“Que extraño,” dijo Kaimetsu-Uo. “Creo que por fin he
aprendido lo que vine a escuchar, aunque no he oído el relato que buscaba.”
“No me gustaría
decepcionarte, amigo mío,” dijo Unmei. “Ahora escucha
un relato sobre los mayores héroes de tu Imperio.”
• • •
El Día del
Trueno
por
Traducción de Mori Saiseki
Hida
Atarasi estaba al borde de un escarpado acantilado y
miró hacia las Tierras Sombrías. La tierra estaba agrietada y quemada, sin
vegetación alguna excepto un puñado de retorcidos y espinosos hierbajos. Un
estrecho riachuelo de agua negra y grasienta serpenteaba por el yermo, lleno de
burbujas de gases insalubres y los rápidos y furtivos movimientos de criaturas
que mejor sería no verlas. El cielo estaba lleno de negras nubes, bañando la
tierra con una tenebrosa media luz que no era ni día ni noche.
“Una vez, estas tierras fueron hermosas,”
dijo en voz baja. “Recuerdo explorar esta área junto a Hiruma.
Esto era un bosque. Pescamos un pez en ese río, el mejor que haya probado
jamás… Este lugar ahora está muerto. Fu Leng lo ha asesinado, Shosuro.”
“¿Has oído como me acercaba?” Dijo la
Escorpión, claramente impresionada mientras salía de entre las sombras. “No
muchos hombres lo pueden hacer.”
Atarasi la sonrió. “Uno no sobrevive mucho en una
guerra como esta sin aprender a leer las sombra,” dijo.
“¿Hace cuánto tiempo que sabes que estoy
aquí?” Preguntó Shosuro.
“Dos horas.”
“¿Y no has dicho nada?”
“Parecías estar en paz. Sentí que sería
grosero interrumpirte,” dijo él.
Shosuro estudió su cara. No había burla
alguna en las palabras de Atarasi, solo su habitual y
amarga sinceridad. “¿Entonces por qué me acabas de hablar?” Preguntó ella.
“Porque de todos nosotros tú pareces la que
más probablemente entiendas lo que hemos perdido,” dijo Atarasi,
volviendo a mirar hacia las Tierras Sombrías. “Nuestros dos clanes han sufrido
en esta guerra. Incluso si ganamos en esto, estas tierras nunca serán las
mismas. Ganemos o perdamos, este será el futuro del Cangrejo.”
“No deberías pensar en esas cosas, Atarasi,” dijo Shosuro. “La duda puede matar a un hombre
con mayor rapidez que la espada.”
“Lo sé,” dijo con amarga sonrisa. “Lo he
visto demasiadas veces. Intento ser como mi padre. Hida nunca tiene miedo.
Nunca comete errores. Intento ser como él, ¿pero como puedo conseguirlo? Creo
que a veces mi sangre humana es demasiado fuerte.” Atarasi
junto sus manos ante él, los ojos fijos sobre sus temblorosos dedos.
“No tengo palabras con las que
tranquilizarte, Atarasi,” dijo Shosuro. “No creo que
las palabras te puedan ayudar.”
“Entonces espero que llegue pronto la
batalla, Shosuro,” dijo Atarasi. “En la batalla no
hay dudas. Son los momentos entre ellas los que me pueden matar.”
Shosuro asintió, mirando a su alrededor
cuidadosamente. “Especialmente en un lugar como este. No puedo evitar sentir
que nos espían, que nos siguen. Me alegraré de que esto acabe.”
“Mi padre me enseñó a que la fuerza es la
única mercancía que se incrementa cuando se comparte,” dijo Atarasi.
“Shinsei cree que somos los mayores guerreros de todo
el Imperio. Quizás tenga razón, y entonces quizás venceremos.”
“No estoy acostumbrada a compartir la
fuerza,” contestó Shosuro. “Siempre he luchado sola.”
“Al final, todos estamos solos,” contestó Atarasi, “pero hasta entonces quizás podamos marcar la
diferencia.”
•
Un
solitario dios estaba al borde de las Tierras Sombrías y se preguntó si estaba
a punto de cometer un terrible error.
Durante toda su vida, Shiba había estado al
servicio de alguien. Había honrado a su padre y madre incluso cuando su padre
le devoró y su madre le abandonó. Había obedecido las órdenes de su hermano y
le había ayudado a establecer su Imperio. Incluso había dejado a un lado su
orgullo para arrodillarse ante Isawa para que su tribu pudiese ver la sabiduría
que era el estar unidos.
Shiba siempre había entendido que la
humildad era la forma más verdadera del valor. Dejar a un lado los propios
deseos para el bien de todos era difícil, pero siempre se había forzado a
hacerlo. Pero incluso Shiba tenía sus límites. Gustosamente daría su vida, su
honor, todo lo que tenía, por este Imperio que él y los demás habían fundado…
No podía dejar que muriesen los Truenos.
Los demás estaban seguros de que lo que
decía Shinsei era la verdad, que solo los Truenos podían derrotar a Fu Leng,
pero Shiba no estaba tan seguro. Shinsei era un hombre sabio, pero no era
infalible. ¿Y si estaba confundido? ¿Y si no podían derrotar a Fu Leng?
Shiba miró la reluciente espada Ofushikai, la increíble espada que su esposa le había
hecho. Esta no era su gente, estos mortales, pero había llegado a amarlos.
Sabía que cada uno de sus hermanos y hermanas también les amaban, cada uno a su
manera.
