El Retorno del Fuego Oscuro

 

por Rusty Priske

Editado por Fred Wan

Traducción de Mori Saiseki

 

 

Mirumoto Ichizo y Kasuga Keiko cabalgaron fuerte, durante el día y la noche. Keiko había insistido en acompañar a Ichizo, diciendo que el honor del Clan Tortuga así lo exigía, ya que ellos eran los que deberían haber protegido la Torre del Crepúsculo de los agentes del Oráculo Oscuro.

Habían avisado nada más cruzar tierras del Dragón – tanto a Mirumoto Kei como a cada fortaleza a la que podían avisar en sus tierras. Ichizo esperaba que de alguna forma pudiesen interceptar el Pacto Oscuro antes de que abandonase Rokugan. Podía ser una esperanza estúpida, pero el pensar que podía caer en manos de Chosai era algo demasiado gordo con lo que cargar.

“¿Entonces lo que guardábamos era un arma? ¿Algo con lo que nos podría amenazar?” Había preguntado Keiko a Ichizo mientras cabalgaban.

“¿Un arma? No una tradicional. Es mucho más peligroso que eso.”

“¿Cómo?”

Ichizo no miró a Keiko mientras hacía que su montura fuese más deprisa. No era un jinete innato, y su entrenamiento no era extensivo en esa área, pero apreciaba la velocidad que le daba el caballo. “El Pacto Oscuro del Fuego es la único a lo que verdaderamente teme el Oráculo Oscuro. Otorga a el que lo porta dominio sobre él. Es a través del poder del Pacto Oscuro que el anterior Oráculo Oscuro fue derrotado y como Isawa Nakamuro expulsó a Chosai de Rokugan.”

Los ojos de Keiko se abrieron de par en par. “¿Poder sobre el Oráculo Oscuro? ¿Por qué se escondió? ¿Por qué no lo usó el Dragón para luchar contra Chosai y derrotarle totalmente?”

“Si solo fuese así de fácil. Primero, el Pacto Oscuro obedece reglas más antiguas que nosotros y se comporta de forma que no es comprensible para nuestras mentes. ¿Alguna vez escuchaste como llegó a la Torre del Crepúsculo?”

“No.”

“Eso es porque no se sabe. Nadie sabe como llegó ahí. Desapareció de donde lo guardaban los Fénix y reapareció en la Torre, sin dar muestras de haber sido portado por manos mortales.”

“Pero lo teníais vosotros. ¿Por qué no lo usasteis?”

Ichizo frunció el ceño. “¿Para qué? Chosai está contenido. Sus ataques no son nada comparado a lo que podría hacer si se le permitiese cruzar la frontera. Si le hubiésemos matado el manto hubiese pasado a otro, quien no estaría igual de contenido. Pero ahora…” se calló.

“¿Qué ha cambiado?”

“He oído que los Fénix creen que el cambio en los Divinos Cielos, combinado con la inactividad de los propios Oráculos, significa que si se mata a un Oráculo Oscuro esto no significa que inmediatamente se creará su reemplazo. Pero los Dragón no vemos beneficio alguno en actuar sobre una teoría.”

Keiko se quedó un momento en silencio. “Sigo sin comprender el peligro. Si el Pacto Oscuro puede controlar al Oráculo Oscuro, comprendo porque querría destruirlo, pero si no lo ibais a usar, ¿qué importa el que ya no lo tengáis?”

El samurai Dragón agitó la cabeza. “Nunca lo podría destruir. Incluso la Ira de los Kami no podría… pero aún así lo quiere. Si, puede controlarle; o mejor dicho, puede darle órdenes. Lo que fue hecho puede ser deshecho solo por un poder de igual magnitud.”

Keiko lo sopesó un momento y luego dijo, “Puede liberarle.”

Ichizo miró hacia delante sin asentir y dijo, “Su destierro desaparecerá.”

 

 

Tamori Futaba estaba sobre un saliente rocoso, los brazos extendidos ante ella. Tenía los ojos cerrados y su cara estaba totalmente impasible. Era mínima su conciencia sobre el aire que la rodeaba, pero solo porque era requerida en otro lado. Los kami de la tierra en la roca eran sus ojos. Hablaban directamente a su mente, usando un lenguaje de símbolos e imágenes.

Los espíritus de la Tierra eran habitualmente tranquilos hasta el punto que parecían perezosos, pero ahora Futaba estaba comunicando con kami que recientemente habían fluido como el agua, envolviendo y consumiendo como el fuego. Estaban volviendo a ralentizarse y regresando a su lugar de espera, pero no antes de contestar la llamada de la shugenja Dragón.

