuden Gotei, ganando gran atención para sus jactanciosas demandas. Ahora, como sabéis, las cosas han cambiado.”

            “Aquellos que antes sirvieron al Shogun se les ha ordenado servirle aún más,” contestó Naseru.

            “Es exactamente lo que decís,” asintió Kitao. “Ahora, en su momento de debilidad, creo que sería mejor ocuparnos de esta errante y antigua servidora de vuestro medio-hermano, y asegurar el liderazgo del Clan Mantis.”

            Naseru rió. “Quieres quitarte una espina, y eliminar una posible aliada secreta del Shogun,” contestó. “Te deseo la mejor suerte, ¿pero que quieres de mi?”

            “Vuestra ayuda,” contestó ella. “Lo que yo haría nos ayudaría a los dos, mi Emperador.”

            “Quizás,” contestó Naseru encogiéndose de hombres con aburrimiento. “Pero matarías a Kumiko con o sin mi ayuda. Conozco tu reputación, Kitao, y mi propio reinado aún es joven. No me puedo arriesgar a mostrar favor a un pirata- especialmente si fracasas.”

            “No fracasaré,” dijo Kitao, sus ojos entrecerrándose.

            “Eso dices,” contestó Naseru, mesándose su delgada barba con una mano. “Aún así, un Emperador no puede permitirse riesgos innecesarios. No te ayudaré, Kitao, pero tampoco te lo impediré. Las Legiones Imperiales no tomarán partido en este asunto mientras permanezca confinado a los territorios Mantis, y cualquier clan que interfiera en la sucesión del Clan Mantis responderá ante mi. Además, no ofreceré ayuda directa a la Hija de las Tormentas. Mantendré tu demanda de dominio sobre el Clan Mantis, vencerás o fracasarás por tus propias fuerzas. Creo que encontrarás esto aceptable,” el tono de Naseru era monótono, duro. Estaba claro que no había lugar para la negociación – la oferta del Emperador era final.

            “Es más que aceptable, Vuestra Majestad,” dijo Kitao, volviéndose a inclinar profundamente ante el Emperador. “Os agradezco vuestra paciencia y generosidad.”

            “Claro,” contestó Naseru.

 

 

            Como estaba en la costa de las Islas de las Especies y la Seda, Kyuden Gotei estaba acostumbrado a tormentas salvajes. Eran frecuentes los huracanes y los tifones. Pero hoy, la salvaje tormenta que agitaba el hogar elegido por Yoritomo Kumiko hacía sentir frío a todos los que allí habitaban.

            “Esta no es una tormenta natural,” dijo Yoritomo Kamoto con voz sombría mientras paseaba por el salón de audiencias central del castillo. “Todos mis instintos gritan que proviene de la magia.”

            “Tus instintos gritan la verdad,” contestó Yoritomo Yoyonagi. La bella y joven poetisa estaba arrodillada en la esquina de la habitación, sus ojos cerrados mientras meditaba. “Esos estúpidos Moshi que siguen a Kitao han invocado esta tormenta.”

            “Siempre elijo venir en los momentos más interesantes,” contestó Rezan. El ronin se recostaba cómodamente contra la pared. Su postura era relajada, pero sus ojos estaban en calma y preparados.

            “¿Invadirán hoy?” Preguntó Moshi Mogai, mirando urgentemente de Rezan a Kamoto. El pequeño cortesano pasó nerviosamente una mano sobre su calva. “¿Estamos preparados?”

            “Hemos estado preparados desde hace meses,” contestó Kamoto, mientras seguía paseando.

            “¿Es eso verdad?” Contestó dubitativa Mogai. “La moral ha bajado desde la desaparición de Kumiko. Sé que lo habéis hecho lo mejor que habéis podido, Kamoto-sama, pero las esperanzas de la gente se unieron tras la Hija de las Tormentas.”

            “¿Crees que no lo sé, Mogai?” Soltó Kamoto, mirando con ira al pequeño hombre. “He hecho todo lo que he podido para mantener la moral en alto. ¿Qué has hecho tú aparte de enfadarte y preocuparte?”

            “Basta,” contestó Yoyonagi en voz baja. “No hay necesidad de abusar de Mogai así, apenas puede defenderse a si mismo. Si luchamos entre nosotros, haremos que Kitao gane. Kumiko estará aquí.”

            “¿Como lo sabes?” Preguntó deseoso Mogai. “¿Tu magia?”