“Cualquiera, excepto los Truenos, será
aplastado por las ruedas del destino si se enfrenta a Fu Leng,” había dicho
Shinsei.
Que así sea. Shiba envainó su espada y entró
en las Tierras Sombrías.
•
“Deberías extinguir ese fuego, Fénix,” dijo
Matsu, volviendo al campamento con su habitual gesto malencarado.
Isawa estaba agachado junto a una gran
piedra, y no levantó la vista de su pergamino cuando se acercó la León. “¿Por qué?” Contestó.
“¿Estás loco?” Dijo Matsu con una mueca de
desprecio. “Los servidores de Fu Leng verán el humo.”
“Le he hablado al humo,” dijo Isawa
suspirando. “No seremos vistos. Déjame solo.”
Matsu le miró durante un rato, sin saber si
creerle o no. “Arrogante Fénix,” susurró.
Isawa la miró plácidamente. “¿Necesitas algo
de mí?”
Matsu suspiró, se giró, y fue rápidamente al
otro lado del campamento.
“Ella está muy enfadada.”
Isawa levantó la vista, sorprendido ante el
sonido de la desconocida voz. Se dio cuenta, sorprendido, que Otaku estaba
sentada al otro lado de la pequeña hoguera. Nunca había oído hablar a la joven
Ki-Rin. “Es su forma de ser,” contestó Isawa, volviendo a mirar a sus
pergaminos. “Matsu es una asesina, siempre atenta buscando alguna señal de
debilidad en un aliado o en un enemigo. Aunque pueda ser una compañía
desagradable, somos afortunados por tenerla con nosotros.”
“¿Son esos pergaminos de hechizos?” Preguntó
Otaku.
Isawa asintió. “Usamos estos en Gisei Toshi, para purificar los cuerpos y las almas de los
muertos y atarles a las murallas para que puedan defender siempre la ciudad,”
contestó. “Shiba y sus samurai han prometido que ahora protegerán a mi tribu,
por lo que estas medidas ya no serán necesarias. Los he traído porque me
recuerdan a mi hermana. Leerlos me ayuda a concentrarme, y ahora lo que más
necesito es estar concentrado. La batalla que pronto libraremos es imposible.
Fu Leng es inmortal, y debo encontrar una forma de derrotar eso.”
“¿Por qué no usas tus pergaminos contra él?”
Preguntó Otaku. “Si pueden atar las almas de los muertos, ¿no podrían también
atar el alma de Fu Leng?”
“No es tan simple, Otaku-chan,”
dijo Isawa riéndose. “El alineamiento espiritual intrínsico a las almas de los
muertos es distinto al de los seres vivos. Están más fuertemente conectados a
los reinos que están más allá del nuestro que a este, dándole a un experto
shugenja una forma de manipular su posición en este reino.”
“¿Y no pasa lo mismo con Fu Leng?” Preguntó
ella. “Nació en los Divinos Cielos y usa el poder de Jigoku. ¿No están esos
reinos más allá del nuestro?”
Isawa abrió la boca para refutarlo, pero se
detuvo. Rápidamente, se formaron posibilidades en su mente. Sería difícil,
necesitaría una aplicación inusual de los pergaminos, pero desde luego que era
posible. Se quedó con la boca abierta y miró fijamente a Otaku. Después de
considerarlo durante un momento más, agitó la cabeza, negándolo. “No, nunca
funcionaría. Quedaría atado, pero vivo.”
“Shinsei nunca dijo que teníamos que matar a
Fu Leng,” contestó ella. “Solo derrotarle.”
Isawa sonrió un poco y agitó su cabeza, pero
no podía discutirlo. Lentamente se dio cuenta de algo. Esta chica, esta chica
Ki-Rin que no había hablado y sobre la que no había pensado mucho desde que
había llegado, es posible que le acabase de enseñar como derrotar al Dios
Oscuro.
“Por las Fortunas, Otaku, nos has salvado a
todos,” Isawa respiró, buscando por entre su bolsa de pergaminos. “Esto llevará
tiempo y largos preparativos, pero puede funcionar. Debo estudiarlos más a
fondo para encontrar la configuración adecuada.”
“¿Puedo ayudar?” Preguntó ella.
“Mis pergaminos son complejos, más allá de
la comprensión de…” Isawa se detuvo y miró a Otaku con una sonrisa que denostaba
respeto. “Si,” dijo. “Creo que quizás puedas ayudar.”
•
“Otra
vez,” ordenó Mirumoto.
Konishiko asintió y desenvainó la espada de su
hermano, moviéndose de una compleja kata a la
siguiente.
“No. Demasiado peso en tu pie delantero. No
tienes equilibrio. Un enemigo lo explotará,” dijo secamente. “Y tu réplica es
demasiado lenta — ni forma ni control. Controla la hoja; no des un tajo. Es una
katana, no un tetsubo.”
Konishiko miró frustrada a Mirumoto y volvió a
empezar. “Derroté a Matsu, Mirumoto-sama,” dijo ella.
“No derrotaste a Matsu, la desarmaste,” la
corrigió Mirumoto. “Matsu te vio como a una niña, no como a un enemigo. Si ella
hubiese querido matarte, habrías muerto.”
“El alma de mi hermano me guía,” dijo ella,
volviendo a poner en alto la espada. “No me pasará nada.”
Mirumoto asintió, inclinándose profundamente
ante Konishiko. Konishiko
le devolvió el gesto.
“Mátame si puedes,” dijo él.
