Edición Celestial
por Shawn Carman
Traducción de Mori Saiseki
El Palacio Imperial, Toshi Ranbo
Los sirvientes se desperdigaron cuando el Campeón Esmeralda pasó a toda velocidad por los pasillos del palacio. Por una vez, le evitaban no por su aparente malevolencia, sino por su apariencia. Su habitual brillante armadura estaba deslustrada en algunos lugares, golpeada del uso, y varias planchas colgaban de lado. Bajo otras circunstancias, nunca hubiese aparecido en público en ese estado, pero reconoció para sus adentros que no era él mismo en ese momento. Había llegado cabalgando sin cesar desde el norte de las tierras Dragón, deteniéndose solo a cambiar caballos. Llevaba días sin descansar, y una neblina roja había empezado a asomarse por los bordes de su visión.
Al acercarse a la puerta que daba a la sala privada de audiencias de la Emperatriz, los guardias Seppun se inclinaron profundamente y abrieron la puerta sin detenerse. Parecía que le esperaban. Dentro, le esperaba la ya familiar imagen del panel que separaba a la Emperatriz de sus sujetos, su silueta visible a través del bendecido papel. Togashi Satsu estaba a su lado, como siempre, y escondidos por detrás estaban las omnipresentes formas de la Voz del Sol de Jade y la Voz de la Luna de Obsidiana, los consejeros Celestiales de la Divina Emperatriz. “Bienvenido, Shosuro Jimen,” dijo Satsu. “La Emperatriz está muy contenta al ver a su victorioso Campeón Esmeralda regresar a la Ciudad Imperial.”
Jimen se inclinó profundamente, al hacerlo poniendo una leve mueca de dolor por un pinchazo en su costado izquierdo. “Vuestra victoria está asegurada, mi señora, pero aún no se ha logrado. Las fuerzas del Oráculo Oscuro están en retirada, y serán expulsadas del Imperio en una semana.” Dudó un instante. “Si me lo permitís,” continuo finalmente, envalentonado por su cansancio, “¿por qué me habéis hecho llamar de primera línea justo cuando estábamos al borde de la victoria?”
Satsu se quedó en silencio un momento, escuchando, y luego dijo, “¿Crees qué era necesaria tu presencia en el momento de la victoria?”
Jimen se quedó en silencio un momento. “En mi ausencia, toda la gloria se la llevará el Shogun, y los Campeones presentes en la batalla. Mis contribuciones serán olvidadas, y mi puesto aún más empequeñecido.” Mientras lo decía, puso para sus adentros un gesto de dolor por sus palabras. Si hubiese estado más descansado, más él mismo, nunca habría dicho tal mezquindad en voz alta. Celebraba la debilidad en los demás, ya que les hacía más fácilmente manipulables, pero la despreciaba en él.
“Entonces, ¿es esa la razón de tu valentía?” Preguntó Satsu. Su voz estaba tan tranquila como siempre, su expresión totalmente imperturbable. “¿Buscabas la gloria para ti?”
“No,” dijo inmediatamente Jimen. “Luchaba por proteger el Imperio de la porquería no digna de poner pie en el. Eso no significa que no desee ver como mi puesto empequeñece.”
“Y eso no ocurrirá,” contestó la Voz. “Eres el campeón personal de la Divina Emperatriz, y el que hace cundir sus leyes. Cualquier que ponga en cuestión tu puesto sentirá fuertemente su censura. Se te ha hecho llamar porque la amenaza pronto acabará, y los ejércitos victoriosos marcharán. La Emperatriz desea asegurar que no haya incidentes durante ese tiempo, un logro no pequeño dado cuantos exhaustos guerreros viajarán hombro con hombro con aquellos a los que consideraban sus enemigos hasta no mucho tiempo atrás. Tu y solo tu debes vigilar esto.”
“Entiendo,” contestó el Campeón Esmeralda. “Si es vuestra voluntad, mi Emperatriz, lo haré.”
“La victoria final también hará que se declare un festival de una semana por todo el Imperio,” continuó Satsu. “En un entorno así, puede que sea difícil hacer que se mantenga la ley y el orden. La Emperatriz desea saber que recursos adicionales necesitas para asegurar que permanezca siendo adecuado el humor de la Ciudad.”
“Ninguno, mi Emperatriz,” dijo Jimen. “Se hará. No necesitáis preocuparos por eso.”
La silueta de la Emperatriz asintió, apreciativamente, y su Voz dijo, “La Emperatriz está contenta con la devoción y el servicio de su Campeón Esmeralda. Gracias, Jimen-san.”
“Mi señora,” dijo, inclinándose mientras se marchaba.
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La Gran Muralla del Carpintero, las provincias Cangrejo
Durante casi dos años, la Muralla que protegía la frontera sur de Rokugan de las demoníacas criaturas de las Tierras Sombrías había estado casi en silencio. Había pequeños ataques, claro, pero habitualmente solo una criatura, o como mucho una jauría. El que no hubiese habido ataques importantes en dos años era un hecho sin precedentes históricamente, y que hacía que los guerreros del Clan Cangrejo que defendían la Muralla estuviesen a la vez agradecidos, e incómodos.
Cuando sonó la gran alarma, muchos temieron lo peor.
“¿Qué pasa?” Preguntó uno de los comandantes Hida mientras subía a la Muralla, apretándose la última hebilla de su armadura.
Uno de los exploradores Hiruma agitó la cabeza y señaló. “No lo sé, comandante.”
El Hida miró hacia donde apuntaba y puso un gesto de dolor. Por un momento pareció como si el propio suelo corría hacia ellos, pero no era eso. Había tantas criaturas, goblins, ogros, demonios, que parecía como si el suelo se moviese, cuando de hecho el suelo no podía verse por el gran número de criaturas. “Entonces, un ataque.”
“No,” le corrigió el explorador. “Miradles, comandante.” Se volvió y miró a Hida con creciente preocupación en sus ojos. “Huyen.”