            “No necesito magia,” contestó Yoyonagi. Dejó de meditar y se levantó, mirando a Mogai con profundos ojos negros. “Un destino tan poderoso como el de Kumiko es tan claro que lo puedo ver sin ayuda. El camino del Clan Mantis se definirá esta noche.”

 

 

            El Bitter Flower* cortaba el mar como la espada de un maestro Kakita, su ruta directa hacia la ciudad de Kyuden Gotei. La tormenta se abría a su alrededor, convirtiéndose en un fuerte viento para propulsar hacia delante la nave capitana de Kitao. A cada lado, una docena de barcos navegaban hacia la ciudad, el grueso de la flota de la Legión de la Tormenta. Yoritomo Naizen estaba a proa de su barco, sus curtidos rasgos inexpresivos. Llevaba una armadura completa – un extraño riesgo para un samurai en el mar – un brillante yelmo verde sujetado bajo un brazo. A ojos de Naizen, la victoria parecía inminente, pero eso no le daba satisfacción. Naizen era hábil en la batalla, pero nunca dejaba que el ansia de victoria nublase su sentido común. Ese autocontrol le había hecho ser pirata afortunado, y ahora le hacía ser un astuto general.

            “¿Cómo lo resumirías, Naizen?” Preguntó Kitao, uniéndosele en la proa del barco.

            “No falta mucho, Kitao-sama,” dijo simplemente Yoritomo Naizen.

            “Kumiko eligió mal cuando me arrebató mi hogar,” contestó Kitao, asintiendo. “Sin la espada del Shogun no puede mantener Kyuden Gotei. Esta noche la castigaremos.”

Naizen asintió mientras continuaba estudiando la costa. La ciudad era básicamente indefendible, con sus muchos puertos desparramados por las playas. La propia ciudad no tenía murallas. El océano era la muralla de Kyuden Gotei. Contra los otros siete Grandes Clanes era una muy poderosa defensa – pero no contra una fuerza liderada por otros Mantis.

            “Kyuden Gotei caerá esta noche, Dama Kitao,” dijo Naizen.

            Rayos chasquearon en el cielo, iluminando duramente la flota de Kitao. En la distancia pudo ver soldados empezando a alinearse en la costa, fuegos de vigilancia ardiendo en las playas. La tormenta que sus shugenja habían invocado les avisaría – los shugenja de Kumiko eran demasiado poderosos para no darse cuenta de que el tiempo no era natural. Aún así, el viento y la lluvia confundirían y cansaría a sus enemigos antes de ella llegase. Cuando el Bitter Flower* atracase, solo quedaría que ella volviese a reclamar para si su ciudad.

            Justo cuando Kitao se alejó de la proa para volver a su habitación, un repentino rugido de viento la llamó la atención. Miró hacia atrás para ver como una columna de agua surgía furiosa del océano, estirándose desde el mar hasta las nubes, el doble de ancho del Bitter Flower*.

            Kitao se volvió hacia el shugenja que estaba junto al mástil, su cabeza inclinada, concentrado sobre sus pergaminos. “Ishada, ¿qué significa esto?” Preguntó. “¿Es ese torbellino cosa tuya o de ellos?”

            El hombre levantó la cabeza, su lacio y mojado pelo cayendo sobre su cara. Miró hacia el torbellino confundido, como si algo así no pudiese existir. “No lo he hecho yo,” contestó con voz grave. “El viento y la tormenta están bajo mi control. No puede haber desafía, ni siquiera por parte de los kami. Ese torbellino no puede existir.”

            La cubierta dio una fuerte sacudida al ir directamente el torbellino hacia el Bitter Flower*. Kitao abofeteó a Ishada. “¡Abre los ojos, estúpido, es muy real! ¡Virar! ¡Ishada, llena nuestras velas para que podamos evitar al torbellino!”

            “Si… si, señora,” murmulló el shugenja, aturdido.

            El “Bitter Flower”* giró, los vientos de Ishada llenando sus velas. El torbellino de agua continuo yendo hacia la nave capitana a toda velocidad. Naizen miró el torbellino de agua con calma, inmóvil mientras la cubierta se inclinaba bajo ellos.

            “¡Hay algo poderosos dentro de ese torbellino!” Gritó Ishada sobre la tormenta. “Mi magia, la magia de mis shugenjas, ¡no podemos deshacerlo!”

