El Hombre de la Ola
por Rich
Wulf
Traducción de Mori Saiseki y Hitomi Sendatsu
Nikesake, Tierras
Fénix…
Taisa Seppun Sugita no
era un hombre pequeño. Era alto y ancho, de esqueleto grande, era obvio que no
era un hombre acostumbrado a perderse comidas. Sus colgantes mejillas y su
gorda papada le daban una expresión algo triste. Su brillante armadura
esmeralda, especialmente fabricada para su ancha figura, le hacía parecer aún
más tremendo. Llevaba el sello del Justo Emperador en el pecho. Armaduras,
armas, y mapas se alineaban en la tienda de campaña – trofeos de antiguas
batallas. Cuando Tawagoto vio la fría y calculadora mirada en los ojos de Sugita
supo que este no era un hombre con el que se podía jugar. Este era un hombre
acostumbrado al poder y a la autoridad. A pesar de su gordura, este hombre era
un guerrero. Seppun Sugita no era, en más de un sentido, un hombre pequeño.
Los dos Legionarios Imperiales que habían escoltado a Tawagoto hasta la tienda de campaña de Sugita se inclinaron profundamente ante el taisa, quien hizo un leve gesto para que se marchasen. Permanecieron dos otros guardias, de pie a cada lado del Seppun, mirando con cautela a Tawagoto. Tawagoto se inclinó tanto como pudo. Algo brilló en los ojos del oficial mientras sopesaba la sinceridad del gesto.
“Me pregunto si te inclinas tanto por miedo o por verdadero respeto a mi rango, ronin,” dijo Sugita. Su voz era aguda y desconcertantemente estridente. “Pero no importa. ¿Cómo te llamas?”
“Tawagoto, Taisa-sama,” contestó el ronin.
“Reconoces mi rango,” dijo Sugita, claramente impresionado mientras miraba a la insignia que tenía en su hombro. “Excelente. Entonces, ¿tienes experiencia como mercenario, supongo?”
“No como mercenario, sama, pero la guerra no me es desconocida,” contestó Tawagoto.
“Fascinante,” dijo Sugita, estudiando con más cuidado al ronin. La ropa y armadura de Tawagoto estaban gastadas, manchadas por los viajes, pero en condición aceptable. Las espadas que colgaban de su cadera estaban inmaculadas.
“En el nombre del Justo Emperador, te recluto, Tawagoto,” dijo Sugita. “Necesito a hombres de la ola como tu para resolver la guerra que consume estas tierras. Fuiste el primero en contestar a mi decreto, y se te recompensará por tu prontitud.”
Tawagoto metió la mano en su kimono y sacó un pergamino sellado, ofreciéndoselo a los guardias sin decir palabra. El soldado lo miró brevemente, los ojos abriéndose de par en par cuando vio el sello que llevaba. Se lo dio rápidamente a su señor. Sugita abrió el documento y lo leyó durante varios momentos, luego se lo devolvió a su guardia, quien se lo devolvió al ronin.
“¿Me puedo ir ya?” Preguntó en voz baja Tawagoto.
“No lo creo,” dijo Sugita. “Tu mensaje no cambia nada. Solo te hace aún más valioso para mi.”
La cara del ronin se oscureció. “Se me prometió…” empezó.
“Los tiempos cambian,” dijo Sugita. “Ahora se te necesita. ¿De verdad serviste bajo Toturi Tsudao?”
Tawagoto no contestó durante un instante. “Hai,” reconoció finalmente, con voz forzada.
“¿Un miembro de la Primera Legión?” Musitó Sugita, claramente impresionado. “Me asombra que a un humilde ronin se le permitiese servir en una unidad tan distinguida, pero la Espada era conocida por sus tácticas poco convencionales.”
“Mi padre, Inabe, descubrió un complot contra el Emperador durante la Guerra de los Espíritus,” contestó Tawagoto. “Murió luchando contra los asesinos, pero Tsudao honró su sacrificio ofreciéndome un puesto en sus legiones.”
“Con el rango de nikutai,” dijo Sugita. “Un rango humilde, para un hombre de origen humilde, pero incluso eso es bastante extraordinario. No me puedo imaginar que batallas has debido luchar bajo sus órdenes. Confieso que siento un poco de envidia, Tawagoto-san.”
