Llegada al Hogar

 

por Shawn Carman

 

Traducción de Mori Saiseki

 

 

 

            Estaba lloviendo cuando finalmente llegó al castillo. Llevaba viajando algo más de una semana, y cuidadosamente había evitado todos los poblados y ciudades durante casi todo el viaje. Desde hacía tres días no había pronunciado palabra alguna, en vez de ello pasaba su soledad meditando, luchando contra sus demonios personales. Había muchos. Codicia. Ira. Ambición. Odio.

            Algunos eran fáciles de desechar. Codicia y envidia eran meras distracciones, poco más que molestias que se quitaba de encima con facilidad cuando se daba cuenta de que habían aparecido. Igualmente reconocía que tenía un problema con la ira, pero no le preocupaba lo suficiente como para intentar desecharla. La verdad era que aceptaba que la ira fuese una parte de su personalidad. Podía deshacerse de ella tanto como de su alma, y tenía pocos deseos de hacerlo. No, estas cosas no importaban. Era su odio lo que debía aprender a resolver. Odio a sus enemigos. Odio a su hermano. Odio al Emperador.

            El hombre antes llamado Akodo Kaneka saltó de su caballo, la lluvia y el barro salpicando alrededor de sus pies mientras miraba las tierras que rodeaban Shiro Shiba. Agitó su cabeza, incrédulo. El castillo apenas era defendible, y ya podía ver media docena de importantes dificultades estratégicas que presentaba su ubicación. No tenía ni idea como había sobrevivido tanto tiempo los Fénix si su principal fortaleza militar era esta.

            “Identifícate, viajero.”

La voz era un repentino cambio en el monótono sonido de la lluvia, y Kaneka se giró hacia su izquierda con una expresión de leve sorpresa y de estima. Hay había un bushi Fénix, impasible bajo la lluvia. Su postura parecía fortuita, pero Kaneka podía ver que estaba preparado a moverse en un instante. El bushi estaba lo suficientemente lejos que Kaneka estaría en desventaja con su katana contra el piquete del Fénix. “Bien hecho,” dijo. “Pocos pueden acercárseme así, incluso bajo estas circunstancias.” Señaló hacia la lluvia. “Serás el primero.”

“No te has identificado,” dijo el guerrero con calma. Sus ojos nunca dejaron de mirar a los de Kaneka.

“Soy Kaneka.”

Los ojos del guerrero se abrieron casi imperceptiblemente. “¿Akodo Kaneka? ¿El Shogun?”

Kaneka frunció el ceño. “Ya no Akodo, ni Shogun. Pero volveré a ser Shogun, y pronto.”

“¿Entonces Shiba Kaneka?”

“No,” repitió Kaneka. “Fénix si, pero solo Kaneka. Nada mas.”

El bushi se inclinó. “Como deseéis, señor. Mi señor Mirabu-sama ha estado esperando vuestra llegada desde esta mañana. Os mostraré primero vuestras habitaciones, si así lo deseáis.”

“¿Mirabu me esperaba hoy?” Preguntó Kaneka. “No le dije a nadie cuales eran mis planes. ¿Cómo es que conocía mi llegada?”

El bushi no dijo nada. “Nos iremos cuando deseéis, Kaneka-sama.” Se detuvo uno momento. “¿De qué seré el primero, Kaneka-sama?”

“Del nuevo ejército que crearé,” dijo con firmeza Kaneka. “El ejército del Shogun.”

 

 

            Isawa Nakamuro estaba sobre los acantilados al este de Kyuden Isawa, mirando el océano y meditando con los espíritus en la fría brisa marina. Este era su lugar privado, su santuario. Cuando el estrés del Concilio Elemental se volvía demasiado grande como para tolerarlo, se refugiaba aquí para recordar las simples alegrías de la naturaleza. Y hoy para esperar un importante visitante.

