Lobos
por Rich
Wulf
Traducción de Mori Saiseki
Heiji dio un largo sorbo de su botella de sake
y suspiró contento. La noche había caído sobre las Colinas Suzume. El viejo
bandido había venido a disfrutar de la paz y el silencio de este lugar. Podía ver
porque los Gorrión habían elegido este lugar para que fuese su hogar; aunque
era una región baldía, al menos estaba muy lejos de los problemas del resto del
Imperio.
Por supuesto, él y sus hermanos habían traído aquí los problemas, pero eso era otra historia. Se rió, dejó la botella sobre una roca y se levantó para responder a una llamada de la naturaleza en unos matorrales cercanos. Cuando regresó, la botella había desaparecido.
Heiji miró a su alrededor en callada sorpresa, su katana inmediatamente apareciendo en su mano. Detrás de él escuchó el sonido de la cuerda de un arco tensándose. Se volvió y vio a un hombre sentado sobre un saliente de roca a una docena de metros de allí, la botella de sake a sus pies, arco tensado y listo.
“Suelta la espada,” dijo el hombre.
Heiji asintió, dejando que su espada resonase sobre las piedras y manteniendo sus manos extendidas hacia los lados.
“Arigato,” dijo el hombre. “No me has atacado ni has pedido ayuda. Es reconfortante encontrarse con un samurai que no tira su vida por la borda.”
“Si me hubieses querido matar, habrías disparado antes de que te hubiese visto,” dijo Heiji. “No he sobrevivido tanto tiempo siendo un estúpido.” Con cuidado, el bandido observó el área buscando una oportunidad para escapar, cualquier lugar donde se pudiese lanzar y esconderse. Estaba atrapado en campo abierto.
“Tranquilízate, amigo mío,” se rió el desconocido. “No tengo deseo alguno de hacerte daño, solo quiero hablar. Me llamo Akihiro.”
Heiji gruñó. “Si no deseas hacerme daño, aparta el arco,” dijo.
“Considéralo una precaución,” contestó Akihiro. “Eres un hombre peligroso, y quiero hablar de asuntos que pueden molestarte.”
El sonido de acero contra acero surgió de las lejanas colinas, seguido por muchos gritos de alarma.
“Mis hombres están ahora luchando contra los tuyos,” dijo Akihiro. “Muy pronto me tenderé que reunir con ellos. No me fuerces a tomar una rápida decisión.”
El viejo bandido frunció el ceño. “Entonces habla.”
“Tu eres el líder de los bandidos que han estado atacando a los granjeros Gorrión,” dijo Akihiro. Era una declaración, no una pregunta. “El Señor Suzume ha puesto una recompensa sobre tu cabeza.”
Heiji asintió, frunciendo aún más el ceño.
“Sabes como funcionan este tipo de cosas, amigo mío,” dijo Akihiro. “No solo has herido el orgullo del Señor Suzume, también su hacienda. Todos los samuráis valoran su honor, pero un daimyo también debe asegurarse de que su clan permanece bien alimentado y aprovisionado. El Señor Suzume es un gran hombre. La diferencia entre los grandes hombres y los pequeños es que a los grandes hombres se les permite llegar a un acuerdo.”
“¿Llegar a un acuerdo?” Preguntó Heiji.
“Podría regresar con tu cabeza,” dijo Akihiro, “o podríamos regresar con los bien robados al Señor Suzume. Aunque el daimyo se pondría muy contento si yo le pudiese entregar ambas cosas, se conformará, creo, con solo una. Por lo que cuéntame. ¿Dónde has escondido el arroz y el oro que robaste al Clan Gorrión?”
Heiji no dijo nada.
“Amigo mío, me dijiste que no eras un hombre estúpido,” dijo Akihiro. “¿Mentiste? Tu nombre es Heiji, ¿verdad?”
“Lo es,” dijo el bandido.
“Entonces Heiji, confía en mi,” dijo Akihiro, bajando su arco. “Ambos somos hombre de la ola. Debemos hacer todo lo que podamos para sobrevivir. Tu has elegido la vida de los bandidos. Yo he elegido la vida de un caza-recompensas. De un hombre de la ola a otro, deberías saber que todo lo que deseo es conseguir el favor de los Gorrión. No quiero matarte, pero mis hombres son más numerosos que los tuyos. El oro robado o tu cabeza. Solo necesito darle al Señor Suzume uno de los dos.”