“No desearíais escuchar mis historias,” dijo el ronin. “Solo contienen sangre y muerte.”
“Esas son las mejores historias,” dijo Sugita con una sonrisa maliciosa.
“Es posible que encontréis diversión en la muerte del Glorioso Emperador, Taisa,” dijo con seriedad Tawagoto. “Yo no.”
La alegría desapareció de la sonrisa de Sugita. Siguió mirando fijamente al ronin.
“Cuando murió Toturi Tsudao, la Primera Legión fue oficialmente disuelta durante siete días para honrar su sacrificio,” dijo Tawagoto. “Esta carta confirma mi destitución de la Legión.”
“Eso lo conozco,” soltó Sugita. “Tras una semana, Toturi Miyako invitó a todos los antiguos soldados de la Espada a la Capital Imperial para unirse a la nueva Primera Legión y renovar sus juramentos al Emperador. ¿Por qué decidiste no regresar?”
Tawagoto volvió a meter el pergamino en su kimono. “No se me exigió,” dijo. “Me puse al servicio de Tsudao para honrar la memoria de mi padre, por gratitud a Toturi I. Mis obligaciones habían sido cumplidas. Vine tan rápido como pude para respetuosamente denegar vuestra petición de ayuda, Taisa.”
“Estás equivocado,” contestó Sugita. “Esa nunca fue una opción. El deber nunca acaba. Todo lo que habita en el Imperio debe fidelidad al Justo Emperador. Servirás, Tawagoto.”
“Fui licenciado por la propia Rikugunshokan Miyako,” replicó Tawagoto.
“Error mío,” contestó el taisa. “Por cierto, ¿sabes por qué estoy aquí, Tawagoto-san?”
El ronin no dijo nada. Esperó una respuesta.
“El Emperador está muy preocupado porque fuerzas revolucionarias están intentando que la guerra entre Fénix y Mantis aumente,” contestó Sugita. “Me ha enviado para que busque individuos sediciosos, a cualquiera que busque minar la unidad del Imperio. Me han ordenado que me ocupe rudamente de ellos.” La sonrisa de Sugita se hizo mayor. “Sabiendo esto, quizás desees reconsiderar tu negativa a ayudarme.”
Tawagoto levantó ahora la vista, mirando fijamente a los ojos del taisa. “¿Es eso una amenaza?” Preguntó.
“No,” contestó Sugita. “Si no aceptas mis órdenes, eres una amenaza. El Justo Emperador no soporta las amenazas.”
Los guardias a ambos lados de Sugita posaron sus manos sobre sus espadas y miraron expectantes al ronin. Sugita se recostó sobre su relleno cojín, confiado en su poder.
Tawagoto apretó los dientes. “¿Qué queréis que haga?” Preguntó.
“Que típico de un ronin,” se rió Sugita. “Tan noble, tan independiente, hasta que tiene una espada al cuello. Y entonces eres como un perro.”
“¿Qué queréis que haga?” Repitió secamente Tawagoto.
“Investigar por mi,” dijo Sugita. “Un ronin puede ir donde yo no puedo. Buscar amenazas al Imperio.”
“¿Qué buscáis?” Preguntó Tawagoto. “¿Portavoces de la Sangre? ¿Yobanjin?”
“Nada tan dramático,” contestó Sugita. “Hay una aldea a solo dos días de viaje de aquí. No tiene nombre, o al menos ningún nombre significativo. Desde que empezó la guerra los granjeros de allí no han enviado impuestos a la ciudad. Deseo que investigues, enterarte de porque deniegan al Emperador lo que le corresponde.”
“¿Por qué no mandáis a vuestras propias tropas?” Preguntó Tawagoto. “¿Teméis tanto a los granjeros?”
Sugita le miró con desprecio. “Eres un hombre ignorante,” dijo. “No cuestiones mis órdenes. El clima político es este área es muy delicado. Si no hay amenaza alguna, la presencia de soldados Imperiales en una aldea tan remota puede alimentar un miedo innecesario. Quiero prevenir derramamientos de sangre, si eso es posible.”
“¿Entonces queréis que descubra si la aldea es una amenaza?” Preguntó Tawagoto.
“No,” dijo Sugita. “Quiero que regreses e informes de que no hay amenaza alguna. Eso significa que si esos granjeros están planeando alguna rebelión, debes encontrar a sus líderes y ocuparte de ellos – o no regresar.”