            Hubo un repentino enfriamiento en el aire que no tenía nada que ver con el viento. La temperatura descendió súbitamente, y hubo un extraño vacío que Nakamuro pensó que seguramente sería la quietud de la tumba. Y entonces, de repente, no estaba solo. No hubo sensación de llegada o de aparición. Era como si los dos hombres habían estado ahí todo el rato. “Saludos, Señor Sezaru,” dijo Nakamuro inclinándose reverencial y profundamente.

            “Saludos, Nakamuro-san,” dijo Toturi Sezaru con una pequeña inclinación. Asintió a su ayudante, Miya Gensaiken, quién llevaba al hombro un pesado saco y se giró para empezar a andar hacia el castillo que estaba en la lejanía. Nakamuro pensó que el hombre parecía extrañamente malhumorado. “Espero que la noticia de mi llegada te llegase a tiempo.”

            “Si, mi señor,” confirmó Nakamuro. “Vuestro mensajero llegó ayer.”

            Sezaru asintió. “Es difícil arreglar las cosas educadamente cuando uno puede viajar fácilmente más rápido que sus propios mensajeros,” observó.

            “Este es ahora vuestro hogar, mi señor,” observó Nakamuro, “igual que lo fue de vuestra madre. No necesitáis esas cosas. Podéis ir y venir cuando deseéis.”

            “Gracias,” dijo Sezaru. “Me había preguntado si era cierta la oferta de fidelidad de Akiko-san, ya que no es verdaderamente una Fénix. ¿Espero que no haya sentimientos encontrados en tu familia?”

            “Por supuesto que no, Sezaru-sama. Estamos encantados de teneros entre nosotros. Y Akiko siempre será una de nosotros – ella es la hija del hombre cuyo nombre todos llevamos.”

            Sezaru sonrió con ironía. “Dudo que tus sentimientos sean uniformes entre tu gente,” dijo. “Pero te lo agradezco de todos modos.”

            “Tenemos una suite preparada para vos en Kyuden Isawa,” continuó Nakamuro. “También he arreglado algo para vuestro vasallo Gensaiken, siguiendo vuestras instrucciones. He reservado habitaciones para vuestros otros sirvientes, si es que os van a acompañar.” Miró interrogativamente a Sezaru.

            “Lo harán, en su momento,” contestó el Lobo. “Angai tiene cosas que hacer con su clan, y he despedido a mis sirvientes Imperiales. Servirán mejor protegiendo al Emperador.”

            “¿Y vuestro yojimbo?”

            “Koshei está supervisando la transferencia de Kyuden Tonbo de vuelta a los Libélula que quedan,” dijo Sezaru. “Necesita su perdón, así como el suyo propio. No se me ocurre nada mejor para conseguir los dos que permitirle devolverles su hogar.”

            “Espero que lo consiga,” dijo Nakamuro. “Los Tonbo son gente honorable. Verles revolcarse entre la ira y la venganza no ha sido agradable a mi familia. Sentimos gran estima por nuestros primos.”

            “Pero no tanto como para arriesgarse a perder terreno con los Dragón para ayudar a los refugiados Libélula contra los ataques León,” dijo con reprobación Sezaru. Viendo la vergüenza de Nakamuro, sus rasgos se suavizaron. “No sientas vergüenza, Nakamuro. Se bien que solo tu entre tu familia hubiese hecho algo para protegerles si hubieses podido. Pero no puedes excusar tan fácilmente la indiferencia de tu familia. No cargues con su responsabilidad, pero tampoco la descartes.”

            Nakamuro parecía perplejo. “Parece que no estimáis demasiado a los Isawa, mi señor.”

            “Al contrario, hay muchos Isawa por los que siento gran estima, tu incluido,” continuó Sezaru. “Y no siento otra cosa que respeto por la devoción que tu familia sienten por los kami, porque verdaderamente es algo admirable. Por ello es por lo que espero tanto de tu familia, y espero tanto de tu familia, algo que la mayoría de ellos no pueden cumplir. No apruebo el despego y arrogancia con la que muchos Isawa miran al mundo exterior.”