Los ojos de Konishiko
se abrieron de para en par, sorprendida. Mirumoto se lanzó hacia ella, sin
desenvainar sus espadas. Ella intentó golpearle con la espada de su hermano.
Mirumoto le dio un golpe con su mano a la parte plana de la hoja, retorciéndola
en las manos de ella, y luego le dio una patada en el estómago. Ella cayó de
espaldas sobre el suelo. Él aterrizó con una rodilla sobre el pecho de ella y
un pie encima del brazo que sostenía la espada, su mano agarrándola por el
cuello.
“¿Sientes ahora tanta confianza en tus
habilidades?” Preguntó Mirumoto. “Fu Leng no te verá como a una niña.”
Konishiko le miró indignada, y luego cerró los ojos,
humillada. Mirumoto se levantó y la ayudó a ponerse en pie.
“¿Cómo es posible?” Susurró ella, envainando
su katana. “El alma de mi hermano me guía.”
“Yasurugi puede
estar dentro de ti, pero también Konishiko,” dijo Mirumoto,
“y Konishiko es inexperto. Un día podrás ser una
excelente guerrera, Doji-san, pero ese día aún no ha llegado. Eres temeraria,
inexperta. Debo enseñarte concentración en el poco tiempo del que disponemos.”
Konishiko le miró frustrada, su cara ardiendo de
vergüenza. “Padre me ha dicho que vuestras técnicas son inferiores. Su técnica
es superior a la vuestra.”
“Siento no tener la oportunidad de comprobar
eso contra él,” contestó Mirumoto. “Tú respetas a tu padre, y eso es admirable.
Pero yo estoy aquí y él no.” Mirumoto desenvainó sus espadas y se colocó en una
postura de kenjutsu. “Si deseas sobrevivir,
aprenderás de mi.”
La joven Grulla miró al viejo Dragón con un
tenso silencio durante un largo momento, y luego puso su espada en posición.
“Aprenderé,” dijo ella, “pero según la técnica de mi padre.”
Mirumoto asintió, envainando su wakizashi y
adoptando una postura con una mano.
“Empecemos.”
•
Shinsei
entró solo en la cueva, solo una pequeña lámpara guiando su camino. El cuervo
se posó sobre su hombro, mirando furtivamente a su alrededor mientras se
acurrucaba cerca del cuello de su señor. Dentro todo estaba en silencio,
excepto el lejano sonido de agua goteando. El Pequeño Maestro se adentró
lentamente, cautelosamente, para que los que sabía que le esperaban dentro
tuviesen la oportunidad de verle.
“Estoy aquí,” dijo, aunque sus palabras
fueron en una extraña y entrecortada lengua distinta a la de los humanos. “Yo
guardo-mantengo mi promesa.”
Una criatura, alta e inhumana, salió de entre
las rocas. Se parecía a una gran rata humanoide, aunque su pelaje era ralo y
dañado por incontables cicatrices. Era un Nezumi, una de las criaturas que
habían gobernado las Tierras Sombrías antes de la caída de Fu Leng. “Así es,”
contestó la criatura. “Exploradores dicen que los granjeros humanos dejar-dejar
arroz en los campos para nosotros.”
“Yo decir-decir que lo hagan para que les de
buena suerte, Cacique A’tck,” dijo Shinsei, “para alejar a los bakemono.”
“Entonces tu no decir mentiras, hombre-cuervo,”
contestó A’tck. “Mis cazadores matan-matan bakemono
allí donde les encuentran. Tu arroz salvan muchos Nezumi del Mañana.”
“Me alegra poder ayudarte,” dijo Shinsei.
“Ahora ayuda-ayúdame.”
“Honraré nuestro acuerdo,” dijo A’tck, “pero
no creo que esto te ayude. Lo más seguro te mate.” El Nezumi metió la mano en
la bolsa que tenía en la cintura y sacó un fuertemente enrollado trozo de piel,
y se lo dio a Shinsei. “Cielo caer aquí. Ese el lugar donde estaba nuestra
ciudad, antes de que el Mañana se lo tragase.”
Shinsei desenrolló el mapa, intentando no
pensar sobre que lo habrían hecho los Nezumi. Los detalles eran y
cuidadosamente dibujados, señalando un lugar llamado la Tumba del Cielo. Ese
era el centro del poder de Fu Leng. Ahí sería donde le encontrarían.
“¿Vas a luchar contra el dios oscuro?”
Preguntó A’tck, sus negros ojos muy abiertos.
Shinsei asintió. “Debo hacerlo.”
“A’tck entiende el tirón del ‘debo,’”
contestó el Nezumi. “A’tck te desea lo mejor. El Mañana viene por todos
nosotros, hombre-cuervo. Lo mejor que podemos hacer es dejar un Nombre fuerte,
y esperar que nos recuerden.” El Nezumi ejecutó una envarada reverencia,
imitando la costumbre Rokugani. “Eres un héroe entre los Nezumi, hombre-cuervo.
Muchos hambrientos cachorros sobreviven este invierno por ti. Nezumi
recordarte, siempre.”
Shinsei sonrió, enternecido por la sincera
gratitud del Nezumi. Le devolvió a A’tck la reverencia, y luego se giró y
continuó su camino, metiendo el mapa en su túnica.
•
En
la oscuridad, lejos de los otros, la Dama Matsu se arrodilló sola. Cerró los
ojos, meditando, preparándose para la venidera batalla. Pensó en los que
estaban en casa — su amado esposo, su señor Akodo, sus camaradas en el Orgullo
del León. Les había dejado a todos sin despedirse. A Matsu no le gustaban las
despedidas. Solo inspiraban el temor que los que amaba pudiesen morir, el deseo
de permanecer junto a ellos, y pesar por dejarles atrás.