Tawagoto sonrió tontamente. “Soldados Imperiales no pueden matar a campesinos rebeldes sin alimentar mayor violencia, ¿pero qué es un bandido y asesino ronin más en los caminos?”
“Esos terribles peligros solo alientan a los rangos inferiores a buscar la protección de las Legiones,” dijo Sugita. “Empiezas a entenderlo.” Cogió una pequeña bolsa del suelo y la sopesó con una mano. “Esta tarea requiere discreción, valor y paciencia. Por ello, serás recompensado.” Volcó la bolsa en la palma de su mano, derramando varias monedas sobre la mesa que tenía junto a él. “Aunque no tan bien recompensado como hubieses sido, si no hubieses renegado de tus obligaciones.” Sugita lanzó la mucho menos pesada bolsa al ronin.
Los ojos de Tawagoto se abrieron de par en par. El pago era mucho más de lo que había visto en bastante tiempo, incluso cuando servía en la Primera Legión. La bolsa incluso contenía un fuertemente enrollado mapa, indicando la localización de la aldea.
“Otra bolsa el doble de grande que esa te estará esperando cuando regreses para informar de tu éxito,” dijo el taisa. “Ahora vete.”
Tawagoto dudó, agarrando la bolsa de monedas con una mano. Sugita le miró con recelo. Los guardias nunca apartaron sus manos de sus espadas. Finalmente, el ronin metió la bolsa en su obi, se inclinó profundamente, y se fue.
“Tienes siete días,” le gritó Sugita mientras Tawagoto se iba.
El ronin frunció el ceño en el frío viento nocturno. Se sentía enfermo, usado. No por primera vez, se arrepintió de su arrogancia por haber abandonado la Primera Legión. En aquellos momentos había sido un hombre mucho más joven, con mayores expectativas. Había sido reclutado poco tiempo después de su gempukku, y nunca había conocido la vida que llevaban los otros ronin. Servir al Glorioso Emperador había sido el mayor honor de toda su vida, pero ahora tenía un deber aún mayor.
Tawagoto anduvo rápidamente por las calles de la dormida ciudad, hacia una pequeña posada cerca de los muros exteriores. Entró con rapidez, cerrando la puerta, deslizándola, para que no entrase el frío de la noche. La habitación común estaba esta noche vacía, como tan frecuentemente había estado en los últimos tiempos. Pocos viajeros se detenían en Nikesake mientras la guerra consumía las provincias del norte.
“Tawagoto,” dijo una vieja mujer desde la habitación trasera. “¿Eres tú?”
“Hai,” fue su cansada respuesta.
“¡Padre!” Dijo una voz con excitación.
Una niña pequeña corrió a abrazar al cansado ronin. Tawagoto sonrió mientras la abrazaba, apartando hacia un lado sus espadas y besándola en la frente mientras alisaba y apartaba hacia un lado su largo cabello negro. Una mujer mayor también salió, mirando con lágrimas en los ojos en su dirección. “¿Qué noticias hay?” Preguntó, con tono preocupado. “¿Qué quería el samurai?”
“Solo tengo una pequeña tarea que hacer para ellos, madre,” contestó Tawagoto. “¿Te puedes ocupar de Rie durante siete días?”
“¿Siete días?” Contestó su madre, temor en su voz. Miró por detrás de él, sus blanquecinos ojos sin ver nada. “¿Tanto tiempo?”
“No pasa nada, madre,” contestó Tawagoto. Cogió varias monedas de la bolsa y las apretó contra la mano de su madre. “Me dieron dinero. Esto debería alimentarnos hasta que acabe esta guerra, incluso si no tenemos huéspedes. Y cuando regrese habrá más.”
La vieja mujer se quedó boquiabierta. “Rie,” dijo, “vete a la cocina.”
La niña pequeña hizo un puchero a su abuela y luego desapareció hacia la habitación de atrás.
“Tawagoto, los hombres poderosos no dan a la ligera ese dinero,” susurró la vieja mujer. “¿Qué quieren que hagas?”
Tawagoto frunció el ceño. “Creo que quieren que mate a alguien,” contestó.
Su madre solo asintió con tristeza.
“Si hubiese rehusado, creo que en vez de eso me habrían matado a mi,” dijo. “Al menos así tengo una oportunidad para regresar contigo y con Rie.”