            “Inútil estúpido,” soltó Kitao. “Esto debe ser obra de Komori, o de ese estúpido Kaigen y sus Jinetes de la Tormenta. ¿Naizen?”
           
Naizen asintió. Levantó su brillante yelmo y se lo puso en la cabeza. Inmediatamente sus percepciones del mundo cambiaron. Todo era energía resplandeciente y espíritus vivientes. Sobre todo ello podía ver la imagen de gran dragón, mirando las islas de los Mantis con una expresión de preocupada paciencia.

            “Yoritomo Naizen, el pirata,” dijo el Dragón del Trueno, su voz solo para los oídos de Naizen. “¿O eres Naizen el general? ¿O son los dos hombres el mismo?”

            “Soy Naizen, nada más,” dijo el samurai, su voz solo para el dragón. “Soy un Yoritomo, descendiente del primer Dragón del Trueno. Somos hermanos, y vuestro yelmo me ha servido bien. Os lo devolveré ahora.”

            “Que así sea,” dijo el Dragón del Trueno. “Te daré algo a cambio. ¿Qué deseas?”

            Naizen se detuvo un momento, pensando. Consideró pedir que el dragón matase a Kumiko y a sus seguidores, ya que seguramente ellos eran los responsables del torbellino. Incluso consideró brevemente pedir también la muerte de Kitao – quizás después de esta guerra civil ni ella ni la Hija de las Tormentas estaban verdaderamente capacitadas para gobernar. Quizás él… pero no. Había aprendido el precio de la arrogancia y la avaricia hacía mucho tiempo. Ahora seguía una nueva senda, la senda de los Mantis.

            “Solo deseo que Kumiko y Kitao se enfrenten entre si como iguales,” contestó. “Que la mejor Mantis triunfe.”

            El dragón asintió, sus ojos eléctricos abriéndose con respeto. “Que así sea, Yoritomo Naizen. Hoy has mostrado gran sabiduría. Quédate con mi yelmo… es posible que un día lo vuelvas a necesitar.”

            Y con eso desapareció el tifón de Ishada. El torbellino desapareció, dejando visible en su centro la nave capitana de Kumiko, apenas a cien metros de distancia. La flota que quedó inmóvil sobre el agua, con solo una pequeña brisa llevando al barco de Kumiko hacia el Bitter Flower*. El sol estaba en lo alto del cielo, brillante y claro en el cielo sin viento. Una joven mujer estaba a proa de la nave capitana, cruzada de brazos, cada una sosteniendo una kama de plata. Kitao la miró con desprecio desde el otro barco, y desenvainó su katana, preparándose.

            Y por primera vez, Kitao y Kumiko estaban frente a frente.

 

 

            “¡Traidora!” Gritaron ambas mujeres al unísono.

            Yoritomo Kumiko saltó desde la proa de su barco al acercase este al Bitter Flower*, aterrizando con una voltereta. Kitao dio un paso hacia atrás, permitiendo que cinco de sus guerreros se adelantasen con palos y porras. Dos cayeron inmediatamente, flechas con plumas doradas en sus pechos. Kumiko hizo que cayese otro con una patada, y un kama en el corazón de cada uno de los dos que quedaban. Miró con asco a Kitao a través de la sangre y de los gritos de los moribundos.

            “¡Lucha tu misma contra mi, cobarde!” Rugió. “¿O me forzarás a derramar más sangre Mantis, como tu derramaste la de mi hermano?” Tres guardias de élite de Kumiko aterrizaron sobre el Bitter Flower* tras ella. El arquero Tsuruchi que estaba en el puesto de vigía del barco de Kumiko cogió otra flecha. Kumiko metió un kama tras su obi y desenvainó su katana. Todo el filo de la espada chasqueaba con electricidad. Todos los que vieron la espada la reconocieron – Nobori Raiu, la Espada Celestial de los Mantis.

            Kitao miró hacia Naizen y los demás. Por primera vez pudo ver una brillo de duda en sus ojos. Ishada la miraba con terror. No podía rehusar este reto. Debía luchar para gobernar, aquí y ahora, o permanecer para siempre a la sombra de Kumiko.

            “Muy bien, Hija de las Tormentas,” dijo Kitao mofándose con una risita. “Si verdaderamente posees la fuerza de tu padre, demuéstralo. Sin la ayuda de espadas mágicas.”