            “¿Por qué deseáis uniros al Fénix, si tenemos tantos defectos?” Preguntó Nakamuro sinceramente.

            Sezaru miró hacia las nubes. “Espero poder darle una dirección a tu gente. Espero poder recordarles su conexión con el mundo y la gente que les rodea. La reclusión de los Isawa debe terminar, o se destruirán a si mismos, como casi lo hicieron en el pasado.” Miró a Nakamuro. “Deseo recordarles que significa servir al Emperador.”

 

 

            “Esto es inaceptable,” dijo Kaneka mientras miraba las habitaciones. “No me quedaré aquí.”

            La joven cortesana que le acompañaba palideció, y era obvio que luchaba por mantener la compostura. “No… mi señor, estas son las mejores habitaciones del castillo. ¿Deseáis que las redecoremos?”

            “No,” dijo Kaneka, enfadado por la confusión de la cortesana. Señaló hacia la habitación. “Hay más riqueza y adornos en esta habitación que en las que antes tenía en Otosan Uchi. Estas cosas le hacen a uno blando, débil. No me humillaré con tanto lujo.” Se giró y volvió al pasillo. “Enséñame otras habitaciones.”

            Los labios de la mujer se apretaron mientras pensaba. “¿Qué preferiríais, Kaneka-sama?”

            “Muéstrame donde se alojan los guardias,” exigió. “Muéstrame donde viven los soldados.”

            En una hora, Kaneka estaba desempaquetando sus pertenencias en una pequeña habitación, parcamente decorada, que iba más con su carácter. El desempaquetar le llevó muy poco tiempo. Apenas había traído nada con él. En verdad, ¿qué había que verdaderamente valorase? Muy poco. Su armadura. El wakizashi que le forjaron sus seguidores. Una serie de libros de estrategia, incluidos el Liderazgo de Akodo y el Libro de Sun Tao. Nada más. Ni siquiera su katana.

            Los pensamientos de Kaneka se vieron perturbados por el sonido de alguien que se acercaba. Frunció el ceño, no queriendo aguantar un desfile de bobos deseándole la bienvenida a su nuevo hogar. Ninguno de ellos lo entendería, y hoy no estaba interesado en aguantar a unos bobos.

            Un hombre vestido con un simple kimono naranja apareció en la puerta, llevando una caja larga. Su cara era franca y honesta, pero arrugada por las preocupaciones. Sonrió y se inclinó ante Kaneka. “Bienvenido, Kaneka-sama. Es un placer teneros aquí. Espero que encontréis vuestras habitaciones,” miró a su alrededor con expresión divertida, “a vuestro gusto.”

            “Si no te importa, hoy no quiero visitantes,” dijo Kaneka con toda la paciencia que podía reunir. “Tengo muchas cosas que hacer.”

            “Lo entiendo,” dijo el hombre. “Es por eso por lo que he ordenado que no se os moleste durante unos días.” Volvió a sonreír. “Si fuese vos, tampoco desearía visitantes.”

            Kaneka frunció el ceño. “Creo que nunca nos hemos visto.”

            “Así es. Soy Shiba Mirabu, Kaneka-sama. Bienvenido a mi casa.” Se inclinó, pero no profundamente. Era la reverencia que se daba a un igual.

            “El Campeón Fénix,” dijo Kaneka, devolviéndole la reverencia. “Había oído que el Concilio había elegido un nuevo Campeón.” Se detuvo, cuidadosamente evaluando a Mirabu. “¿Eres su marioneta, solo su sirviente?”

            “Ninguna de las dos cosas,” contestó Mirabu sin malicia. “Soy un soldado al que solo se le ha dejado la opción de mandar. Sirvo al Fénix, no al Concilio. Simplemente no veo la razón para convertirles en mis enemigos, ya que hacerlo no serviría a mis intereses ni a los de mi clan.”