“Lo sé,” dijo ella. La vieja mujer levantó la mano ciegamente. Tawagoto extendió su mano para que ella la pudiese encontrar. Ella la agarró con las dos suyas y le besó los dedos. “Eres como tu padre,” dijo ella. “Valiente y fuerte. Haces lo que debe ser hecho, igual que él. Rezaré a todas y cada una de las Fortunas para que regreses junto a nosotros, Tawagoto.”
Tawagoto apretó la mano de su madre y sonrió amargamente.
“Arigato, madre.”
•
Dos días más
tarde…
Las tierras Fénix
poseían una belleza natural y una serenidad que traía la calma a la agitada
alma de Tawagoto. Aunque moraban mortales, los elementos reinaban. No lejos de Nikesake,
el paisaje se convertía en inmensas montañas y gruesa vegetación, con sólo un
burdo camino como señal de civilización. Tawagoto disfrutó del silencio
mientras pudo. Aunque las noches eran cortantemente frías y nubes oscuras se
agrupaban sobre él, no le importaba. Había aprendido a soportar el tiempo
durante su época en las Legiones.
Si no más, las amenazas que le planteaba la naturaleza eran más seguras y predecibles que suponer las verdaderas intenciones de Seppun Sugita. Eso, al menos, le ofrecía alguna medida de paz.
La primera señal del pueblo fue la canción. La suave, dulce voz de una mujer llevada por el viento. Su voz cosecharía pocos vítores en las cortes Kakita, pero sin embargo le trajo una sonrisa a la cara de Tawagoto. Escaló la colina para hallar un burbujeante arroyo. Una mujer joven estaba arrodillada a su lado, lavando ropa blanca en el borde del agua. Su canción terminó rápidamente al oír como él se aproximaba. Sus ojos se movieron hacia su cara, y después a las espadas de su cadera. Rápidamente echó las ropas a un lado e hizo una profunda reverencia, casi presionando su cara en el suelo. Tawagoto se fijó que era muy delgada, casi demacrada.
“Konnichiwa,” dijo Tawagoto con voz amistosa. “¿Hay algún pueblo cerca?”
Ella levantó la vista y asintió rápido. Había miedo en sus ojos, pero eso no era raro. Las campesinas temían a los ronin. Para un campesino, un ronin ofrecía toda la brutal violencia de un samurai sin ninguna de las leyes que restringían sus acciones. Tawagoto estaba bastante acostumbrado a ser considerado una bestia salvaje, aunque no lo disfrutaba.
“Arigato,” dijo, tocando el borde de su ancho sombrero y asintiendo. Continuó, dejándola en paz.
Escuchó con cuidado mientras se alejaba. No se sorprendió al escuchar rápidas pisadas moviéndose por la vegetación, dando círculos a su alrededor mientras ella se adelantaba hasta el pueblo.
Tawagoto llegó para hallar un núcleo de pequeñas cabañas de madera reunidas alrededor del burdo camino. Se preguntó cómo podrían labrar los campesinos en tierras salvajes como estas. Su habilidad y determinación debían ser extraordinarias. No vio ni un sólo alma fuera, aunque vislumbró movimiento detrás de varias ventanas cerradas. Se movió hasta el centro del pueblo, los brazos cruzados en su holgado kimono, dejando que le vieran. La chica se había adelantado y había avisado al pueblo de su llegada. En lugar de arriesgarse a que fuera un bandido, habían huido a sus hogares. Una oscura comprensión le llegó, asentándose como una enfermedad en su estómago. Sería mejor, pensó, si hubiera llegado para encontrar fortificaciones apresuradas y campesinos armados, preparados para la rebelión.
Esto no acabaría bien.
En cualquier caso, probablemente era mejor ser directos.
“¡Comida!” gritó finalmente, su voz haciendo eco en el frío aire. “Necesito comida. ¡Necesito bebida!” Sacó la pesada bolsa de su túnica e hizo tintinear las monedas en una mano. “¡Puedo pagar!”
No hubo respuesta, sólo el eco de su propia voz.
“¡No ordenaré vuestra hospitalidad, pero soy un extranjero en estas tierras!” Gritó. “¿Podría alguien al menos señalarme la dirección hacia otro pueblo en el que pueda hallar cobijo? Viene una tormenta.”