Futaba abrió los ojos y señaló a un punto sobre la rota cara de la montaña. “Ahí,” dijo simplemente.

Tamori Akana asintió y con un rápido movimiento de su mano obtuvo la atención de los que estaban en otras rocas. Un par de movimientos más y su mensaje fue recibido, como él quería.

Tamori Sugi juntó las palmas de sus manos mientras llamaba a los kami de la tierra pidiéndoles ayuda. Se concentró, prestando su fuerza a los kami y a cambio aceptando la fuerza de ellos. Se concentró en el punto indicado por Futaba y lentamente separó las manos, como si una fuerza invisible y increíblemente poderosa las mantuviese juntas.

Casi instantáneamente, grietas aparecieron en la roca. Al principio fue lento, como las grietas con forma de tela de araña que aparecen en el hielo que es demasiado delgado para sostener el peso que hay sobre el. Luego, de repente, la roca explotó hacia afuera con la fuerza de una pequeña explosión, dejando una fisura en la piedra tan grande como para contener a diez hombres.

Sugi hizo una señal montaña arriba y Akana se la hizo a Futaba. “Esto llevará tiempo. La fuerza liberada por Shimura-sama fue muy grande y muy difícil de deshacer.”

Futaba asintió. “El poder bajo la montaña es inmenso. Habla de la fuerza de Shimura el que pudiese reemplazar el tapón una vez que había descorchado la montaña. La destrucción de Shiro Tamori podría haber sido cien veces mayor, destrozando todas las provincias Tamori, o incluso más.”

“Ahora nuestra única preocupación,” dijo Akana, “es encontrar lo que queda de Shiro Tamori que podamos rescatar.”

 

 

“Tengo mucha fé en los exploradores que hay aquí, gunso, pero no podemos dejar de hacer el esfuerzo. No estamos ahora buscando a las legiones de Chosai, sino al propio Oráculo Oscuro. Para nosotros cualquier aviso es como jade para un Kuni. Puede ser la diferencia entre la vida y la muerte, no solo para nosotros sino posiblemente para todo el clan o incluso para Rokugan. ¿Lo entiendes?”

El soldado se inclinó. “Lo comprendo, Ichizo-sama. Nuestra vigilancia no tiene igual.”

Ichizo asintió. “No puedo quedarme, por lo que esta tarea es tuya y solo tuya. Debo irme a la siguiente torre. No sabemos por donde vendrá su ataque.”

El gunso volvió a inclinarse e Ichizo se volvió, dejando el puesto avanzado para ver si su montura estaba lista. Estas montañas no eran fáciles para los ponis, pero siempre que cambiasen de caballo en cada torre podrían seguir sirviendo.

Kasuga Keiko se puso a su lado. “¿Cuántas torres más hay?”

“Dos. Los samuráis estacionados en ellas son valientes y fiables, pero las estructuras están muy dañadas, y algunas de ellas fueron destruidas cuando pasó por aquí la última vez el Ejército del Fuego Oscuro. Es un gran peso el que estoy poniendo sobre ellos, pero no tenemos otra opción. Podrán con la tarea o no podrán con ella. No tenemos otra alternativa.”

Keiko no dijo nada más hasta que llegaron al pequeño establo donde estaban preparando a los nuevos caballos. “El ejército de Chosai fue muy costoso para el Dragón.”

“La Guerra del Fuego Oscuro nos costó mucho. Pero perseveramos y les repelimos. La amenaza no ha desaparecido, pero los samuráis del Dragón no serán fácilmente derrotados.”

“¿Utilizó siempre el Oráculo Oscuro a los Yobanjin?”

Ichizo agitó la cabeza. “No. Fue solo a partir de no poder entrar en Rokugan cuando Chosai les puso bajo su bota. Un Oráculo Oscuro normalmente no usa un ejército. Sus poderes empequeñecen a los de un ejército. Sin uno podría…” Ichizo se calló.

Keiko, dándose cuenta de la magnitud de las palabras del Dragón, no dijo nada.

Ichizo se quedó un momento en silencio antes de decir, “Estamos perdiendo el tiempo.”

Keiko agitó la cabeza. “No. En los clanes menores sabemos algo sobre las distracciones y el engaño. Su ejército atacará y deberéis defenderos de el.”

Ichizo observó las montañas. “Pero Chosai estará en otro lado.”