Temor, deseo, pesar. Esas cosas eran pecado, no eran la senda del samurai.
Ella sabía que nunca volvería a Rokugan.
La Dama de los Leones escondió la cara entre
sus manos. Nunca había temido a la muerte. La había dado la bienvenida con los
brazos abiertos, la gloria de las batallas, la recompensa de un verdadero
guerrero. Gane o piedra, esta sería la muerte de un héroe, la mejor muerte
posible. Pero no se había imaginado que podría ser así.
Había esperado morir entre Leones, entre los
que se habían convertido en sus amigos y familia desde que ella le había dado
la espalda a su tribu. Su familia habían sido antes salvajes bandidos,
desgraciados que no habían entendido el verdadero sentido de las batallas.
Mataban por matar y nada más. Antes ella había sentido lo mismo. Daba rienda
suelta a su ansia de sangre, matando a todos los que se atrevían a enfrentarse a
ella. Incluso había amado al hijo de uno de los mayores caciques incursores y deseó tener una larga vida de pillaje y
asesinatos junto a él.
Un día se dio cuenta de la falta de sentido
que tenía su vida, y abandonó su tribu. Vivió muchos años sola en un pequeño
poblado, enseñando el uso de la espada y la lanza para defenderse de los que
eran como sus antiguos camaradas a todo el que quería aprender. Cuando conoció
al Señor Akodo le desestimó como otro más — un asesino que usaba la fuerza de
su espada para justificar sus acciones. Con el tiempo le mostró como era en
realidad, y Matsu entendió el verdadero significado del honor. Supo que su
destino era estar entre los León.
Deseó morir junto a ellos, y nunca se había
arrepentido.
Matsu se limpió las mejillas, ignorando las
lágrimas. Ese comportamiento no era el de un samurai. La emoción era para
criaturas inferiores.
“Si este es el final, que así sea,” susurró
Matsu al aire nocturno. “Fu Leng tendrá un final tal que el Imperio lo loará
durante mil años. En mi espada, el viento. En mi corazón, el valor. En mis
ojos, la muerte. Que las Tierras Sombrías recuerden mi nombre y teman a todos
los que lo lleven.”
“Soy Matsu.”
•
Los
Siete Truenos y Shinsei estaban en la cresta de una gran colina, mirando al valle
que tenía debajo. Ante ellos, un vasto y abierto hoyo tosía aceitoso humo al
cielo. Alrededor de los bordes del hoyo estaban las ruinas de una gran ciudad
Nezumi, ahora una desmoronada memoria. Todo tipo de demoníacas criaturas
bailaban alrededor de los bordes del agujero, disfrutando salvajemente mientras
se devoraban entre si. Parecía como si la tierra lentamente estuviese siendo
consumida por el hoyo, inexorablemente chupada hacia el reino de Fu Leng.
“Aquí el aire sabe raro,” dijo Atarasi. “Me enferma el respirarlo.”
“Algún tipo de corrupción, una mancha en la
propia tierra,” contestó Isawa. “Yo también lo he sentido. Por ahora mi magia
nos protege, pero me temo que empeorará. Si este hoyo permanece, será mejor que
sean cautelosos los futuros viajeros a estas tierras.”
“El mapa Nezumi decía que aquí
encontraríamos a Fu Leng,” dijo Shinsei, mirando hacia el caos que tenía ante
él con los ojos muy abiertos. “No me esperaba algo así. ¿Cómo le
encontraremos?”
“Allí,” dijo Otaku, sorprendiendo otra vez a
todos con su melodiosa voz. Señaló hacia un gran edificio de obsidiana, casi
indistinguible de la tierra que lo rodeaba. “Ahí es donde Shinjo encontró a su
hermano. Esa es la fortaleza de Fu Leng.”
“Entonces movámonos rápida y sutilmente,”
dijo Isawa. Movió sus manos en un complejo gesto, tejiendo humo y niebla
alrededor de Shinsei y los Truenos, escondiéndoles. “Shosuro, ve el primero.”
Cautelosamente, los ocho héroes fueron por
una senda atravesando el terreno escarpado, encaminándose hacia la fortaleza de
obsidiana. La astucia de Shosuro y la magia de Isawa les guiaron bien por entre
las hordas, y no llamaron la atención de ninguna de ellas mientras pasaban
junto a mortíferas bestias creadas por un reino alejado de toda razón. Muy
pronto estaban ante las pesadas puertas de piedra de la fortaleza.
“Este camino es demasiado obvio,” dijo
secamente Matsu. “Debemos encontrar otra forma de entrar.”
“¿Estrategia?” Contestó Mirumoto,
sorprendido. “¿Por tu parte, Matsu?”
“No te burles de mi, Dragón.” Su tono era peligroso.
“He venido hasta aquí para matar a Fu Leng, no a tirar por la borda mi vida.”
“De acuerdo,” contestó Mirumoto sonriendo.
Shinsei miró hacia Mirumoto, una mirada de
determinación en su ajada cara. “Dragón, tú eres el más experimentado de todos
nosotros,” susurró. “Cuando encontremos al Señor Oscuro, no debe escapar.”
Mirumoto asintió.