Una puerta cercana se abrió. Un hombre alto salió. Su pelo era ralo y su piel estaba curtida por una vida de trabajo. Aunque se inclinó por respeto a Tawagoto, el ronin se fijó en un aire de autoridad en el campesino. Como la chica, estaba muy delgado y demacrado.
“¿Eres el jefe?” preguntó Tawagoto.
“Hai,” dijo el hombre. “Soy Kaigi, y hablo por Tanaki Mura. Sois bienvenido a mi hogar, pero sólo hasta que pase la tormenta.” Cogió aire. “Y sólo si dejáis vuestras espadas fuera de mi puerta.”
Tawagoto se quedó mirando al hombre un rato largo. Con temor, sus sospechas se confirmaron. Este hombre no era un guerrero, ni un rebelde. No había resistencia aquí, sólo desesperación.
“Sospecho que vuestro trato es mejor que el que me ofrecería el divino Osano-Wo,” dijo Tawagoto, echando un vistazo a las nubes de trueno.
Kaigi rió, la tensión rota. Rápidamente se hizo a un lado, haciendo gestos a Tawagoto para que entrara. El ronin suspiró mientras desenfundaba las espadas de su cinturón y se daba cuenta de lo que debía hacer.
•
Nikesake,
cuatro días más tarde…
“Asqueroso,” dijo Seppun Sugita, echando un vistazo a la bolsa de lona. Ojos muertos le contemplaban desde el sangriento trofeo del interior. Sugita miró atentamente a Tawagoto. “¿Cuál era el nombre de este rebelde?”
“Kaigi, sama,” dijo Tawagoto, cerrando el bundori y echándolo a un lado. “Era el cerebro. Convenció a los demás granjeros para retener sus impuestos, para reunir armas. Planeaban una revuelta. Había reunido los fondos dirigidos a los impuestos anuales. Sospecho que pretendía comprar armas del Clan Buey, o quizás alquilar mercenarios Yobanjin.”
“¿Con qué fin?” preguntó Sugita. “¿Creía que podía derrotar a las Legiones Imperiales?”
“¿Quién puede comprender en qué creen los locos, sama?” preguntó Tawagoto. “La amenaza ya ha desaparecido. Sin él, los demás granjeros serán más razonables.”
Sugita miró a Tawagoto, midiendo sus palabras. Su mirada se movió a la sangrienta venda en el brazo izquierdo de Tawagoto. “Tu victoria no fue sin coste,” dijo. “Te has ganado tu paga.”
El taisa asintió a un guardia, que ofreció a Tawagoto un gran saco de monedas. Tawagoto se paró, abriendo la bolsa y contando el dinero del interior, consiguiendo una mirada de irritación del Seppun. Con una reverencia final, cerró la bolsa y se fue.
“Salimos enseguida,” escuchó decir a Sugita mientras se cerraban las puertas. “Hemos de ser rápidos si hemos de restaurar la apariencia de orden después de la muerte de su líder.”
Tawagoto cerró los ojos y se maldijo. Deseó, por una vez, que pudiera haberse equivocado – pero no lo había hecho.
Ahora las cosas serían más difíciles.
Se apresuró a casa tan rápido como se atrevió.
•
Dos días más
tarde…
Seppun Sugita estaba sentado en lo alto de su silla de montar, cabalgando a la cabeza de media docena de Legionarios Imperiales. No le gustaba montar a caballo, igual que no le gustaban muchas de las cosas que requería la vida de un oficial. Aún así, era muy buen jinete. Aunque prefería la vida confortable de las cortes, a menudo sus obligaciones le exigían algo más. No disfrutaba con la vida de soldado – esa era la razón por la que prefería acabar sus batallas tan rápido y brutalmente como fuese posible.
Y por eso cuando llegó a la pequeña aldea su aguda vista rápidamente notó las inconsistencias. Los granjeros se reunieron para recibir a los samuráis que llegaban, pero no había mujeres, ni niños entre ellos. Llevaban útiles de granjeros, palas, rastrillos, y azadones, aunque sus campos estaban lejos de allí.
El jefe de la aldea se echo hacia atrás su capucha, pero Sugita ya sabía lo que iba a ver.
“¡Retroceder!” Gritó a sus hombres.
“¡Atacar!” Gritó Tawagoto. “¡Que no escape nadie!”