Heiji miró a los ojos de Akihiro durante un largo momento. “En una cueva al oeste, en las sombras de un árbol de lilas.”
“Arigato, Heiji-san,” dijo Akihiro, asintiendo agradecido.
Y disparó una flecha al pecho de Heiji.
“Solo tengo que dar uno al Señor Suzume,” repitió con una sonrisa.
•
Suzume Yugoki miró la bolsa de tela empapada
de sangre con expresión de asco.
“Llévate esa cosa asquerosa de aquí,” ordenó. “Por favor.”
“Por supuesto, mi señor,” dijo Akihiro. “Solo asumí que necesitaríais pruebas de nuestra victoria.” Entregó el bundori a su subordinado. El otro ronin salió rápidamente del salón de audiencias del daimyo para deshacerse de la cabeza del líder de los bandidos.
“Por supuesto, por supuesto,” dijo Yugoki, aclarando su voz y mirando hacia otro lado. “Agradecemos tus servicios, Akihiro-san. Serás recompensado como prometimos. Que tu lugarteniente hable con mi hatamoto y te pagaremos la recompensa.”
“Arigato, Yugoki-sama,” dijo Akihiro con una profunda reverencia. “Después de ir tras bandidos sin honor durante tanto tiempo, es un placer tratar con un hombre que cumple su palabra. Sois el verdadero alma de un samurai.”
“Me halagas,” contestó Yugoki. Miró intensamente al ronin. “¿no has encontrado rastro alguno de los bienes que robaron?”
“Solo una décima parte de lo que robaron, que ya he entregado,” dijo Akihiro, en un tono algo avergonzado. “El resto o estaba muy bien escondido o los bandidos ya se lo habían dilapidado para cuando llegamos.”
Yugoki miró larga y pacientemente al ronin. “Una pena,” dijo. “No importa. Los Suzume nunca le han dado mucha importancia a los bienes materiales, y es nuestro honor el que has restaurado. Tienes el agradecimiento del Clan Gorrión, Akihiro-san.”
“No tenéis que darme las gracias por cumplir con mi deber,” contestó Akihiro.
Yugoki miró el símbolo que estaba blasonado sobre el pecho de Akihiro, un sol radiante. “Ese es el símbolo de la Gloriosa Emperatriz, ¿verdad?” Preguntó.
Akihiro asintió. “El anagrama de Toturi Tsudao, que su luz brille sobre Tengoku durante toda la eternidad. Serví bajo ella en la Primera Legión.”
Yugoki pareció sorprendido. “¿Eras un miembro de la Primera Legión?” Preguntó.
“Tuve ese honor,” contestó Akihiro.
“¿Pero ahora vagas por ahí como un ronin caza-recompensas?” Preguntó el Gorrión.
“Cuando la Legión se disolvió, decide buscar mi propio destino,” contestó Akihiro. “Tras servir a la propia Espada, ¿cómo podría inclinarme ante un nuevo señor?”
“Yo tuve el honor de conocer a la Dama Tsudao, aunque solo de pasada,” dijo Yugoki con una triste sonrisa. “El Imperio ha empequeñecido tras su pérdida. Me alegra ver como hombres como tu luchan por la justicia, como ella lo hizo.”
“Solo soy un hombre,” dijo Akihiro. “Pero os agradezco vuestras amables palabras, mi señor.” Se inclinó por última vez y se fue.
El ronin suspiró mientras se encaminaba por la fortaleza Gorrión. Suzume Shiro era un lugar humilde y aburrido y se alegraría cuando se fuese de aquí. Aunque los Suzume eran samuráis, y por ello ricos ante los ojos de cualquier campesino, también se consideraban una ascetas. El castillo Gorrión era pequeño y poco amueblado – como iba a ser su recompensa. Cuanto antes se fuese de aquí, mejor. Una corta parada para recoger el resto del oro robado de la cueva de Heiji y podría dejar muy atrás estas tierras.
Akihiro anduvo solo por las calles de la aldea que rodeaba al castillo. Sus hombres estarían ahora en las casas de sake locales, celebrando su victoria. Debería unirse a ellos; tras una victoria así estaba en su derecho.
