Templo del
General
por Rich Wulf
Traducción de Mori Saiseki
Doji Tanitsu dudó un momento.
Sabía en su corazón que había que hacerlo, pero nunca había cometido un acto
tan presuntuoso, tan estúpido, ni tan blasfemo. Pero sus intenciones eran
honorables, si es que eso importaba algo. Los guardias Seppun entendían lo que
pretendía hacer, o nunca le hubiesen permitido la entrada a pesar de su
posición en la corte del Emperador. La mano de Tanitsu
fue hacia el simple netsuke que adornaba su obi, un sol radiante forjado con el
oro más puro. El Emperador se lo había dado para que recordase a la mujer que
ambos habían amado. Tanitsu dejó que le diese fuerza,
luego levantó la mano y golpeó suavemente el marco de madera que rodeaba la
puerta que daba a las habitaciones privadas del Emperador.
Hubo un momento de silencio y
después… “Adelante.”
Tanitsu
volvió a dudar un poco por un instante. A nadie le habían invitado jamás a las
habitaciones privadas del Emperador. No había precedente alguno. Pero
desobedecer sería impensable, e incluso más blasfemo de lo que había hecho
hasta ahora. Con una silenciosa oración a sus ancestros, Tanitsu
abrió la puerta, deslizándola y obedeció la orden de su Emperador.
Toturi III estaba sentado delante de
su escritorio, y ante él, sin haberse sido usadas, tenía pluma y papel. Sus
habituales resplandecientes vestiduras no se veían por ningún lado, ya que el
Emperador estaba vestido con los ropajes más sencillos que había visto jamás Tanitsu. No tenía el pelo recogido en el tradicional moño,
sino que caía sobre sus hombros. Su ojo estaba distante, pensativo. “Tanitsu,” dijo tranquilamente. “¿Por qué me has molestado?”
Tanitsu se
arrodilló al instante. “Os pido perdón, Hijo del Cielo. Mis motivos son
estúpidos. No tengo derecho a interrumpir vuestras meditaciones privadas.”
“Me gustaría que evitases el
habitual comportamiento auto-despectivo que tantos parecen desear usar en mi
presencia, al menos por hoy,” dijo sencillamente el Emperador. “Sé muy bien que
nunca te habrías acercado a mis habitaciones si no fuese porque el asunto es
grave.”
Tanitsu
asintió. “Han pasado siete días, mi señor. Hay muchos asuntos urgentes que
requieren vuestra atención. Asuntos que pueden afectar a todo el Imperio.”
“¿Y no hay otros que se puedan
ocupar de estos asuntos?” Preguntó Naseru.
“Creo que no los hay,” dijo
honestamente Tanitsu. “Siempre habéis insistido que
yo os sirvo para recordaros lo que es mejor para el Imperio, en el caso de que
se os olvide. No creo que nunca lo hagáis, pero debo obedecer vuestras órdenes.
Incluso en un momento como este.”
Una torcida sonrisa apareció en la
cara del Emperador. “Siempre diplomático, Tanitsu.
Tienes razón, por supuesto.” Se levantó de donde estaba sentado ante el
escritorio. “Pretendía volver a los asuntos de estado, pero he tenido mucho en
lo que pensar estos últimos siete días. Mi vida ha estado llena de
acontecimientos… muchas cosas han cambiado. Pero siempre había supuesto que
algunas no cambiarían. Suponía que algunas cosas serían para siempre. Supongo
que soy un estúpido por creerlo.
Tanitsu
bajó la mirada. “La muerte de Toku-sama es una gran
pérdida para todos,” ofreció, “pero mucho más para vos, mi señor.”
Naseru asintió. “Mi padre me dijo
una vez que no había nadie en Rokugan más honesto y más verdadero que el
General. De joven, no podía imaginarme como se permitió que sobreviviese un
campesino tras asumir el rango de samurai.” Volvió a sonreír. “Eso fue antes de
conocerle, claro. Era… el héroe más verdadero que he conocido. Esos que se
llaman samurai deberían sentirse contentos de compartir ese título con el
General, quién se lo merecía más que ninguno.”
“Se sentiría honrado por vuestra
tristeza.”
“No,” le corrigió el Emperador con
repentina intensidad. “Le avergonzaría que yo haya dejado a un lado otros asuntos
para llorar su pérdida. Y no lo haré más. Llama a mis sirvientes para que me
atiendan, Tanitsu, y prepara los asuntos más
importantes, que me ocuparé de ellos en una hora.”
“Enseguida, mi Emperador.”
“Y llama a mis escribas,” añadió el
Emperador cuando Tanitsu se giró para marcharse. “Voy
a escribir una carta a mis Campeones, para que todos podamos recordar a
nuestros héroes.”
•
Toku, señor del Clan Mono, ha muerto. El gran héroe de mil
batallas dio su vida para mantener los Pergaminos Negros fuera del alcance de Iuchiban, el Portavoz de la Sangre. Su pérdida es lamentada
por muchos, incluyendo al Emperador, a cuyo padre Toku
sirvió lealmente durante muchos años.
El Emperador ha decretado que un
gran templo se construirá para honrar la memoria de Toku.
Estará entre los más grandiosos de todo Rokugan, reconociendo la gloriosa vida
del general y su virtuoso ejemplo. Incluso aquellos que miraron con desdén el
linaje de Toku no pueden negar su contribución a la
historia. Cualquiera en cuyas tierras se albergue dicho grandioso templo será
visitado por miles de leales devotos cada año.
La facción ganadora de este torneo
conseguirá que Shinden Toku
sea construido en tierras de su clan, trayendo honor y gloria tanto al general
como a su clan. Si ganasen las Tierras Sombrías, entonces el templo se
construirá en tierras del clan que quede en segunda posición, pero se verá
infiltrado por los Portavoces de la Sangre mientras es construido. Si ganasen
los Nezumi, el templo se construirá en tierras no
alineadas con ningún clan y lo guardarán una tribu de Nezumi
que desean honrar la gentileza de Toku hacia ellos
durante toda su vida.