Sugita se giró en su silla de montar. No le sorprendió ver la burda malla de alambre retorcido y largos clavos de madera que había sido extendida en el camino, detrás de ellos. Un soldado que huía no se había detenido a tiempo, y había salido despedido de su silla de montar hacia la mortífera barricada. Sugita desenvainó su katana y giro en su silla de montar, atacando a los campesinos mientras estos le rodeaban con sus burdos utensilios e improvisadas lanzas. Su espada hizo profundos cortes, y escuchó a hombres gritar, tanto a los campesinos como a sus propios samuráis. Un seco dolor le golpeó el muslo. Cayó de su silla de montar, haciendo aspavientos con su espada. Una pesada bota le golpeó la muñeca, haciendo que su espada saliese volando. Levantó la vista, alarmado, a los ojos del ronin.
“Idiota,” dijo Sugita. “¿Te atreves a asesinar a un servidor del Emperador?”
“El Emperador que yo conocí no soportaría tener a un hombre como tu como servidor suyo,” contestó Tawagoto, y enterró su espada en el pecho del Seppun.
•
La batalla
había acabado, y
un espeluznante silencio había caído sobre la aldea. Lentamente, los campesinos
empezaron el lúgubre trabajo de reunir los cuerpos y llevarlos en carretilla al
bosque para esconderlos. Kaigi dejó de dirigir a los aldeanos, y fue a donde Tawagoto
limpiaba su katana en el linde de la aldea. Se sentó en silencio junto al
ronin. Tawagoto miró al hombre. Estaba asustado – como era normal.
“¿Tenía que ser así, sama?” Susurró con voz ronca.
“Sugita era un hombre malvado,” dijo Tawagoto. “Nunca hubiese aceptado que tu aldea se estuviese muriendo de hambre, que no teníais arroz para pagar. Desde el principio vio una rebelión. La única forma de detenerle era ofreciéndole una.”
“Hemos matado a un oficial Imperial,” dijo Kaigi. “Habrá repercusiones.”
“Habéis salvado vuestra aldea,” dijo Tawagoto. “He conocido hombres como Sugita. Hubiese asesinado a toda la aldea para dar ejemplo. Para él no sois nada.” El ronin frunció el ceño. “Solo campesinos.”
“Y sin vuestra ayuda nunca les hubiésemos derrotado,” dijo Kaigi. “Pero temo lo que vendrá ahora.”
“Si mantenéis el secreto, yo seré el único que me enfrente a los que venga ahora,” contestó el ronin. “Los únicos hombres que sabían de mi misión eran los guardias de Sugita, que también han muerto aquí. Mientras tu aldea permanezca callada, nadie sabrá nunca que Sugita murió aquí.”
“¿Y vos?” Preguntó Kaigi.
Tawagoto se rió. “Eso es diferente,” contestó. “Los guardias que me llevaron hasta él… no estaban aquí. Sospecharán que yo estoy involucrado cuando se den cuenta que él ha desaparecido. Irán a por mi.” Miró con intensidad a Kaigi. “Por lo que cuando me encuentren, debo estar lejos de aquí.”
“Vuestra madre e hija estarán aquí a salvo, sama,” dijo Kaigi. “Les trataré como si fuesen de mi propia familia.”
“Usa con cuidado el dinero,” dijo Tawagoto. “Pero solo para lo que necesites, o llamará la atención.”
“Hai, sama,” dijo Kaigi. “Y… y gracias.”
Tawagoto no dijo nada. Se levantó en silencio y ajustó las espadas en su cinturón, preparándose para marcharse. No podía decir adiós, ni siquiera a su familia – especialmente a su familia no – o quizás no tendría fuerza para marcharse.
¿Por qué lo había hecho? ¿Por qué arriesgarse así para salvar una aldea llena de desconocidos? Seguramente no todos los Legionarios que iban con Sugita eran hombres malvados… pero les había matado para salvar esta aldea. ¿Le hacía eso mejor, más honorable, de lo que había sido el taisa?
Tawagoto miró por encima de su hombro a Tanaki Mura. Los aldeanos se movían como fantasmas, les había cambiado lo que hoy habían hecho aquí.
¿De verdad había salvado a este lugar o lo había destruido completamente?
Tawagoto no tenía respuestas. El ronin empezó a caminar por el montañoso camino en mal estado, solo.