Con eso, las negras puertas se abrieron
pesadamente. Un profundo y gutural rugido resonó tras ellos. Se volvieron para
ver a una criatura imposiblemente grande surgir del hoyo, una bestia al que se
le movía la carne y con afilados huesos. Les miró con siete siniestros ojos
rojos, que se fundieron inmediatamente para ser reemplazados por un ojo verde,
volviendo a fundirse al cambiar su forma por tercera vez. Se tambaleó hacia
ellos por encima de la tierra rota.
“El Primer Oni,” dijo Shinsei, respirando
horrorizado. “¡A la fortaleza!”
Los Truenos obedecieron rápidamente,
entrando en la fortaleza de Fu Leng mientras las puertas se cerraban tras
ellos. Los ocho se encontraron en una inmensa sala de piedra negra, apenas
iluminada por los tenues fuegos verdes de lámparas que colgaban del techo.
“Atrapados,” dijo Konishiko.
“Fu Leng sabía que íbamos a venir.”
Shinsei asintió. “Fu Leng siempre ha sabido
que se enfrentaría a los Truenos, aunque no sabía quienes erais o cuando
vendríais. Ha evitado esta lucha todo lo que ha podido, fortaleciéndose. Ahora
que estamos aquí, parece que quiere enfrentarse a nosotros el mismo.”
“O quizás no,” dijo Mirumoto. Desenvainó su
espada mientras docenas de samuráis vestidos con armaduras de obsidiana
entraron en la sala, rodeándolos.
“No,” dijo Isawa, sacando sus pergaminos de
su bolsa. “Fu Leng está aquí. Puedo sentirle.”
“¿Guerreros humanos?” Preguntó Matsu. “No
pensaba que humanos vivientes marchasen en el ejército de Fu Leng.”
El líder de los samuráis se rió
profundamente tras su temible mempo que mostraba una
mueca de desdén. “¿Por qué creías eso, Matsu-chan?”
Preguntó el hombre. “¿No exigió nuestro glorioso Emperador que todos los
hombres mortales se inclinasen ante los Kami? Meramente seguimos las órdenes de
Hantei, pequeña Matsu.” El hombre levantó la mano y se quitó el mempo. Ahora su cara era pálida y enjuta y sus ojos ardían
con uan sinistra luz verde, pero le resultaba
familiar.
“Mutsuhito,”
susurró Matsu, reconociendo la cara del hombre al que una vez amó.
“Tu elegiste, Matsu-chan,”
contestó él. “Inclínate ante mi y te mataré con rapidez, en honor del amor que
una vez sentimos los dos.”
“Te hago al misma oferta,” contestó ella, desenvainando
su espada.
Mutsuhito se volvió a poner la máscara y levantó un
guante con la mano cerrada, haciéndole una señal a sus guerreros para que
atacasen. Les atacaron de golpe, corriendo hacia los Truenos, gritando el
nombre de Fu Leng. Isawa dio una palmada con sus manos y gritó una palabra
mágica, llenando la sala con un brillante relámpago de luz. Los samuráis
corruptos tropezaron, aturdidos por el brillo. Mirumoto fue corriendo hacia
ellos, girando con ambas espadas desenvainadas, matando a cuatro con cada
golpe. Konishiko iba detrás, le espada de su hermano
abriendo un camino a través de los que Mirumoto se dejaba atrás. Matsu fue
directamente hacia Mutsuhito, espadas chocando al
enfrentarse este a ella en combate singular.
“¡No podemos dejar que nos retrasen!” Gritó
Shinsei por encima del caos. “¡Debemos encontrar a su señor!”
Atarasi asintió, lanzándose con el hombro por
delante sobre el grupo de guerreros más cercano y atravesando corriendo sus
filas. Otaku, Isawa, y Shinsei le siguieron. Shosuro había desaparecido en el
caos; ellos siguieron.
Mutsuhito empujó a Matsu y la intentó golpear con la
espada. Ella rodó con el empujón, intentando ponerse lejos de su alcance antes
del inevitable ataque. La espada de Mutsuhito trazó
una senda por el estómago de ella, dejando un rastro de sangre. Ella gimió de
dolor.
“Fu Leng me ha dado el poder de Jigoku,”
dijo Mutsuhito. “Tu elegiste la senda más débil,
Matsu.”
Mientras él la atacaba, ella recordó como
había sido su vida antes, una vida de asesinatos y vicios, una vida
vergonzante. Su único pesar era que su tribu había continuado con los crímenes
después de que ella les abandonase. Un León no dejaba enemigos detrás.
Con un grito desafiante Matsu se puso en
pie, cortando el aire con su espada mientras se movía. La espada conectó con la
de Mutsuhito, rompiéndola en dos y pasando a través
de su cuerpo sin disminuir la velocidad. El antiguo bandido cayó de rodillas,
reuniendo la fuerza para por lanzar su espada rota con toda la fuerza que le
había dado Jigoku. Matsu se apartó con rapidez, pero el arma no se había
dirigido hacia ella.
“Derrota ahora a mi dios, ramera,” susurró
mientras moría.
El Trueno Fénix cayó, la rota espada de Mutsuhito enterrada en su espalda.
•
“¡Hay
demasiados!” Gritó Atarasi. “¡Seguir corriendo!”
El Trueno Cangrejo levantó una pesada
estatua hecha a semejanza del Dios Oscuro, tirándola escaleras abajo hacia los
samuráis de obsidiana que avanzaban. Los Siete Truenos retrocedieron por las
salas de la fortaleza de Fu Leng, los servidores de Fu Leng tras sus talones.