Akihiro se detuvo, durante solo un instante. Se giro, estudió brevemente las cosas que había en un puesto de mercaderes, y se adentró en un callejón. La sombra que le había estado siguiendo se movió con rapidez e imprudencia. Akihiro saltó con facilidad de su escondite, cogió al hombre por el cuello, y le lanzó contra la pared, sosteniendo una daga junto a su cuello.
“¿Me persigues, estúpido?” Soltó Akihiro. “me entrenó la Defensora del Imperio.”
“A ti y a otros mil Legionarios,” contestó una voz que le resultaba familiar.
Los ojos de Akihiro se abrieron de par en par al reconocer la cara oculta tras la pesada capucha. Soltó al hombre, golpeándole pesadamente en el hombro mientras envainaba su daga.
“Tawagoto,” dijo Akihiro con una amplia sonrisa. “Ha pasado demasiado tiempo.”
•
Hace Quince Años, cerca de Yushosha Seido Mura…
Le habían dicho que la guerra sería gloriosa.
Akihiro estaba con la espalda contra el muro de la aldea, agarraba su espada con ambas manos. Los jinetes Yobanjin estaban por doquier, golpeando con sus anchas espadas o cargando sin merced contra sus camaradas con sus largas lanzas. Docenas de samuráis yacían sangrando y muriendo en el suelo. En la distancia, podía escucha el grito de agrupamiento de los refuerzos. La Primera Legión se estaba reagrupando para aplastar la emboscada, para enviar de vuelta a sus montañas a los Yobanjin. Para la Espada, hoy traería la victoria. Si Akihiro podía sobrevivir solo un poco más, incluso podría compartirla.
Levantó la vista al escuchar un salvaje grito. Un jinete Yobanjin galopaba hacia él, la lanza apuntando a su pecho. El tiempo se ralentizó mientras Akihiro levantaba su espada. Sabía que no tendría tiempo para golpear. Tan cansado como estaba, no tendría fuerzas para derribar al jinete de su caballo. No era lo suficientemente rápido como para hacerse a un lado a tiempo. Esta sería su muerte, su gloriosa muerte.
Si esta era la gloria que le habían prometido, no la quería.
Al menos su padre estaría contento.
Un agudo silbido acompañó el grito de guerra del Yobanjin – y lo acabó. El jinete cayó de su silla de montar con una flecha en el cuello. La confundida montura del Yobanjin siguió corriendo, galopando junto a Akihiro y adentrándose en la espesura.
El arquero que le había salvado la vida estaba cerca, cogiendo otra flecha y disparándola contra un grupo de Yobanjin. Como Akihiro, no llevaba colores de clan, solo el emblema de la Primera Legión. ¿Un ronin?
“¡A mi!” Gritó el hombre a los supervivientes. “¡La Espada está llegando! ¡Hagamos nuestra resistencia final!”
Akihiro gritó respondiendo, levantando en alto su katana, saludando. Una renovada inyección de energía corrió por su interior. Al principio se preguntó si era obra de algún oculto shugenja, pero sabía que no era así. Esta era una renovada esperanza, y no la malgastaría. Se puso espalda contra espalda con el ronin mientras más supervivientes se reunían a su alrededor. Todos blandieron sus armas con expresiones de fiereza. Los jinetes Yobanjin galoparon a su alrededor, dando vueltas antes de entrar a matar.
“¡Sopesar el coste, bárbaros!” Gritó el otro ronin, su voz resonando sobre el campo de batalla. “Huir ahora y quizás sobreviviréis al día de hoy. Quedaros y luchar, y quizás nosotros muramos, pero no caeremos fácilmente… y la Espada os castigará a todos.”
Una trompeta sonó de entre los refuerzos que se acercaban. Los Yobanjin se miraron los unos a los otros, dudando. Quizás no entendían las palabras, pero comprendían el significado. Uno de los jinetes más grandes ladró algo en su gutural lengua y agitó una bandera en el aire. Ante la orden, los demás se pusieron en formación y salieron galopando del campo tan rápido como pudieron. Cuando las fuerzas de la Dama Tsudao coronaron la colina, los otros soldados que habían sobrevivido gritaron de júbilo. Akihiro se encontró también gritando. El ver su estandarte, el dorado sol sobre un campo esmeralda, era la visión más dulce que había visto jamás.