            Kaneka gruño apreciativamente. “Una sabia decisión.”

            “He traído un regalo,” continuo Mirabu, ofreciéndole la caja larga. “Pensé que dos soldados como nosotros podíamos pasar de la costumbre de rechazarlo repetidamente. Solo por esta vez.”

            “De acuerdo,” dijo Kaneka. “De todos modos nunca entendía esa costumbre, aunque parece que le divierte a mi hermano.” Aceptó la caja de Mirabu asintiendo para darle las gracias. La desenvolvió rápidamente, y luego se detuvo para admirar su contenido. “Es magnífica.”

            “No tenemos tantos herreros como los Grulla o los Cangrejo,” dijo Mirabu, “pero los encuentro igual de hábiles, aunque no se les preste la misma atención. Es una buena espada. Yo mismo la he probado.”

            Kaneka solo asintió, levantando la katana para probar su equilibrio. Hizo unos breves golpes, luego giró la espada y la metió impecablemente dentro de su obi. “Perdí mi espada recientemente,” dijo. “Te lo agradezco, Mirabu-san.”

            El Campeón asintió. “¿La perdisteis en la ciudad de Daigotsu? He oído que vuestra espada era un regalo del Dragón del Agua. Que raro que no aguantase.”

            “Se rompió en el oscuro trono de Daigotsu. Igual que una vez la espada de mi padre rompió el trono sobre el que se sentaba Fu Leng.” Movió un poco la espada. “Parece que cada vez que salgo de la sombra de mi padre, solo me adentro aún más en ella. Quizás con esta pueda crear mi propia tradición.”

            Mirabu asintió pensativamente. “Sois bienvenido aquí, Kaneka-sama. Os ayudaré en cualquier cosa que deseéis. Pero debo haceros una pregunta, y es mejor que la haga ahora, antes que el tiempo y la política tengan oportunidad de influenciarnos a los dos.”

            Kaneka frunció el ceño. “Pregunta lo que quieras.”

            “¿Por qué?” Inquirió Mirabu. “De todos los clanes, ¿por qué os unisteis al Fénix?”

            Kaneka se quedó en silencio un momento. “Tengo mis razones,” dijo finalmente. “Aún no estoy preparado para hablar de ellas.”

            “Como deseéis,” dijo Mirabu. “No lo preguntaré mas. Pero tengo que preguntarme que planeáis hacer aquí.” Su cara se volvió seria. “Tengo gran respeto por vos y por vuestra familia, pero no permitiré que nada amenace a mi familia.”

            “¿No has escuchado la proclama del Emperador?” Dijo inocentemente Kaneka. “Debo reconstruir mi ejército, para servir en su nombre.” Asintió a Mirabu. “Si quieres que no toque tus ejércitos, así lo haré. Hay suficientes otros entre los demás clanes que me servirán si es necesario.”

            “Aquellos Shiba que deseen serviros lo podrán hacer,” dijo Mirabu, “mientras las tierras Fénix sean vuestro hogar. Pero espero que defendáis vuestro hogar contra cualquier enemigo que tengamos.”

            “Ha pasado mucho tiempo desde que tuve un lugar al que verdaderamente poder llamar hogar,” dijo Kaneka. “Si este va a ser mi hogar, entonces te prometo que moriré antes que dejar que alguien me lo arrebate.”

 

 

            Sezaru estaba sentado, cansado, ante su escritorio. Había límites incluso para su inmensa fuerza de voluntad, y los había forzado estos últimos días. Forjar un nuevo Imperio en el nombre de su hermano sería difícil. Esperaba estar a la altura. El honor de su familia lo exigía.