Por cada uno que Mirumoto o Konishiko mataba, parecía
que aparecían tres más. Huyeron por las salas de la fortaleza, bloqueando las
puertas tras ellos como mejor podían. La propia fortaleza parecía retarles,
incluso con habitaciones que había visitado antes cambiando ante ellos cuando
volvían a entrar. Ninguno tenía la menor idea de como volver por donde habían
venido, y ninguno había visto a Shosuro desde que habían entrado.
Subiendo por una escalera se encontraron con
un gran altar, y Konishiko rápidamente cerró la
trampilla. Matsu y Otaku cogieron un altar de piedra y lo pusieron encima de la
puerta.
“La Escorpión nos ha abandonado,” dijo
Matsu, escupiendo al suelo.
Mirumoto dejó con cuidado a Isawa en el
suelo, mirando preocupado al Fénix.
“¿Isawa?” Dijo. “¿Estás bien?”
“No por mucho tiempo,” dijo el Fénix. “Pero
no importa. Dame mis pergaminos. Debo empezar el ritual.”
Konishiko dejó caer de su hombro la pesada bolsa, y
se la dio a Isawa.
“¿Empezar el ritual?” Preguntó Otaku. “Fu
Leng no está aquí.”
“Está cerca,” contestó Isawa. “Al final se
tendrá que enfrentar en persona a nosotros. Algunos destinos no pueden ser
desafiados. Él vendrá cuando yo empiece el ritual.”
“Deberías usar tu magia para curarte,
Isawa,” dijo Shinsei.
“Mis heridas no son importantes,” dijo el
Fénix. “Necesito de toda mi magia, de toda mi concentración para atar a Fu Leng
a los doce pergaminos.” Isawa reunió sus pergaminos y empezó a invocar. Después
de unos momentos, Isawa selló el primer pergamino y lo dejó a un lado. Negra
oscuridad se arrastró por el blanco puro del pergamino.
“Fu Leng vendrá ahora a detenerme,” dijo
Isawa. “No dejéis que se escape.”
Un estruendoso sonido resonó por las salas
de la fortaleza de Fu Leng. Las sombras se oscurecieron alrededor de ellos
mientras Isawa cantaba. Los Truenos prepararon sus armas, mirando cada ventana
y puerta por si veían alguna señal de la llegada de Fu Leng.
Isawa selló el segundo pergamino, dejándolo
a un lado.
Entonces simplemente estaba allí, una alta figura
con túnicas de terciopelo de un violeta tan oscuro que casi eran negras, su
cara cubierta por una máscara de porcelana. De una sola patada mandó a Shinsei
contra la pared y se volvió para ponerse ante Isawa, katana de obsidiana lista
para golpear. Otaku se movió deprisa, interponiéndose entre el Dios Oscuro y su
objetivo. Fu Leng maldijo al clavarse profundamente su espada en el cuerpo de
Otaku.
Ella sonrió, escupió sangre sobre la máscara
de Fu Leng, y murió.
Isawa selló el tercer pergamino.
Atarasi cogió a Fu Leng por los hombros, lanzando
al Kami hacia la pared con todas sus fuerzas. Fu Leng cesó de moverse en el
aire y se giró, golpeando al Cangrejo en la cara con una fuerte bofetada con el
dorso de su mano. Atarasi trastabilló hacia atrás y
Fu Leng hizo un gesto, atando al Cangrejo a la pared con cadenas que le
ahorcaban.
Isawa selló el cuarto pergamino.
Entonces Konishiko
y Matsu estaban ahí, golpeando al unísono al Dios Oscuro. Sus espadas
atravesaron su cuerpo, haciéndole caer en medio de una fuente de sangre.
Isawa selló el quinto pergamino.
El Dios Oscuro volvió a levantarse, negro
fuego surgiendo a su alrededor mientras sus heridas se sellaban. Cogió la
espada de Matsu con una mano, fundiendo el acero entre sus dedos. Con un gesto
mandó el altar de piedra volando hacia Konishiko.
Isawa selló el sexto pergamino.
La trampilla se abrió, y samuráis de
obsidiana entraron a toda velocidad en la sala, abriéndose para atacar a los
Truenos. Mirumoto se lanzó en medio de ellos, sus espadas volando.
Isawa selló el séptimo pergamino.
Matsu sacó su tanto y se lo lanzó a Fu Leng.
Este lo apartó en el aire de un golpe y avanzó sobre ella. Matsu le dio una
rápida patada a los tobillos y se giró, tirándole al suelo. Fu Leng rugió de
ira y la abrazó, consumiendo a la Dama de los Leones en las negras llamas que
surgieron del cuerpo de Fu Leng. Ella no le permitió la satisfacción de
escuchar su grito.
Isawa selló el octavo pergamino.
Mirumoto gimió al darle un corte una espada
en su espalda, pero siguió luchando, forzando a que los servidores de Fu Leng
se alejasen del Trueno Fénix. Konishiko apareció a su
lado; de alguna manera había conseguido quitarse de encima el pesado altar de
piedra. Por un momento, Mirumoto creyó ver una imagen junto a ella, un
fantasmagórico samurai que luchaba a su lado. Ella luchó salvajemente, usando
las técnicas que tanto su padre como Mirumoto la habían enseñado, yendo hacia
la escala.
“¡Cierra la puerta tras de mi!” Gritó.
Mirumoto no lo dudó. Ella le miró con sus
claros ojos azules mientras caía la trampilla, sellando a Konishiko
debajo, junto al resto de los servidores de Fu Leng. Al girarse el Dragón para
luchar contra los que habían conseguido entrar, rogó para que el hermano de Konishiko la protegiese.