¿Era esto la gloria? ¿O meramente supervivencia?
Fuese lo que fuese, era lo suficientemente bueno.
•
La casa de sake se había convertido en un lugar de alocada juerga
desde que habían regresado los hombres de Akihiro. Los
ronin estaban exaltados por su victoria, y los lugareños estaban ansiosos por
dar la bienvenida a sus nuevos héroes. Los sonidos de su celebración resonaban
por la pequeña casa de sake, incluso hasta la pequeña sala privada donde Akihiro
y su viejo amigo se habían retirado. Tawagoto abrió la puerta solo un poco para
poder ver la sala común, vigilando por si llegaba alguien más. Akihiro estudió
con curiosidad al otro hombre. Tawagoto parecía un hombre perseguido.
“Me alegra volverte a ver, Tawagoto-san,” dijo Akihiro, vertiendo sake en dos tazas. “¿Debo creer entonces que han reconsiderado mi oferta y has decidido unirte a mi?”
“De repente, me atrae la vida de un mercenario errante,” contestó Tawagoto.
“¿De verdad?” Contestó Akihiro, sin estar convencido de que no había algo más. “¿Y qué hay de Rie y Shigeko?”
“Mi hija y madre las están cuidando bien,” contestó Tawagoto. “Cuanto más lejos estén de mi, mejor les irá.”
“Fascinante,” dijo Akihiro riendo. “¿Qué has hecho, Tawagoto-san? En tu caso, sin duda, algo romántico o heroico. ¿Quizás te persigue un iracundo magistrado por haber despojado de su honor a su joven y bella hija?”
Tawagoto miró seriamente a Akihiro. “Asesiné a un magistrado Seppun y a otros seis de sus Legionarios,” susurró.
Los ojos de Akihiro se abrieron de par en par. Dio un largo sorbo antes de volver a mirar a su amigo. “No hagas este tipo de bromas, Tawagoto,” dijo en voz baja.
“No bromeo,” dijo Tawagoto. “Seppun Sugita era un hombre corrupto y ruin. Pretendía asesinar toda una aldea para conseguir gloria.”
“¿Sabe alguien que fuiste tu?” Preguntó Akihiro.
“Los aldeanos lo saben, pero comparten mi culpa,” dijo Tawagoto. “Confío en su silencio. Sugita creía que la aldea no estaba pagando impuestos para poder reunir armas y suministros… la gente simplemente estaba hambrienta. Sugita me pagó para acabar con la imaginaria rebelión. Regresé con la cabeza de uno de los aldeanos, un viejo que murió de hambre poco antes de que yo llegase a la aldea. Llevé a los hombres de Sugita a una emboscada. Ninguno sobrevivió, pero cualquiera de sus sirvientes que me viese regresar para aceptar el pago puede haber supuesto que yo soy el responsable.”
Akihiro sonrió amargamente. “Cuando se trata con Imperialistas es siempre mejor que un ronin se ande con cuidado,” dijo. “Incluso sus sospechas pueden aplastar a un lobo solitario.”
“No deseo que mis problemas se conviertan en los tuyos, Akihiro,” dijo Tawagoto. “No tengo otro sitio donde ir y tengo muy poco dinero, pero no te quiero forzar a que compartas la carga de mis crímenes.”
Akihiro parecía dudar. “¿Sin dinero? ¿No te pagó el Seppun como prometió?”
“Lo hizo,” contestó Tawagoto. “Di la mayoría del dinero a los aldeanos.”
Akihiro se rió. “Claro,” dijo. “Siempre fuiste el más noble de todos nosotros.”
“¿No hubieses hecho tu lo mismo en mi lugar?” Preguntó Tawagoto.
“No lo sé,” dijo Akihiro. “Te puedo decir lo que creo que hubiese hecho, pero esa sería una respuesta inútil – solo palabras. Las Fortunas nos ponen a todos a prueba y quizás esta sea la mía. ¿Acepto a un viejo amigo aunque es posible que sea un fugitivo?”
Tawagoto miró fijamente a Akihiro. “Dime que me vaya, y me iré,” dijo.