 

 

Tamori Sugi se secó el sudor que surgía de su frente. Su sección de roca, que había sido sacada por la fuerza de los kami de la tierra a los que rogaba, la convirtió en un barranco, de dieciséis metros de largo. El esfuerzo era grande, pero se daba respiros tras cada esfuerzo, para mantener la fuerza y la casi infinita paciencia de los kami de la tierra.

Futaba y Akana seguían rogando a los kami a su manera – sondeando para encontrar lo que estaba oculto bajo la roca. Necesitaban descubrir un acceso a las ruinas de Shiro Tamori, mientras vigilaban por si había áreas inestables o lugares donde la lava había surgido del volcán bajo la montaña.

“Esa parece una tarea difícil.”

A los tres shugenja les sorprendió la voz, que aparentemente surgía del aire que les rodeaba, sin provenir de un lugar específico. Cada uno llamó a los kami, para asegurarse que estaban listos para cualquier eventualidad.

“Lo es,” dijo Futaba, “pero siempre tenemos tiempo para un desconocido perdido en estas montañas. Sal de donde estés y te ayudaremos a encontrar el camino.”

“O, sé donde estoy.” La voz no retumbaba ni flotaba en el viento. A cada uno de ellos le parecía que el que hablaba estaba junto a él. El único efecto a resaltar era una pequeña elevación de la temperatura alrededor de ellos. “Una vez viví aquí, aunque han pasado muchos años desde entonces.”

“Entonces sal para que te podamos dar la adecuada bienvenida.”

La voz se rió. “Sé que tipo de bienvenida recibiría. Pero he sido descortés.”

Los seis ojos se dirigieron a un punto sobre ellos en la ladera de la montaña donde el aire se volvió brumoso, como si un gran calor surgiese de la roca. La figura que apareció, le hubiesen visto antes o no, fue inmediatamente obvia.

Akana fue la primera en decirlo, “Chosai.”

“Una vez.”

Una ola surgió de la piedra a la derecha de Chosai y se dirigió hacia él como si fuese una avalancha. El Oráculo Oscuro se rió y la piedra se fundió, convirtiéndose en una ola de lava que se posó a su alrededor, sin hacerle daño. Luego miró hacia Tamori Sugi, pero no hizo ningún movimiento hacia él. “Eso ha sido un error,” dijo.

Sugi se quedó inmóvil durante un momento, hasta que su cara empezó a contorsionarse y humo empezó a surgir de la parte superior del collar de su kimono. Con un fogonazo ardió en llamas, deslumbrando mientras se consumía en una llamarada de fuego blanco, dejando solo cenizas detrás de él.

“Ahora,” dijo Chosai, “espero que ninguno de vosotros sea lo suficientemente descarado y estúpido como para creer que podéis derrotar a un Oráculo Oscuro con la poca magia que poseéis.” Se detuvo, pero cuando ninguno de los dos shugenja dio indicación alguna que fuese a hablar o a atacar, continuó. “Bien. Ahora, vi lo que ocurrió cuando mi ejército llegó a Shiro Tamori. Parece que preferisteis que se destruyera antes que caer en manos de vuestros enemigos. Eso lo entiendo. De hecho, es lo mismo que he estado pensando todo el tiempo que me tuve que quedar en los yermos del norte. Mis enemigos estaban ocupando mi hogar. Eso es inaceptable.”

Akana dijo, “Shiro Tamori ha sido destruido. Ahora nadie puede ocuparlo.”

Chosai sonrió. “Si, pero mi hogar no era solo esa estructura. Eran las montañas y las tierras de los Tamori – las tierras del Dragón. Es ahí por donde caminan aún mis enemigos, arrogantes en su creencia que no les puedo alcanzar. He venido a recordaros que el Oráculo Oscuro del Fuego no olvida y no perdona. Estas tierras son mías – vuestras vidas son mías, para hacer con ellas lo que quiera.”

Akana y Futaba lo sintieron antes de poder ver nada. El suelo bajo ellos tembló con fuerza. Era un movimiento sostenido que parecía abarcar el mundo a su alrededor, hasta que la propia ladera de la montaña entró en erupción de fuego y rocas.

“¡El volcán!” Chilló Futaba. “¡Ha liberado el volcán!”

Akana intentó reunir a los kami a través del caos. “¡Tenemos que detenerlo! ¡Podría destruir todas nuestras tierras!”

Chosai solo observó como los dos shugenja intentaban crear una barrera contra la lava mientras dejaban caer grandes rocas en el foco, intentando tapar su flujo.

Akana gritó, “¡El fuego… no quiere morir!”

Chosai se rió mientras el suelo bajo los dos shugenja se abría, exponiendo el ardiente lodazal que había debajo.