Isawa selló el noveno pergamino.
Fu Leng se levantó, tirando a un lado el
ennegrecido cuerpo de Matsu. Mirumoto se giró para enfrentarse al Dios Oscuro
tras caer el último de sus servidores.
Isawa selló el décimo pergamino.
Atarasi se ahogaba impotente mientras intentaba
romper las cadenas que ataban su garganta y su cuerpo, desesperadamente
intentando romper su abrazo para poder ayudar a sus compañeros. La habitación
empezó a oscurecerse; temió que su fuerza finalmente le había abandonado.
Entonces vio la cara de Shosuro aparecer de entre las sombras, y sus cadenas se
soltaron.
“Matsu pensaba que nos habías abandonado,”
dijo Atarasi, recogiendo su tetsubo.
“Estaba encontrando una forma de salir,”
contestó ella.
Los dos cargaron al unísono, atacando al
Dios Oscuro por la espalda. Fu Leng se giró y golpeó a Shosuro, dejándola
inerte en el suelo.
Isawa selló el undécimo pergamino.
Los ojos de Fu Leng se abrieron mucho al
empezar a debilitarse el aura de fuego negro que le rodeaba. Un salvaje rugido
resonó alrededor de ellos, el techo de la fortaleza abriéndose de golpe. El
Primer Oni estaba sobre ellos, ácido goteándole de sus obscenas mandíbulas. Fu
Leng corrió rápido hacia un hueco abierto en la pared, buscando distanciarse
del hechizo de Isawa. Mirumoto y Atarasi se
interpusieron entre el Dios Oscuro y su huida. Espadas y tetsubo se encontraron
con fuego negro mientras luchaban desesperadamente contra Fu Leng. Sonó otro
salvaje rugido, y la garra del Primer Oni sacó a Mirumoto de la batalla.
Isawa selló el último pergamino.
Fu Leng desapareció tan rápido como había
aparecido, y la oscuridad que le había acompañado pareció también disiparse.
Aún así, el Primer Oni aún estaba sobre la rota fortaleza. Atarasi
esquivó una inmensa garra y corrió junto a Isawa, a salvo bajo lo que quedaba
del techo. Shosuro se arrodilló también allí, llevando a Shinsei, que estaba
inconsciente.
“La batalla aún no se ha ganado, Atarasi,” dijo Isawa. “Si se abren los pergamino, Fu Leng
volverá a despertarse. Deben sacarse de aquí. O todo esto… será para nada.” Isawa
no dijo más. El Trueno Fénix cerró los ojos y se quedó inerte sobre el suelo.
El Primer Oni volvió a rugir, un rugido de
atormentado dolor mientras buscaba en vano a su señor. Atarasi miró a Shosuro.
“Eres más rápida que yo,” dijo. “Llévatelos, y llévate también a Shinsei. Haré
que tengas una oportunidad.”
“Atarasi, no lo
hagas,” dijo Shosuro. “Han muerto demasiados…”
“No sé como salir,” dijo con los dientes
apretados. “¡Muchos más morirán si hoy fracasamos aquí! ¡Ve!”
El Trueno Cangrejo metió los ennegrecidos
pergaminos de Isawa en la bolsa, se los tiró a Shosuro, y luego corrió de
vuelta hacia el centro de la sala. Levantó en alto su tetsubo y soltó una
carcajada que resonó en los cielos. “¡Hijo de Jigoku!” Gritó. “¡Soy Atarasi, hijo de Hida, el más fuerte de todos los dioses!
¡He matado a tu señor! ¡Enfréntate a mi, si te atreves!”
El rugido que sonó en respuesta era distinto
a todos los que Shosuro había escuchado antes. No había duda del destino que le
esperaba a Atarasi, pero eso no le importaba al
Cangrejo, desafiante hasta el final. Shosuro cogió al Pequeño Maestro y los
doce pergaminos negros y salió corriendo de la fortaleza.
•
Parecía que habían pasado días desde que
Shosuro había escapado de la fortaleza de Fu Leng, pero era imposible medir el
tiempo en las Tierras Sombrías. Shinsei había estado en silencio desde que
escaparon, muy preocupado por las muertes de los otros
Truenos. El Primer Oni les buscaba sin cesar. No habían dormido; no se podían
arriesgar. El cansancio empezaba a hacerla mella. A veces Shosuro se imaginaba
escuchar un susurro, una voz que quería que la prestase atención. Siempre
alejaba de si esa alucinación, pero cada día se volvía más urgente, más real.
“Viene por ti, mi niña,” la decían. “El
demonio de Fu Leng puede sentir a su señor. Nunca dejará de buscar los
pergaminos.”
Shosuro ignoró la voz y siguió adelante;
estaba de tan mal humor que no necesitaba que una voz imaginaria se lo
ensombreciese más.
“Debes encontrar una forma de destruirlo,”
continuó la voz. “O aún no habrás vencido el Día del Trueno.”
Ralentizó el paso, permitiendo que Shinsei
se alejase un poco. “¿Quién eres?” Preguntó. “¿Qué eres?”
“Soy Nada,” contestó la voz. “Solo deseo
ayudar. No hay nadie cerca de tique te pueda ayudar, pero quiero algo a cambio.”
Shosuro se imaginó que había visto movimiento a su alrededor, un pequeña sombra
girando en los límites de su visión. Cada vez que se giraba a mirarla, había
desaparecido.
“¿Qué quieres?” Preguntó ella.
“Amistad,” dijo la sombra, un tono de
maliciosa alegría en su voz. “Solo quiero un aliado.”