            Kumiko asintió con calma y envainó la espada celestial. Movió su mano hacia un lado, y un soldado obedientemente la dio su katana. Los dos mujeres empezaron a dar círculos junto al mástil del Bitter Flower*, ojos llenos de odio mutuo. Se lanzaron la una sobre la otra, y chispas surgieron cuando sus espadas se quedaron enzarzadas. Kitao soltó una mano de su espada, golpeando salvajemente a Kumiko en el cuello.

La Hija de las Tormentas trastabilló hacia atrás y Kitao se aprovechó de su ventaja, tirándose hacia delante con su espada. Kumiko soltó su katana y rodó hacia delante. Una daga apareció en su mano con un movimiento de su muñeca, e hizo pasar su hoja por la parte de atrás de la rodilla izquierda de Kitao. Kitao chilló y cayó hacia delante. Kumiko saltó sobre la espalda de su rival, con una rodilla sujetando contra la cubierta el brazo de Kitao que tenía la espada. Apretó su daga contra el cuello de Kitao.

 

 

Kumiko sintió el rugido de la sangre en sus oídos, el ansia de venganza. Podía sentir la oscuridad que había dentro de ella mover su mano, urgiéndola a hundir aún más su daga en el cuello de su enemigo. Luchó contra la locura, empujó a la bestia hacia un lado, y solo sujetó a Kitao donde estaba. Las lecciones que la había enseñado los Indómitos la habían servido bien, dándola el poder de luchar contra la Mancha que había en su interior. Miró hacia su barco, que flotaba junto al Bitter Flower*. Vio a Yoritomo Komori a proa. El Viejo shugenja la miraba con una expresión solemne e insegura. Vio a Tsuruchi Okame sentado en la pare de arriba del mástil, un brillo blanco en la punta de la flecha que tenía en su arco.

Kitao jadeaba. Intentó retorcerse bajo Kumiko, pero la Hija de las Tormentas la sujetó fuertemente contra la cubierta. Un delgado hilo de sangre caía del cuello de Kitao, donde la daga de Kumiko pinchaba la carne.

“Mátame,” susurró amargamente Kitao. “Cementa tu pretensión con sangre, como hice yo. Otra Hija de las Tormentas vendrá a por ti.”

“Estás derrotada, Kitao,” contestó Kumiko. “Pero te otorgo clemencia, libremente y sin pedir nada a cambio… excepto tu continua lealtad a los Mantis.”

            Kitao abrió su boca para contestar, quizás una amarga réplica o un insulto falaz. El repentino rugido tras ellas se llevó todo. Una nube de sombra surgió desde detrás del shugenja Ishada, congelándose en una enorme forma insectoide. La criatura se parecía mucho a una mantis, aunque su cuerpo estaba retorcido, y olía a fétida podredumbre. Un grito de alarma surgió por todo el Bitter Flower*. Seis Legionarios de la Tormenta inmediatamente atacaron a la bestia, intentando proteger a su caída señora. Les golpeó a todos con un único movimiento de su garra, y fue andando pesadamente hacia Kumiko y Kitao. Yoritomo Naizen se puso ante la criatura, espada desenvainada, pero una fuerte patada del demonio le mandó volando hacia atrás. Kumiko quitó su peso de Kitao, mirando a la cara del Onisu del Hurto con el kama de su padre en sus manos.

El demonio levantó sus garras, y un estallido de luz surgió de su cara al clavarse en ella la flecha de cristal de Tsuruchi Okame. La bestia cayó sobre la cubierta, sacudiéndose su ardiente cara. Kumiko lo atacó, su delgado cuerpo esquivando las garras, y enterró su kama en el pecho del demonio. Chilló y gimió mientras ella destrozaba su torso con las afiladas hojas, y en unos instantes desapareció, su cuerpo volviéndose a fundir entre la sombra. Una oleada de energía fluyó a través de Kumiko mientras el Onisu moría, la magia Indómita haciendo su trabajo. Cayó de rodillas al moverse por su cuerpo una súbita energía ardiente. La Mancha que ulceraba dentro de ella se levantó como un animal herido, gritando y chillando al ser consumida.

Y al hacerlo, Kumiko escuchó una voz sibilante dentro de ella, una voz que solo podía ser la del Onisu. “No eres mejor que Kitao,” la dijo el demonio riendo. “Ahora que estás libre de tu corrupción, ya no tienes responsabilidades. La oscuridad te consumirá, y esta vez será tu propia…”

            “Ya veremos, demonio,” susurró ella, mientras sentía como los últimos vestigios de su Mancha desaparecían.