            Un leve sonido proveniente de la entrada del estudio le llamó la atención. Sin mirar hacia atrás, Sezaru movió la mano sobre su hombro izquierdo. Un presunto asesino vestido con ropas oscuras se elevó del suelo, y fue enviado al otro lado de la habitación hasta chocar pesadamente con las vacías estanterías. Un agudo grito de dolor seguido por un fuerte golpe fue el único sonido.

            Dos guardias Shiba entraron de sopetón en la habitación, espadas desenvainadas. “Mi señor, ¿estáis bien?” Gritó uno mientras el otro se ponía entre Sezaru y su asaltante.

            “Si,” dijo secamente. “Iros.”

            “Mi señor,” empezó el primer bushi…

            Sezaru miró por encima de su hombro, sus ojos encendidos de poder. “Iros ahora.”

            El guardia abrió la boca, luego la cerró y se inclinó rápidamente. Los dos confundidos hombres desaparecieron en el pasillo, y cerraron la puerta. Sezaru no les podía sacar falta por sus acciones. Solo hacían lo que les habían enseñado desde la infancia. Igual, quizás, que su atacante. “Te hubiesen matado en un instante,” le dijo al hombre vestido de oscuro. “Te he mostrado merced. Estaría bien que te la ganases.”

            El hombre no dijo nada, y Sezaru podía sentir el manar de energía oscura mientras invocaba algún hechizo negro para atacarle. Una simple infusión del Vacío derrotó el plan, desparramando los asquerosos espíritus que hubiesen dado poder a esa magia. El hombre jadeó sorprendido al ver como desaparecía su poder, dejándole indefenso contra uno de los hombres más poderosos de Rokugan. “No pongas a prueba mi paciencia,” le regañó Sezaru. “Encontrarás que tengo poca.”

            “No tengo nada que decirte,” dijo el asesino con voz ronca. “Mátame si quieres. Mejor eso que enfrentarme al fracaso.”

            Los ojos de Sezaru se entrecerraron. Fácilmente podía abrir la mente del hombre y coger la información que necesitase. Poco podía hacer el estúpido para detenerle, si es que deseaba hacerlo. Pero… desde la muerte de Tsudao, Sezaru se había dado cuenta que daba mucho más valor a la vida que antes. Su deseo de venganza se había por fin saciado, y recordaba el amor a la vida y a los kami que había conocido de niño. Su odio a las Tierras Sombrías y a la corrupción ardía tan brillantemente como siempre, pero ahora se veía atemperado por un profundo respeto a la vida.

            Una presencia repentinamente llenó la habitación. “¡No, Señora!” Jadeó el asesino, y luego se agachó de agonía. El siseante sonido de su aliento era horrible de oír, pero se acabó casi tan pronto como empezó. El hombre se volvió a enderezar, y esta vez miró a Sezaru con extraños ojos ensangrentados. “Nunca debiste venir aquí.”

            “Pero lo he hecho,” contestó Sezaru. “He sentido una oscuridad crecer dentro de las tierras Fénix, y estoy aquí para destruirla. Para destruirte. Tu peón ha fracasado, igual que todos los demás que lances contra mi.” Se levantó, un aura de poder llenando la habitación. “Soy Toturi Sezaru, Voz del Emperador, y no permitiré que tu maldad amenace su reinado.”

            “Ya veremos,” dijo el asesino. Hubo un asqueroso gorgojeo, y sangre fluyó libremente de sus ojos. Cayó al suelo, sus ojos mirando en blanco al techo. Muerto.

            “Está claro que ya veremos,” dijo Sezaru. Metió la mano en su bolsa para sacar un pergamino, y luego empezó a ofrecer una oración por el alma del hombre muerto.

 

 

            Era tarde siempre que Kaneka salía del dojo. Había sido el único presente durante horas, haciendo serie tras serie de largas y exigentes katas. Su cara era una máscara de concentración y frustración durante todo el ejercicio, aunque no había nadie allí para darse cuenta. Solo se detuvo después de que todo su cuerpo gritase pidiendo descanso, sus dientes fuertemente apretados, su ceño fruncido, todo su cuerpo recubierto de sudor.