Shinsei la miró, en la cara mostraba su
preocupación. Otro demoníaco rugido resonó por el barranco, más cerca esta vez.
El Pequeño Maestro dejó de mirarla con expresión de preocupación y fue más
deprisa. Shosuro levantó al vista; agujas gemelas de escarpadas piedras
rodeaban el barranco. Pequeñas figuras parecían volar alrededor de cada aguja.
“Ahora están cerca. Esta vez no escaparás.”
“Vienen,” dijo Shinsei, imitando las
palabras de la sombra.
“Coge los pergaminos, Shinsei,” dijo
Shosuro. “Deben sobrevivir y tú también. Aseguraré tu huida.”
“Esta vez no, Shosuro,” dijo Shinsei, dando
un lento círculo mientras preparaba su bastón. “No podemos huir más.”
Una línea de deformes criaturas coronó el
barranco en ambos lados, un ejército de demonios gritando el nombre de su
señor. No se acercaron más, contentándose simplemente con rodear a Shinsei y al
último Trueno. Poco después, el barranco se oscureció. El Primer Oni había
llegado.
“Elige, Shosuro,” dijo la sombra.
•
Shiba
había estado buscando por las Tierras Sombrías durante días sin éxito. Este
lugar era traicionero, impenetrable. Cada vez que creía que había encontrado la
senda, esta desaparecía, o giraba sobre si misma, o surgía alguna bestia
terrible para distraerle de su búsqueda con una batalla. No había aparecido
nadie que pudiese aguantar la habilidad del Kami con la espada, pero se estaba
empezando a cansar. Temía que era demasiado tarde, que los Truenos ya habían
sido derrotados.
Un pequeño movimiento en una esquina de la
percepción de Shiba le llamó la atención. Miró en esa dirección, pero no vio
nada. Irritado, siguió adelante, pero muy pronto volvió la sensación. Miró por
segunda vez en esa dirección. Esta vez vio una silueta en el lejano horizonte,
una figura imposiblemente grande por encima de las neblinas de las Tierras
Sombrías, en medio de dos escarpadas agujas de piedra.
Shiba corrió hacia allí. El demonio estaba
entre un ejército de demonios, a punto de atacar a un par de figuras que había
en el barranco.
Contra todo pronóstico, Shinsei y Shosuro
estaban allí, golpeados pero desafiantes. Los servidores de Fu Leng se
preparaban para destruirlos.
Un brillante sonido de acero cantarín resonó
cuando Shiba desenvainó Ofushikai de su vaina. La
horda de onis se volvió, y el miedo nació en sus
inhumanos ojos al darse cuenta de que ahora se enfrentaban al hermano de su
señor.
“¡Mi vida por el Fénix y Rokugan!” Gritó
Shiba, y corrió a enfrentarse con su destino.
• • •
En las sombras de la senda
de la jungla, Kaimetsu-Uo
miró hacia el suelo con expresión pensativa. “Hay mucho de lo que me has
contado que no había oído antes,” dijo en voz baja. “Hay mucho de lo que me has
dicho que es diferente a lo que me habían contado.”
“Un relato es una cosa
viva, y los relatos crecen y cambian como todas las cosas vivas hacen,” dijo Unmei. “¿Quién puede decir que es verdad y que no? Pero así
me lo contó Hida, si eso te sirve de algo.”
“¿Cómo podría Hida
haberte contado todas estas historias?” Preguntó Kaimetsu-Uo. “Hay muchas cosas
que él no pudo presenciar.”
Unmei sonrió abiertamente,
pero no contestó.
“Supongo que no
importa,” dijo Kaimetsu-Uo.
“He aprendido mucho con tus relatos. Siempre había pensado que los Kami eran
algo distintos a nosotros.”
“Lo son,” dijo el koumori. “Bastante distintos.”
“Pero también
iguales,” replicó el joven samurai. “Fundaron el Imperio porque la gente
necesitaba liderazgo. Crearon los clanes porque había obligaciones que atender.
El amanecer del imperio no es un relato sobre los Kami ni siquiera un relato
sobre los mortales. Al final no hay diferencia alguna. Simplemente es una
historia de héroes.”
“Eso es cierto,”
contestó Unmei. “Si no hubiese habido Kami, Kakita,
Matsu, Mirumoto y los demás posiblemente habrían sido unos héroes, y Mutsuhito un villano. ¿Pero qué habría sido Shosuro? ¿Y que
tipo de tierra sería esta sin Genji o Atarasi, aquellos que eran a la vez dioses y mortales?
Nadie puede saberlo.”
“No es el destino de
cada uno el que nos hace grandes, sino como decide asumirlo,” dijo Kaimetsu-Uo. “Yo pensaba que mi
destino era liderar el Clan Cangrejo, pero no fue así. Sentí rencor por mi
padre… pero ya no. Simplemente me ha dejado encontrar mi propio camino.”
El joven guerrero
volvió a mirar hacia el suelo. Una gran mantis estaba sentada al borde de un
tronco. Andaba sola por una jungla hostil, pero tenía las garras en alto, lista
para retar a cualquiera que se le opusiese.
“Hoy me has hecho un
gran favor, Unmei-sama,” dijo Kaimetsu-Uo, poniéndose en pie. Un plan se estaba formando en su
mente. “Quizás un día te contaré mi leyenda para que se la puedas ofrecer a
otro.”
“Lo ansío de verdad,”
dijo Unmei, sonriendo mientras el samurai volvía a su
gente.