 

 

            Kumiko se arrodilló en el suelo, cabeza inclinada, y levantó una elaborada caja lacada. La tapa estaba abierta, mostrando una flecha de cristal – la misma que había abatido al Onisu. “Ahora os devuelvo el regalo que me distéis, mi señor,” dijo ella con sinceridad, “y quisiera daros las gracias por vuestra ayuda en tan difícil batalla.”

            “El regalo no era para ti, era para Okame,” dijo el hombre mientras uno de sus guardias aceptaba la caja. “Después de todo, prometí no ayudarte.”

            “Si, Vuestra Majestad,” dijo Kumiko con una pequeña sonrisa.

            “Entonces, después de todo, los temores de Okame eran fundados,” dijo Naseru. “Era verdad que uno de los Onisu estaba en el centro de la guerra civil de tu clan.”

            “Okame ha estado buscando a ese demonio desde hace más de un año, pero no creo que Settozai tuviese toda la culpa,” contestó Kumiko con un suspiro de cansancio. “La traición y ambición de Kitao eran suyas. Creo que el demonio solo pretendía alimentarse de nuestro conflicto, y volverse más fuerte al derramar su propia sangre el Clan Mantis. La bestia era el hurto encarnado, y Okame me advirtió que un regalo sincero otorgado libremente lo debilitaría. Al mostrar misericordia a Kitao después de todo el odio que ella me ha mostrado, fuimos capaces de debilitar a la bestia lo suficiente como para sacarla de entre la sombra del tsukai tras el que se escondía. Vuestra flecha fue suficiente para distraerla para que yo le pudiese dar el golpe de gracia.”

            “Una joya Unicornio,” dijo el Emperador riendo, aceptando la caja al dársela el guardia. “Parece que como Emperador ahora tengo una armería entera de estas cosas. Me pregunto de donde habrán venido la mitad de ellas. Me alegra que esta se haya podido usar.” Naseru levantó la flecha con sus largos dedos, mirando la punta de cristal antes de volver a mirar a Kumiko. “¿Y qué ha sido de Kitao? ¿De verdad la perdonaste la vida?”

            Kumiko asintió. “Vive. Si mi oferta no hubiese sido sincera, el Onisu no hubiese podido ser derrotado.”

            “Desafortunado,” dijo Naseru, devolviendo la flecha a su caja.

            “Perdonad mi temeridad,” contestó Kumiko, “pero los servidores de Kitao dijeron que habíais llegado a un acuerdo con ella, estando de acuerdo en no interferir en nuestra lucha.”

            “¿Y?” Contestó el Emperador. “Kitao era como un perro loco, había que tratarla con el máximo cuidado. No la mentí, ya que la palabra del Emperador es la verdad, pero permití que ella creyese que yo la apoyaba hasta que pudiese deshacerme de ella. La ambición está bien, pero cuando no está atemperada por escrúpulos o por lealtad, solo trae consigo el daño. Su supervivencia es desafortunada. Creo que ella volverá a ser un peligro algún día.”

            “Lo entiendo,” dijo en voz baja Kumiko. “Otra vez os doy las gracias por vuestra ayuda, mi Emperador.”

Naseru rió. “Fuiste tú la que me ayudó hoy, Kumiko-san, al aliviarme de la carga de tener a una persona tan censurable como uno de mis Campeones. Me has hecho un favor, y tienes mi gratitud.”

            “¿Pero por qué necesitaría favores o dar las gracias el Emperador?” Contestó Kumiko. “Todos somos samurai. Tomos estamos a vuestras órdenes.”

            El Emperador se rió. “Es posible que una vez pensase yo lo mismo, pero el Emperador es muy parecido a cualquier otro hombre. Es posible que un día necesite aliados, Kumiko-san, y por ello os estoy agradecido. Que tu reinado sobre el Clan Mantis sea tan legendario como el de tu padre, Hija de las Tormentas.”

            “Os lo agradezco, Majestad,” dijo con orgullo Kumiko. Hizo una reverencia ante el Emperador, pero no tan profunda como la tendría que haber hecho. Después de todo, el espíritu de su padre la podía estar mirando.

 

* Bitter Flower = Flor Amarga