            Kaneka encontró un sirviente y ordenó que le preparasen agua caliente en sus habitaciones, y luego hizo una breve parada en un altar para pedirle a su padre que le guiase, a su madre paciencia, y a su hermana sabiduría. Brevemente consideró orar por que continuase la buena salud del Emperador, pero aún no podía forzarse a pronunciar esas palabras. Terminadas sus oraciones, Kaneka volvió a sus habitaciones para un baño purificador y un muy necesitado descanso.

            La puerta se abrió, deslizándose con facilidad, y Kaneka encontró dos figures esperándole en la tenue luz de una sola lámpara. La furia se agolpó en su interior por el trastorno, y gruñó como si se preparase para atacarles. Una figura se levantó, y la luz iluminó su cara, inmediatamente deteniendo la inminente explosión de ira de Kaneka. “Akiko-sama,” dijo, la sorpresa evidente en su voz. “¿Qué estáis haciendo aquí?”

            “Solo quería asegurarme que había llegado a salvo, y que se te estaba tratando convenientemente,” dijo Akiko sonriendo. “Tanitsu, enciende otra lámpara, por favor. Está demasiado oscuro para conversar cortésmente.” Se volvió hacia Kaneka. “Iba a protestar porque te hubiesen dado estas habitaciones, pero tengo entendido que las pediste. ¿Por qué, si no te importa que te lo pregunte?”

            “Dale a un hambriento un festín y se atiborrará hasta reventar,” respondió Kaneka. “Prefiero permanecer hambriento. Fortifica el alma.”

            Doji Akiko levantó sus cejas, pero no dijo nada. “En cualquier caso, me alivia encontrar que tienes lo que deseas. Mis ayudantes personales y yo te podremos dar cualquier cosa que necesites. Ten libertad para llamarme si te encuentras con dificultades. Estoy segura que encontrarás un hogar aquí entre los Fénix.”

            Kaneka sonrió tristemente. “Mucho más que entre los Grulla, ¿no creéis?”

            Doji Tanitsu miró a Kaneka con curiosidad. Kaneka notó que el joven no tenía buen aspecto, habiendo perdido un poco de peso, y que tenía un aspecto pálido. “¿Por qué lo decís, Kaneka-sama?” Preguntó el cortesano.

            El antiguo Shogun levantó una bola de arroz de su mesa y le dio un bocado. “¿No te preguntas porque tu señora me invitó a unirme al Fénix en vez de a los Grulla, el clan al que ahora pertenece?”

            Tanitsu miró de reojo hacia Akiko. “Nunca cuestionaría los deseos de Akiko-sama.”

            Kaneka resopló. “Qué diplomático.” Miró expectante hacia Akiko.

            La Maestro del Agua suspiró. “Por supuesto que serías un gran aliado para los Grulla, Kaneka-sama, pero tu y mi esposo sois demasiado similares como poder jamás cooperar totalmente. Si te hubieses unido a nosotros, solo hubiese dividido a los Grulla. Yo no podía hacer una cosa así.”

            “Sin hablar de que muchos de tu clan me odian,” añadió Kaneka. “Las provincias Yasuki y mi victoria sobre Kaiten aún pesa mucho en sus mentes.” Sonrió tristemente. “Pero como Fénix, los mejores aliados de los Grulla y el clan de tu padre, podrías ganar mi ayuda sin causar ese conflicto. Mi poder militar podría ser usado para ganancias políticas, tanto tuyas como mías.” Siguió masticando la bola de arroz. “Una proposición fascinante, a pesar de que desprecio la política.”

            “¿Por qué aceptasteis?” Preguntó Tanitsu en voz baja.