“Bromeo, por supuesto,” dijo Akihiro con una risa repentina. “Si muero por haberte protegido, que así sea. Solo estaría devolviendo mi deuda. Te doy la bienvenida, Tawagoto… y siempre hay sitio para otro buen bushi.”
“Arigato, amigo mío,” dijo Tawagoto, mostrando gran alivio. Suspiró y bebió de su sake. “¿Quizás debería adoptar un alias? ¿Un nuevo nombre para que no me encuentren?”
“¿Por qué molestarse?” Preguntó Akihiro. “Somos ronin. A nadie le importa como se llama un lobo. Si este Seppun era tan estúpido como dices que era, entonces quizás tengas suerte. Quizás nadie llore lo suficientemente su pérdida como para investigar a fondo su muerte. En cualquier caso evitaremos las tierras Fénix... solo para asegurarnos.”
Tawagoto asintió y volvió a beber. “¿Por qué es siempre así, Akihiro?” Preguntó. “Un diablo como Seppun Sugita no tendría sitio en el Imperio de la Espada.”
“Para ser honesto, creo que si lo tendría,” dijo Akihiro.
“Toturi Tsudao no hubiese permitido que esos aldeanos sufriesen,” argumentó Tawagoto.
“¿Y quién dice que se hubiese enterado?” Preguntó Akihiro. “Un Emperador está por encima de todos nosotros, pero también apartado de nosotros. Dan órdenes, y los samuráis obedecen. Para un Emperador, los detalles son pequeñas cosas… pero los hombres pequeños pueden ser destruidos por las cosas pequeñas. Tu Sugita no parece haber sido un hombre malvado. Quizás un vago. Un arrogante, seguro que si. Combina esas características con un poder incuestionable y ahí es donde reside el peligro. Yo reverenciaba a la Dama Tsudao, como tu, pero si crees que su gobierno estaba libre de corrupción, estás equivocado. Yo, por ejemplo. ¿No te preguntaste nunca como fui destinado a la Primera Legión?”
“Me dijiste que fue por los meritorios servicios de tu madre a la familia Yogo,” contestó Tawagoto.
“Hai,” dijo Akihiro. “Al menos, esa es una forma respetable de decirlo. Un señor de samuráis hará muchas cosas para guardar sus secretos, Tawagoto. Recompensar a un hijo ilegitimo con un puesto de prestigio es una nimiedad. Mi madre chantajeó al Escorpión para que su hijo tuviese un puesto más allá de la vida de un triste ronin. Su recompensa fue ver como fui destinado al frente durante la guerra de la Dama Tsudao contra los Yobanjin. Ella murió de una misteriosa y aleatoria enfermedad poco tiempo después.” Akihiro sonrió sarcásticamente. “Sin duda, si no se hubiese cruzado con el Escorpión, su destino hubiese sido diferente. He oído decir que tienen herboristas de talento. Quizás la hubiesen podido curar.”
“¿Alguna vez buscaste vengarte de tu padre por lo que hizo?” Preguntó Tawagoto
“No soy un idiota,” dijo Akihiro. “Mi padre sintió que estaba en paz; yo me contento con dejarlo así. Esa es la diferencia entre tú y yo, Tawagoto. Yo sé cuando dejar de luchar.”
“Nunca me contaste nada de esto,” dijo Tawagoto.
“¿Y qué te hubiese importado?” Preguntó Akihiro. “¿Por qué te importaría? Lo que quiero decir es que el Imperio no es tan perfecto como te imaginas. Siempre ha habido deshonor. Tu padre fue un héroe, Tawagoto. El mío no.”
“¿Entonces, qué vendrá ahora?” Preguntó Tawagoto.
“¿Qué es lo que siempre viene después?” Contestó Akihiro. “Sobrevivimos. Fuiste inteligente al venir a mí. Los samuráis de los clanes llaman a los ronin lobos, y la comparación es válida – la mejor forma que tiene un lobo de sobrevivir es en manada.”
Akihiro no contestó durante largo tiempo. “¿Es la supervivencia todo lo que hay para hombres como nosotros?” Dijo finalmente con voz amarga.
“No seas estúpido, Tawagoto,” dijo Akihiro. “El Imperio se prepara para la guerra. ¿No lo has visto? Creo que la supervivencia será la mayor proeza de todas.”