            Akiko miró sorprendida a Tanitsu, pero Kaneka obvió sus objeciones. Miró cuidadosamente al abatido cortesano. “De todos mis aliados y consejeros,” dijo después de un rato, “solo tu me trataste como a un amigo. No porque ganarías algo con ello, sino porque conocías a mis hermanos y amabas a mi hermana.” Tanitsu palideció aún más ante la mención de Tsudao, pero Kaneka continuó. “Porque has sido un amigo sin pensar en usarme para tu propio beneficio, por Tsudao, contestaré tu pregunta.” Kaneka dejó a un lado la bola de arroz y se sentó pesadamente sobre su asiento, mirando hacia el suelo de madera con una expresión cansada.

            “Supe en el instante en que Akiko ofreció jurar fidelidad al Fénix que era una táctica política. Aunque dije que desprecio la política, lo acepté en cualquier caso. He gobernado y vivido por la fuerza, y no he conseguido nada con ello. Es hora de que acepte un nuevo camino.

            “Kaneka-sama, eso no es verdad,” empezó Akiko.

            “Por favor,” dijo con desdén, “no me deshonréis con palabras conciliadoras. No repugno tus acciones. Te lo agradezco.” Levantó sus manos y las miró fijamente. “No me queda nada. Mi hermano gobierna el Imperio de Rokugan. A mi me queda un reino de cenizas.”

            Los dos Grulla permanecieron en silencio, sin saber que decir. Kaneka les miró. “¿Sabéis lo que aprendí en la Ciudad de los Perdidos? Aprendí que era fácilmente el más débil de mis hermanos. La magia de Sezaru era imparable. La sabiduría de Naseru derrotó a un dios. La pureza y el sacrificio de Tsudao derrotó a Daigotsu. Yo no era nada salvo un bobo con una espada. Siempre me había considerado que era igual que Tsudao, al menos en combate. Pero cuando llegó el momento, ella no dudo en destruirse para salvarnos a todos, mientras que ese pensamiento nunca entró en mi mente.” Señaló la habitación que le rodeaba. “Comparado con alguien como ella, esto es todo lo que me merezco. Debo volver a empezar. Debo ganarme el derecho a llamarla mi hermana, aunque antes no entendía esas cosas. Y por eso voluntariamente decidí entrar en este extraño acuerdo, deseando crear algo nuevo. Algo que valiese la pena.”

            “Tendrás aquello que necesites,” ofreció Akiko. “Eres de las mejores mentes militares del Imperio, igual que lo fue tu padre. Solo tu dudas de tu valentía, Kaneka-sama.” Miró expectante hacia Tanitsu.

            Tanitsu aclaró su garganta y parecía bastante incómodo. “Deseamos ofreceros una unión permanente con nuestro clan, señor Kaneka. Un símbolo de nuestro respeto y admiración por vos y por… vuestra familia,” tropezó sobre la última parte. “Estaríamos muy honrados si nos permitieseis ofreceros una esposa y unas propiedades, para que siempre os encontraseis en vuestro hogar entre vuestros aliados los Grulla.”

            Kaneka rió. “¿Y al hacerlo, ayudar a vuestros primos Kakita olvidar perjuicios creen que les hecho?” Agitó su cabeza. “¿Y a qué pobre mujer someteríais a mi poco refinada compañía?”

            “A la prima de mi esposo, la ilustre Doji Yasuyo,” dijo Akiko. “Imagina la influencia que otorgaría la unión de tu casa y la nuestra, Kaneka-sama. Incluso tu hermano el Emperador se daría cuenta.”

            Los rasgos de Kaneka se endurecieron ante la mención de Naseru. Frunció el ceño. Una cosa así iba contra sus instintos. Era retorcido, exactamente la clase de cosas que nunca hubiese tolerado hacía unos pocos meses. Y por eso era por lo que tenía que hacerlo. Un guerrero que no podía cambiar moriría fracasado.

            “Muy bien,” dijo. “Hablemos de alianzas. Y quiero conocer a esta Yasuyo antes de considerar la oferta…”